Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

19 nov 2011

EL SILENCIO

EL SILENCIO
Mi profesora de primaria se llamaba Irene.  En tan solo unas semanas se ganó el cariño de todo el pueblo. De gran vitalidad, no paraba de hablar. A nosotros nos hacía mucha gracia porque se le notaba a la legua que venía de Madrid. Ese deje, era inconfundible. Al principio sospechamos que sería otra profesora de capital que venía a pasar el año y luego desaparecería, como las otras, que no consiguieron adaptarse al lento ritmo del pueblo, a la soledad, el frío y el largo invierno, por no hablar de las innumerables tardes sin electricidad ni luz que los temporales tantas veces provocaban. Sin embargo con Irene no fue así. Yo la veía por aquel entonces como una mujer mayor, guapa y divertida. Ahora sé que no tendría más edad de la que yo tengo en este preciso momento.
Irene llevaba unos años, pocos, ejerciendo como profesora de apoyo en colegios de la Comunidad de Madrid, sin embargo, cansada de la ciudad y con ganas de dar un giro a su vida, decidió optar por la primera plaza que le fuera concedida fuera de la capital. El destino quiso que le tocase en nuestro pueblo.
Cuando salieron las listas, leyó su nombre: Irene Serrano Martín y al lado la población Linares de Mora. No tenía ni idea de donde caía, siguió con el dedo una línea imaginaria que enlazaba esa localidad a la provincia: Teruel. —¿Teruel? —Se preguntó mientras intentaba con cierto esfuerzo situarlo en un mapa geográfico mental—hacia el Norte… más o menos…

En cuanto llegó a casa tecleó “Linares de Mora” en Goggle y leyó “Habitantes: 315 Altitud: 1.311metros — me temo que me voy a pelar en invierno—pensó. Perteneciente a la Comarca de Gúdar-Javalambre en la provincia de Teruel. ¿Comarca? —Se preguntó. Pensó que nunca antes había utilizado ese término, excepto en el contexto de El Señor de los Anillos, el libro preferido de Joan, y eso le hizo gracia. En breve vivirían allí, en “La Comarca de Gúdar—Javalambre”. Me gusta el nombre. Se prometió investigar la procedencia del nombre, como profesora de Lengua, era lo mínimo que podía hacer, y además —intuyó—tendría mucho, pero que mucho tiempo para hacer eso y muchas otras cosas más.

Que Joan, su novio, se fuera con ella, no fue ningún problema. Estaba estudiando oposiciones y le daba igual hacerlo en un lugar que en otro. De hecho, veía Linares de Mora como el sitio perfecto.

Cuando Irene y Joan llegaron, la Directora del Colegio, la señorita Azucena, les hizo de Guía. No tardó más de media hora. La Señorita Azucena era de Bilbao, era la única profesora que se quedó a vivir en el pueblo. Aunque vestía bien, siempre era muy sobria, en todas sus facetas; su comportamiento, en la forma de hablar y de vestir. La expresión de su cara se conjugaba entre enfadada y triste. Algunos dicen que la abandonaron en el altar y que por eso se vino a este pueblo, para olvidar y nunca más volver a ver a su amor. Habladurías de pueblos.

Yo fui el primero de la clase en conocer a la señorita Irene. Cuando mi padre se fue, nuestra casa la dividimos en dos. Abajo vivíamos mi madre y yo y la parte de arriba, la solíamos alquilar por años a justamente profesores que la diputación nos mandaba cada año. Cuando la señorita Azucena nos presentó a Irene y Joan a mi madre y a mí, Irene me estrechó la mano, se agachó poniéndose a  mi altura y me dijo:  

—Tú eres el primer alumno que conozco. ¿Sabes que el primer alumno nunca se olvida?- Y desde ese mismo momento me enamoré absolutamente de ella.

—Y ahora a disfrutar y conocer la comarca, que es maravillosa— Les dijo la Señorita Azucena— Nuestro pueblo está rodeado de bosques verdes y paisajes montañosos que merecen la pena visitar. Todavía quedan más de dos semanas para que el curso de comienzo así que os dará tiempo de sobra para instalaros. Y ya os dejo solos, no quiero molestaros, que me voy pareciendo cada vez más a las viejas de este pueblo que no paran de hablar. ¡Sed bienvenidos! Y recordar que estáis muy lejos de la capital, el ritmo aquí es diferente… hasta el silencio es diferente…

Irene y Joan se amoldaron estupendamente. En pocas semanas ya conocían a todos los habitantes de Linares. Como vivíamos tan cerca, yo hice muchas veces de Guía. Ir con ellos por la calle y llegar a casa, nos llevaba horas, pues se paraban a hablar con cualquier persona que pasara por su lado. Me encantaba estar con los dos. En las tardes que no había electricidad ni luz, Irene y Joan sacaban velas y jugábamos a las películas, representábamos obras de teatro o molestábamos tantas veces a Joan en su habitación, que él finalmente dejaba de estudiar y nos leía cuentos en voz alta.

Mientras Irene estaba en el colegio, Joan colaboraba en el ayuntamiento. En pocos meses consiguió traer Internet al pueblo. La mayoría del pueblo activo hacía cola pacientemente para utilizar los dos ordenadores que el Ayuntamiento disponía y hasta Joan llevó el suyo allí al menos unas horas, mientras él en casa se empollaba los temarios de la oposición.

 Y llegó la Navidad. Joan pertenecía a la comisión de festejos e hizo venir a los Reyes Magos al pueblo, todos los niños estaban como locos. Irene creó con todos los alumnos del colegio un Belén viviente y esto hizo que muchas personas de los pueblos de alrededor,  vinieran. Incluso el periódico de la Comarca nos visitó para hacer un reportaje. Irene y Joan consiguieron instaurar otra tradición: la noche del 31 de Diciembre, todo el pueblo, niños, mayores y ancianos, nos juntamos en la plaza para comer las uvas guiándonos por el reloj del consistorio. Pasamos frío pero fue una de las noches más divertidas de todo el año. Después hubo baile hasta la madrugada y finalmente hubo chocolate con churros para todos los vecinos y visitantes.

La Semana Santa llegó volando y Joan se fue a Madrid a examinarse. Todo el mundo le dio ánimos los días anteriores y hasta el párroco de la Iglesia de la Inmaculada pidió por él en su misa de “a doce”. Todos lo hicimos.

Irene nos contó que examen le fue fatal pero que aún así Joan estaba animado y deseando volver al pueblo. Dijo que Madrid estaba plagado de coches, ruido y su cielo, era una enorme nube gris que acechaba constantemente la ciudad. Luego Irene nos explicó que a lo que se refería su novio era a la contaminación. Sin embargo Joan nunca llegó al pueblo, al menos, no vivo. De camino a Linares, se quedó dormido y acabó chocando con un coche de frente.

Irene nunca quiso volver a Madrid. Todos los esfuerzos de sus familiares y amigos por tratar de hacerla volver a casa, fueron en vano. Joan fue enterrado en el cementerio del pueblo. Irene nunca volvió a ser la misma. Envejeció enseguida, su cabello se pobló de canas y sus facciones se endurecieron, quizás por el frio del otoño y el hielo de invierno. Quizás porque nunca más volvió a sonreír. Años después, mi madre y yo nos mudamos a Teruel y vendimos la casa a Irene.
Ahora es ella quien alquila la casa a los profesores que vienen al colegio. La señorita Azucena se jubiló e  Irene ahora es la Directora. Yo suelo ir con mis hijos y mi mujer al pueblo de vez en cuando y siempre voy a verla. Cuando llamo a la puerta y la abre, siempre tengo que explicarle quién soy.

Cuando ya me reconoce, me deja pasar y tomamos un café. Ella no habla mucho; yo, sin embargo, le hablo de lo mucho que me acuerdo de Joan y los tiempos en los que él vivía. Ella me escucha, casi sonríe, se levanta, señal de que es hora que me vaya, y mientras la sigo camino de la puerta, la oigo susurrar:

—Ahora todo es diferente—hasta el silencio es diferente.

16 nov 2011

UNA DE ZOMBIES


 

El programa de intercambio cultural entre algunos institutos de Sevilla y Santiago de Compostela, y una lumbalgia de la profesora de Lengua, no sólo me chafaban mis vacaciones a Praga con Enrique, si no que me obligaban a ir a Sevilla como tutora adjunta de dos clases de primaria con otras tres profesoras más que podrían ser mis abuelas y para colmo, en Semana Santa. Yo, que nunca he sido muy religiosa, odio el calor y no soporto el acento del sur. Pero claro, esto no lo podía argumentar para no ir. Demasiado que me habían contratado a sabiendas que no era católica practicante.
De solecito sevillano, nada, se pronosticaban lluvias, y eso era algo que arruinaría gran parte de la fiesta y las procesiones. En mi interior, rogué por que lloviera todo el día y eché a la maleta un par de libros por si mis ruegos eran escuchados.
La verdad es que colegio religioso o no, los niños eran niños, y estos eran mi pasión. Fue muy divertido el viaje en avión. Cuando llegamos al hotel de Sevilla, allí nos estaban esperando el director del colegio Diocesano San Juan Bautista que nos condujo después de dejar las maletas al primer evento del programa.
El sol lucía fuerte (malditos meteorólogos) y la primera en la frente, nos dirigíamos al colegio pues allí se iba a desarrollar la procesión de la hermandad del colegio, pero ésta era muy peculiar, pues era el primer año que formaban parte, los más pequeños, los de infantil, es decir, los niños de 3 a 6 años.
Era como las procesiones que veía en la tele pero mucho peor. Con sorprendente seriedad, En el patio del colegio, en medio de las canchas, salían los niños vestidos de nazarenos con capirote incluido. Todos llevaban el mismo paso, despacio y con cierto vaivén acompasado. Eran como unos treinta niños. En el medio, algunos de ellos llevaban a hombros la imagen de un Cristo cargando la cruz y también la de una Virgen. A la cabeza del grupo, estaban tres niños vestidos con traje de terciopelo negro con bordados, corbata y una gran medalla en el pecho. El de la izquierda llevaba una enorme vela, el de la derecha desparramaba un incienso dejando el ambiente cargado de un aroma rancio y el niño del medio, iba dirigiendo al grupo con una vara de plata, marcando el paso. La imagen era aterradora. Automáticamente cogí a los dos alumnos que tenía a ambos lado de la mano. Les quería tranquilizar con tan sólo mirarles. Sin embargo casi me asusté al verles tan atentos y maravillados por lo que estaba sucediendo delante de nuestros propios ojos. Reinaba un profundo silencio y mis niños estaban absortos en esa procesión.
Cuando acabaron, el público estalló en un aplauso que nosotros imitamos. Lo que más me sorprendió fue precisamente eso mismo, la efusividad, los vítores, la emoción, el aplauso sincero… de mis alumnos.
Después de la procesión, hubo una presentación de nuestro colegio, y mezcla entre alumnos. En diez minutos mis alumnos estaban compartiendo caperuzas, medallas, repartían incienso, se turnaban para alzar el trono de Cristo. Yo trataba inútilmente de no perder de vista a mis alumnos pero me era imposible. El calor azuzaba y necesitaba ir al baño a refrescarme.
Me miré en el espejo mientras que con una mano me rociaba con agua la nuca y las sienes. A través del espejo veía una puerta de baño cerrada y varios pares de piernas en el interior. No me resultó extraño y hasta me tranquilizó pensar que al menos algunos de esos niños estaban saltándose la procesión, e incluso echando algún pitillo. Sólo pensar en ello me dieron ganas de fumarme uno allí mismo, así que ni corta ni perezosa decidí en apenas un minuto que haría de profe mala, confiscaría el tabaco, les echaría una regañina y ese mismo pitillo me lo fumaría yo para apaciguarme un rato, que lo necesitaba.
Decidida abrí la puerta y me dispuse a echar el grito en el cielo sin embargo lo que vi me dejó sin voz; era una escena aterradora. Había dos niños vestidos de nazareno pero salpicados de sangre. No había cigarro, ni nada que se le pareciera. En la tapa del váter había lo que me pareció un gato, abierto en canal. Uno de los niños, estaba agachado, mordiendo sus tripas… los otros dos me miraban sonriendo, la boca abierta, los dientes podridos, babeando sangre y trozos de lo que suponía carne de gato.
—Cuando acabemos con el gato… te vamos a comer a ti— me dijo uno de ellos. Sin dejar de sonreír. El otro alcanzó mi pierna con un fuerte zarpazo. Sus uñas largas y negras atravesaron mis vaqueros, sentí un profundo dolor por el arañazo y en ese momento el tercer niño que estaba comiéndose al gato, me miró y me dijo gruñendo:
—Espera aquí tu turno, no nos hagas correr, por favor.

Me di inmediatamente la vuelta y salí corriendo hacia el patio. No encontraba una explicación lógica, los putos carniceros no medían más de un metro, y sabía que sus palabras no habían sido tan sólo una amenaza. No sé lo que era, pero estaba muerta de miedo. Sólo quería agrupar a mis niños y escapar.
Cuando salí al patio, el sol me cegó en un primer momento, pero según mi vista se iba acostumbrado a ese sol cegador, reconocí a los padres, que estaban sentados en las gradas viendo lo que se desarrollaba en la pista. Alguno de ellos sacaban fotos. Sangre, vísceras, partes de cuerpo humano mutilados y huesos estaban desperdigados por todo el suelo, . Los pequeños nazarenos, en el centro del escenario, ensangrentados, arremetían los pocos mis niños y las profesoras que quedaban. Se estaban dando un auténtico festín. Lo extraño es que los míos apenas oponían resistencia, se dejaban golpear, morder, destripar, sin apenas un gemido. Una mezcla de olor a carne y sangre fresca con el del incienso me hizo vomitar allí mismo, mientras retrocedía. Topé a mi espalda con algo, que casi me hace caer. Me di la vuelta y allí estaban los tres niños del baño. Uno de ellos chilló al resto “queda esta puta” a lo que un grupo de niños que rodeaban un yaciente cuerpo casi irreconocible, me miró. Seis o siete corrían hacia mí, yo empujé y me liberé de los que intentaron retenerme y conseguí escapar. Me seguían otros niños o lo que coño que fuesen.
Chillando, y riendo a carcajadas, mientras se ponían sus capirotes ensangrentados.  Corrían muy rápido, pero no más que yo. El pánico me dio una energía para correr que jamás hubiera imaginado. Corría entre la multitud, chillando y pidiendo auxilio: “¡Mis niños! ¡mis pobres niños!”. Llegué a una muchedumbre, que atendía una de las procesiones.
-¡Ayudarme! ¡socorro! Han matado a mis alumnos- chillé. La gente me miraba, primero extrañado, luego con desdén: -Un respeto señorita, que está pasando la procesión y eso… ¡eso es lo más grande!
Dos policías me cogieron de los brazos y me apartaron de la calle.
-Síganme, vengan conmigo, pero avisen a más compañeros-les dije intentando tranquilizarme- Es en el San Juan Bautista. Los niños de ese colegio, después de la procesión… Dios mío, pensarán que estoy loca, sé que es muy raro lo que les voy a decir.. pero es verdad, se lo juro, esos niños, los de la procesión, han matado a mis alumnos. Quizás si nos damos prisa, estemos a tiempo de salvar a alguno…

La policía me miró sonriendo. Me tomaron del brazo y me subieron a un furgón. No se preocupe –me dijeron- con nosotros está a salvo. Iremos a echar un vistazo a ese colegio endemoniado. Si es que ya se sabe lo crueles que pueden ser los niños, jajajaja….-Bromeaban y se reían los dos policías, dándose codazos el uno al otro…

Esposada y resistiéndome todo lo que podía, entramos al colegio y nos dirigimos al patio que estaba tal y como lo había dejado unos minutos antes. Uno de los policías se colocó en frente del atril donde hacía unas horas el director nos había dado la bienvenida, y gritó:  
A ver, mocosos. Os hemos dicho decenas de veces que conseguiros un intercambio es una labor muy difícil, por lo cual, cuando se consigue uno, por favor, NO-DEJÉIS-CABOS-SUELTOS. Todos y he dicho TODOS –remarcaba mientras me señalaba- tienen que desaparecer, no podéis dejar a nadie vivo y menos a una profesora. ¡Sois unos inútiles!: Hay poco incienso en el ambiente, apenas se siente cuando entras al patio. Os lo tenemos dicho. ¡Quemar MÁS incienso, el que haga falta! Todos y cada uno de los visitantes tienen que respirarlo, si no, no tendrá efecto…. ¡Venga! que sea la última vez que os traemos el trabajo hecho. Comeros a esa profesora de una vez, está delgada pero es joven. Estará buena.
En ese momento, de un golpe caí al suelo y lo último que recuerdo es una avalancha de capirotes, que ni se quitaron cuando comenzaron a darme los primeros mordiscos. El dolor era insoportable e indescriptible…

Volvimos a Compostela. Y en este momento estamos dando los últimos retoques a la capilla del colegio esperando la llegada de un colegio Granadino para hacer la presentación oficial. Suena mi móvil y lo atiendo.

—Chicos, escuchadme. Los compañeros del Colegio San Mateo de Granada, están llegando. Les falta muy poco, apenas  minutos. ¡Manuel! empieza a quemar y esparcir el incienso, y que te ayuden tus compañeros, quiero que el ambiente esté bien cargado, no me seáis chapuceros que luego pasa lo que pasa. Venga, los demás a sus puestos, vamos a hacerlo bien, sin errores y sobretodo, disfrutar de este intercambio.  

14 nov 2011

11.11.11

Andaba lo más rápido posible que le permitían los zapatos de tacón, maldiciendo el día tan caluroso que injustamente lucía aún estando en noviembre, pues comenzó a sudar exageradamente por las axilas; pensó que no podría desabrocharse la chaqueta, y de hacerlo, tendría que moverse con cuidado para no dejar ver las manchas de sudor en la camisa.

Mientras se dirigía al bloque de oficinas, pensó en sus vecinas. En los años que llevaban viviendo en la urbanización, apenas había tenido trato con alguna, sin embargo, a raíz de quedarse en paro, comenzó a quedar con ellas por las mañanas. Laura pensaba que eran muy diferentes a ella, pero no le importaba mucho porque en esos momentos de desayuno, se relajaba y se olvidaba de la frustración que le perseguía desde que dejó de trabajar. Era todo un ritual, tomar un café, un segundo y después ir a la administración de lotería a jugar al Euromillón. Raro era el día en que en la cafetería no se hiciese mención a cómo utilizarían cada una de ellas el dinero en caso de ganar el primer premio. No se hartaban de animar a Laura para que se uniera a la apuesta, pero ella hacía caso omiso y después del primer café se despedía del grupo para volver a casa y enfrentarse a la soledad del ordenador, a las pocas ofertas de empleo y las frías bolsas de trabajo que disponían las páginas webs de las distintas empresas y multinacionales.

Tras andar más de diez minutos, entró con prisa y dirigiéndose directamente a los ascensores. En las puertas de espejo pudo ver que su maquillaje, a causa del sudor también, estaba arruinado y deseó pasar antes por un aseo para intentar retocarlo. Se abrieron las puertas y entró. Pudo verse de cuerpo entero en el interior, que también estaba recubierto de espejos. Quince años llevando traje con elegancia, y ahora se sentía extraña e incómoda con él puesto… además le quedaba algo estrecho. Esa misma mañana, cuando se lo había puesto, le había dicho a su marido:

-Creo que he engordado- metiendo tripa mientras se subía la cremallera de la falda- ¿Me ves más gorda, cari?

-Yo siempre te veo igual. Bien. Normal.

-¿Normal?

-Tú ya me entiendes... - y sabiendo que debe argumentar más, intenta arreglarlo y con aire transcendental, hace una parada en su perfecto afeitado, la mira a través del espejo y la dice:

-A mí no me gustan las tías flacas -y agarrando con los dos brazos unas tetas gigantescas e imaginarias, acaba diciendo- ¡me gusta donde agarrar!

¡Chúpate esa! -piensa Laura-¡como si lo hubiera arreglado!

-Mira, tú no te preocupes, seguro que consigues el puesto y más con esa falda que te hace culo estupendo- Le da una palmada en el culo, un beso en la mejilla y sale desnudo del baño hacia el dormitorio.

Laura se asoma al dormitorio y le mira mientras él sentado en la cama de matrimonio se va vistiendo. La verdad es que no es muy ducho en palabras-piensa- pero le encanta que sea tan positivo e intente arreglar sus meteduras de patas con humor.

-¡Lo que daría yo por ser un mantenido! Estaría encantado de la vida. Cuando te aburras, cambiamos.

- Dios mío, en que estaría pensando hace un rato...

-¿Me has dicho algo?

-No, nada... vete que llegas tarde... a ver si te van a echar y no vas a poder mantenerme...-concluye Laura dando un portazo.

Salió del edificio de oficinas lentamente, al abandonar la puerta principal se preguntó por donde tenía que torcer, si a la izquierda o a la derecha; intentó hacer memoria, apenas hacía una hora que había hecho el camino de ida, pero no fue capaz de recordar por donde había venido. Lo que sí sabía es que el coche estaba aparcado lejos y eso le había hecho llegar unos minutos tarde. Para colmo, empezó a llover. Parecía que finalmente llegaría el frío.

La entrevista había sido un asco. Empezó mal desde el principio:

-¿Es este todo su Curriculum Vitae?

Contrariada responde... -Sí, eso es todo. A lo largo de todos estos años me han ido promocionando y he liderado varios departamentos. Puede decirse que llegué a controlar casi todos los procesos que se desarrollan en una empresa de distribución como la suya. Mi experiencia es mi principal aval.

-No has hecho ningún Master, algún MBA?

-No.

-Ya. ¿Veo que sólo hablas inglés?

-Sí, también algo de francés, pero nivel básico.

-Vale, vale... Ya me has hablado de tu experiencia... Me hago una idea... En breve acabaremos con las entrevistas y haremos una primera selección. Nos pondremos en contacto contigo sólo en el caso de que hayas sido seleccionada.

-Bien, muy bien. Entonces, espero su llamada. O no... bueno, quiero decir que me encantaría que me seleccionaran para trabajar con ustedes. Es el tipo de empresa en el que yo encajaría perfectamente.


"Me encantaría que me seleccionaran para trabajar con ustedes…" Había sonado demasiado desesperada. No la iban a llamar y lo sabía. Su curriculum estaba desfasado como su traje de raya diplomática. La probabilidad de encontrar trabajo se le hizo minúscula en una mar donde los recién licenciados con Masters y cuatro idiomas tenían todas las cañas de pescar. Mataría por un pitillo, aunque lo había dejado hace dos años. Quizás volviera. Comenzó a andar hacia el coche.

Era antes de medio día, en aquel momento las chicas estarían tomando café. Decidió reunirse con ellas antes de ir a casa. La casa... hoy se le caería encima. Pasó por un puesto de la O.N.C.E. y automáticamente compró un cupón para el sorteo que tanto anunciaban en los medios de comunicación, el del 11 del 11 del 11. Si le tocase... no tendría que volver a presentarse a una entrevista tan horrible como aquella. En aquel momento, dejó de preocuparle estar en paro o si la llamarían o no... empezó pensar en qué bollo elegiría para acompañar con el café y por primera vez jugaría con las chicas al Euromillón. Cuanto más apostase, más oportunidades tendría de ganar...