Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

9 feb 2012

EL DIVORCIO -1



Me despido de mi abogado mientras a modo de resumen, me vuelve a decir que tengo que focalizar a medio y largo plazo, por eso debo saber exactamente qué es lo que quiero de mi acuerdo de divorcio con la persona con la que he estado casada 12 años. Le extiendo la mano para despedirme y busco atropelladamente en mi bolso los guantes. Hoy hace un frío gélido en Madrid. Topo con un dibujo de mi hija. En el trozo de papel, ha dibujado un reloj que ha perdido recientemente y quiere volver a pedírselo a los reyes Magos por carta certificada, en el reverso se ha dibujado a ella misma. Escribe debajo cANDELA, y en un círculo PAPÁ y MAMÁ. Está aprendiendo a escribir, y toda la casa está llena de notas con su nombre, el de su hermano, el de su padre y el mío.  

Salgo al rellano y llamo al ascensor, desde la puerta, mi abogado sigue dándome ánimos. ¡Cuántas veces habrá hecho el mismo gesto! acompañar a la recién separada, rota de dolor, quizás llorando, y él tratando de consolarla con pequeñas frases hechas, carentes de sentido, un tanto superficiales: “¡Tú, tranquila!”, “¡ahora, piensa en tus hijos”, “lo primero eres tú!... y maldiciendo en su interior, que el ascensor, que es muy kitsch, también es muy lento. Hoy juega el Barsa y el Madrid y ya debe haber comenzado la primera parte, piensa mientras suspira desde el quicio de la puerta…

Llega el maldito ascensor, abro la cancela hacia afuera y empujo las dos pequeñas puertas que dan al interior de un pequeño espacio donde apenas queda sitio para mí, mi abrigo, mi paraguas y mi bolso indómito. No entiendo que haya un banquito, le resta un espacio maravilloso al habitáculo. Armo un embrollo mientras entro, me coloco, coloco mis bártulos e intento cerrar primero la cancela y luego las dos puertecitas que indescifrablemente cuando cierro una, se abre la otra y cuando cierro la segunda, la cancela se bloquea. Al final, se acerca mi abogado arrastrando los pies y me ayuda a cerrar las 3 puertas excusando que el edificio es antiguo pero también es un lujo en ese barrio tan selecto de Madrid.

El ascensor inicia su bajada y por encima de mi cabeza todavía escucho a mi abogado decir: —“Y ánimo ¿eh?”—respiro profundamente, me desabrocho el primer botón del abrigo el segundo, estiro del pañuelo enrollado a mi cuello, me tiembla los labios y empiezo a llorar.

 ¿Tantos papeles tengo que reunir para divorciarme? No son los malditos papeles, me digo. —Es mi vida. Tengo que las escrituras de la casa que compramos cuando nos casamos. Tiene una escalera de caracol y todo el mundo nos advirtió de lo incómodas que serían. Y sin embargo siempre digo, con cierto orgullo, que he subido y bajado las escaleras embarazada de 9 meses de mis dos hijos y jamás nos pasó nada. Ellos mismos las han bajado de culo y subido de rodillas. Nos encantaba el dúplex, una de las razones era la intimidad que te daba como  cuando las mañanas de los sábados, los niños estaban en el piso de abajo jugando y él y yo nos escabullíamos bajo el edredón hasta que el crujir de los peldaños nos avisaba de la llegada de nuestros pequeños intrusos. Desde el primer peldaño hasta el décimo cuarto, nos daba tiempo a vestirnos, del décimo cuarto peldaño hasta que se abría la puerta de nuestro dormitorio, podíamos estar perfectamente leyendo un libro cada uno en su parte de la cama y en perfecta armonía. 


Tengo que buscar los papeles de la casita de campo que nos estamos haciendo en el montaña. Ya teníamos el proyecto con los planos definitivos. Invertimos tanto en esa casa…, al final resultó ser un agujero donde metimos tanto dinero y aún así sigue siendo cuatro tabiques mal puestos en un tejado perfecto casi sin inclinar. Habrá que venderla… ¿pero quién querrá una casa en ruinas? Supongo que un soñador, aquel que la pueda ver como yo la veo ahora o la veía hace unas semanas: Con sus paredes ocres, el laminado rústico en el suelo, las viga de madera atravesando el salón, las colchas de la abuela cubriendo los sofás destartalados, los jarrones con flores secas recogidas en el monte… Nuestro pequeño paraíso pendiente de habitar…


 En cuanto llegue a casa, empaqueto toda la ropa que no se ha llevado todavía. Aunque también… la pueda dejar unos días más. Molestar, molestar… no molesta. Lo mismo que sus libros, sus películas, su colección de espadas y katanas que nunca supe donde colocar y todo su maravilloso desorden.


¿Qué hago con esas fotos estúpidas que no dejan de mirarme de cuando estábamos enamorados y tú rodeabas mi espalda con tu brazo y tu mano se apoyaba en mi cintura? En ese momento no éramos conscientes de que todo se iría al traste. Que empezaríamos a hacer las cosas mal y no sabríamos evitar que este tren con cuatro pasajeros descarrilase. 


¿Qué hago cuando los domingos por la mañana vengan mis hijos apenas despiertos a nuestra cama y noten que hay más espacio que antes? ¿Qué hago cuando me pregunte mi hija porqué no está su papá?, ¿porqué no vive ya con nosotros y porqué llevo tiempo durmiendo sola? ¿Qué haré cuando descubra yo, y no mi hijo, que mi pequeño príncipe simplemente no le echa de menos, pues acepta vivir en dos casas diferentes, dividirse entre los dos?

¿Qué haré cuando le eche terriblemente de menos y quiera darme la vuelta y al intentar abrazar su espalda, descubra que tan solo hay un cojín  frío que parece una piedra debajo de mi cara.

BAJO
Y todo esto solo pasa en 6 pisos. ¿Cómo abro las dos putas puertas y después la cancela? ¿Cómo hago que mi pie izquierdo se mueva y me haga salir de ese minúsculo ascensor que me está cortando la respiración? ¿Cómo hacer que el derecho le siga?... Y así… salir del portal, ese que es tan señorial. Que el viento helado me abofetee la cara y haga que deje de llorar al instante mientras rebusco las llaves en el bolso. Ir a por el coche y rezar por que no hayan pasado más de dos horas y la zona azul me atice con una multa en esta tarde de perros.

Y llegar a casa y encontrarme cara a cara con mis hijos. Abrazarles como si fuera la última vez, mientras pienso —hoy tampoco se lo diré—. Les daré la cena, les contaré un cuento, y les comeré a besos antes de acostarles. Quizás demasiados. Se quejarán de que les achuche tanto. Atenderé las 3 primeras llamadas y me iré a la cama con un lexatín, pensando en cómo esta tristeza me persigue y me pesa como una losa…

Entonces sacudo la cabeza una y otra vez– no, no, no- digo en voz alta para sacudirme todos esos pensamientos tan negros, e intento pensar en lo divertido que fue hoy ver a mis pequeños jugando en su hora del baño, en los mensajes de ánimo que me dejaron en el contestador mis hermanas y el resto de la familia, en los amigos incondicionales y sus canciones en el whatsapp que me hicieron reírme a carcajada limpia; pienso rápido, me muevo constantemente. 

Veo el puzzle que compré hace un año de otro mapa antiguo y que nunca empecé pero al ir a cogerlo, veo mi portátil y mis pasos se desvían. Ya sé lo que voy a hacer. ESCRIBIR. 

Y me pongo a escribir, escribir y escribir. Y me río, y lloro un poco, y me vuelvo a reír, pero ya no me pesa tanto el alma, no me cuesta respirar,  voy soltando lastre, voy arriando velas y así es como poco a poco voy notando que las palabras escritas me van templando, y si sigo y sigo escribiendo, llegan a calentarme… incluso en un día tan frío como el de hoy. 

De fondo, escucho por la radio que esta ola de frío… pronto pasará.