EL SILENCIO
Mi profesora de primaria se llamaba Irene. En tan solo unas semanas se ganó el cariño de todo el pueblo. De gran vitalidad, no paraba de hablar. A nosotros nos hacía mucha gracia porque se le notaba a la legua que venía de Madrid. Ese deje, era inconfundible. Al principio sospechamos que sería otra profesora de capital que venía a pasar el año y luego desaparecería, como las otras, que no consiguieron adaptarse al lento ritmo del pueblo, a la soledad, el frío y el largo invierno, por no hablar de las innumerables tardes sin electricidad ni luz que los temporales tantas veces provocaban. Sin embargo con Irene no fue así. Yo la veía por aquel entonces como una mujer mayor, guapa y divertida. Ahora sé que no tendría más edad de la que yo tengo en este preciso momento.
Irene llevaba unos años, pocos, ejerciendo como profesora de apoyo en colegios de la Comunidad de Madrid, sin embargo, cansada de la ciudad y con ganas de dar un giro a su vida, decidió optar por la primera plaza que le fuera concedida fuera de la capital. El destino quiso que le tocase en nuestro pueblo.
Cuando salieron las listas, leyó su nombre: Irene Serrano Martín y al lado la población Linares de Mora. No tenía ni idea de donde caía, siguió con el dedo una línea imaginaria que enlazaba esa localidad a la provincia: Teruel. —¿Teruel? —Se preguntó mientras intentaba con cierto esfuerzo situarlo en un mapa geográfico mental—hacia el Norte… más o menos…
En cuanto llegó a casa tecleó “Linares de Mora” en Goggle y leyó “Habitantes: 315 Altitud: 1.311metros — me temo que me voy a pelar en invierno—pensó. Perteneciente a la Comarca de Gúdar-Javalambre en la provincia de Teruel. ¿Comarca? —Se preguntó. Pensó que nunca antes había utilizado ese término, excepto en el contexto de El Señor de los Anillos, el libro preferido de Joan, y eso le hizo gracia. En breve vivirían allí, en “La Comarca de Gúdar—Javalambre”. Me gusta el nombre. Se prometió investigar la procedencia del nombre, como profesora de Lengua, era lo mínimo que podía hacer, y además —intuyó—tendría mucho, pero que mucho tiempo para hacer eso y muchas otras cosas más.
Que Joan, su novio, se fuera con ella, no fue ningún problema. Estaba estudiando oposiciones y le daba igual hacerlo en un lugar que en otro. De hecho, veía Linares de Mora como el sitio perfecto.
Cuando Irene y Joan llegaron, la Directora del Colegio, la señorita Azucena, les hizo de Guía. No tardó más de media hora. La Señorita Azucena era de Bilbao, era la única profesora que se quedó a vivir en el pueblo. Aunque vestía bien, siempre era muy sobria, en todas sus facetas; su comportamiento, en la forma de hablar y de vestir. La expresión de su cara se conjugaba entre enfadada y triste. Algunos dicen que la abandonaron en el altar y que por eso se vino a este pueblo, para olvidar y nunca más volver a ver a su amor. Habladurías de pueblos.
Yo fui el primero de la clase en conocer a la señorita Irene. Cuando mi padre se fue, nuestra casa la dividimos en dos. Abajo vivíamos mi madre y yo y la parte de arriba, la solíamos alquilar por años a justamente profesores que la diputación nos mandaba cada año. Cuando la señorita Azucena nos presentó a Irene y Joan a mi madre y a mí, Irene me estrechó la mano, se agachó poniéndose a mi altura y me dijo:
—Tú eres el primer alumno que conozco. ¿Sabes que el primer alumno nunca se olvida?- Y desde ese mismo momento me enamoré absolutamente de ella.
—Y ahora a disfrutar y conocer la comarca, que es maravillosa— Les dijo la Señorita Azucena— Nuestro pueblo está rodeado de bosques verdes y paisajes montañosos que merecen la pena visitar. Todavía quedan más de dos semanas para que el curso de comienzo así que os dará tiempo de sobra para instalaros. Y ya os dejo solos, no quiero molestaros, que me voy pareciendo cada vez más a las viejas de este pueblo que no paran de hablar. ¡Sed bienvenidos! Y recordar que estáis muy lejos de la capital, el ritmo aquí es diferente… hasta el silencio es diferente…
Irene y Joan se amoldaron estupendamente. En pocas semanas ya conocían a todos los habitantes de Linares. Como vivíamos tan cerca, yo hice muchas veces de Guía. Ir con ellos por la calle y llegar a casa, nos llevaba horas, pues se paraban a hablar con cualquier persona que pasara por su lado. Me encantaba estar con los dos. En las tardes que no había electricidad ni luz, Irene y Joan sacaban velas y jugábamos a las películas, representábamos obras de teatro o molestábamos tantas veces a Joan en su habitación, que él finalmente dejaba de estudiar y nos leía cuentos en voz alta.
Mientras Irene estaba en el colegio, Joan colaboraba en el ayuntamiento. En pocos meses consiguió traer Internet al pueblo. La mayoría del pueblo activo hacía cola pacientemente para utilizar los dos ordenadores que el Ayuntamiento disponía y hasta Joan llevó el suyo allí al menos unas horas, mientras él en casa se empollaba los temarios de la oposición.
Y llegó la Navidad. Joan pertenecía a la comisión de festejos e hizo venir a los Reyes Magos al pueblo, todos los niños estaban como locos. Irene creó con todos los alumnos del colegio un Belén viviente y esto hizo que muchas personas de los pueblos de alrededor, vinieran. Incluso el periódico de la Comarca nos visitó para hacer un reportaje. Irene y Joan consiguieron instaurar otra tradición: la noche del 31 de Diciembre, todo el pueblo, niños, mayores y ancianos, nos juntamos en la plaza para comer las uvas guiándonos por el reloj del consistorio. Pasamos frío pero fue una de las noches más divertidas de todo el año. Después hubo baile hasta la madrugada y finalmente hubo chocolate con churros para todos los vecinos y visitantes.
La Semana Santa llegó volando y Joan se fue a Madrid a examinarse. Todo el mundo le dio ánimos los días anteriores y hasta el párroco de la Iglesia de la Inmaculada pidió por él en su misa de “a doce”. Todos lo hicimos.
Irene nos contó que examen le fue fatal pero que aún así Joan estaba animado y deseando volver al pueblo. Dijo que Madrid estaba plagado de coches, ruido y su cielo, era una enorme nube gris que acechaba constantemente la ciudad. Luego Irene nos explicó que a lo que se refería su novio era a la contaminación. Sin embargo Joan nunca llegó al pueblo, al menos, no vivo. De camino a Linares, se quedó dormido y acabó chocando con un coche de frente.
Irene nunca quiso volver a Madrid. Todos los esfuerzos de sus familiares y amigos por tratar de hacerla volver a casa, fueron en vano. Joan fue enterrado en el cementerio del pueblo. Irene nunca volvió a ser la misma. Envejeció enseguida, su cabello se pobló de canas y sus facciones se endurecieron, quizás por el frio del otoño y el hielo de invierno. Quizás porque nunca más volvió a sonreír. Años después, mi madre y yo nos mudamos a Teruel y vendimos la casa a Irene.
Ahora es ella quien alquila la casa a los profesores que vienen al colegio. La señorita Azucena se jubiló e Irene ahora es la Directora. Yo suelo ir con mis hijos y mi mujer al pueblo de vez en cuando y siempre voy a verla. Cuando llamo a la puerta y la abre, siempre tengo que explicarle quién soy.
Cuando ya me reconoce, me deja pasar y tomamos un café. Ella no habla mucho; yo, sin embargo, le hablo de lo mucho que me acuerdo de Joan y los tiempos en los que él vivía. Ella me escucha, casi sonríe, se levanta, señal de que es hora que me vaya, y mientras la sigo camino de la puerta, la oigo susurrar:
—Ahora todo es diferente—hasta el silencio es diferente.