Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

16 oct 2013

LAS NOCHES



Duerme destapado. Duerme desnudo. No dejo de mirar su cuerpo vigoroso y tostado. Su piel es firme y suave. Acaricio su brazo derecho. Mi mano recorre desde el antebrazo hasta su hombro y vuelve a bajar por el costado de su espalda, la hendidura de la cadera y sube por su nalga redonda. Es un cuerpo perfecto, es el cuerpo de un hombre joven.  Detrás de la ventana la ciudad despierta. Los primeros coches comienzan a pitar, los semáforos orquestan el tráfico, las furgonetas hacen sus repartos y un autobús ha frenado bruscamente para recoger a algún rezagado. Ajeno al amanecer él duerme profundamente. La cama está caldeada por el calor que desprende su cuerpo. Su respiración es serena y acompasada. No quiero que él me toque, ni me bese, ni me hable. Tan solo tiene que seguir durmiendo a mi lado. Cuando me acuesto en su cama, él está dormido y antes de que  se despierte, yo ya me he ido.

Otra noche más. Me voy quedando dormida mientras veo la televisión hasta que la apago y me voy a la cama. Pero en cuanto me acuesto, empiezo a oír la madera del suelo que después de tantos años cruje como crujen mis huesos. Son muchos años ya. Tañen despacio, en silencio, pero yo puedo sentirlas. Puedo escuchar el silbido de las tuberías del baño. Al suelo y a las tuberías se le suma el frigorífico. Está a punto de estropearse. De vez en cuando el motor se acelera y ruge como enfadado. Necesita descansar, necesitamos descansar los dos.

Enciendo la luz de la lamparita de noche y me levanto. Me pongo la bata por encima y me acerco a la ventana. No hay nadie. El viento arrastra las hojas caídas de los árboles y alguna bolsa que se ha salido de la papelera del parque. Vuelvo a acostarme con la bata puesta. Tengo frío. Me acomodo un cojín tras la espalda y tomo el primer libro de la mesilla. ¡Tantos libros que han pasado por esta mesilla!. He empezado a releer libros antiguos que tenía olvidados. No recuerdo el argumento de muchos de ellos, pero me doy cuenta que, según paso las hojas, los mismos libros que sé que antes me gustaban, ahora ya no me atraen. Están desfasados.  

«Es el insomnio del viejo» me dice mi mejor amiga Estrella. «Es inevitable, y más en nosotras, que vivimos solas y en casas grandes. Te puedes acostumbrar a todo, pero no a las noches en absoluta soledad; son y serán así de duras».

Estrella y yo vamos todos los miércoles a la peluquería del Corte Inglés que está en la menos uno y luego subimos a desayunar a la cafetería. Aquella mañana, cuando el camarero nos sirvió el café, se dirigió a mí con una gran sonrisa y me dijo «Usted es Mina. Fue mi profesora de Historia de América Prehispánica, en la Complutense, no sé si se acordará de mí, soy Pablo, Pablo Carbajosa. La he reconocido en cuanto entró por la puerta»

Me había topado con muchos de mis estudiantes a lo largo de mi carrera docente, pero desde que me había jubilado, apenas me sucedía, así que cuando me reconoció, me sentí de alguna forma halagada. Yo no le recordaba, así que intuí, y  en vista del trabajo que tenía, que desde luego no había sido uno de mis alumnos más brillantes. Intenté hacer memoria. Por su edad aproximada, tuvo que haber sido alumno mío poco antes de la jubilación, pero por otra parte fueron los años que más rápido había olvidado.

«Me gustaron mucho sus clases» me dijo.  También nos contó que dejó la facultad en el segundo año y que desde entonces no había parado de viajar. Había vivido prácticamente en todos los países de Sudamérica. Hacía unos meses que había vuelto a Madrid y se estaba, como él dijo, buscando la vida. «En cuanto ahorre para el billete, tengo pensado irme a la India»

« ¿Y cuánto tiempo vivirás en la India?» le preguntó Estrella. « ¡Ni idea! Todo lo que pueda. Quizás trabaje allí unos meses. Desde la India iré a Nepal, y luego… no sé, lo que surja»

«Qué encanto de niño, Mina. ¡Y qué atractivo!» me dijo Estrella mientras Pablo se alejaba para atender otra mesa.

Le veíamos cada miércoles en la cafetería. Empleaba su media hora de descanso para sentarse con nosotras y conversar. Tanto a Estrella como a mí nos encantaba escucharle. Nos contagiaba con su vitalidad y las ganas de conocer nuevos países y culturas. Me veía en sus ojos, cuando yo tenía su edad. A los pocos meses de nuestro encuentro Pablo nos contó que tenía la intención de buscar otro trabajo pues no conseguía ahorrar con la rapidez que deseaba. Le ofrecí a Pablo una habitación en mi casa. De eso ya hace tres meses.

Cada noche intento dormir en mi cama, pero cuando no puedo, y eso me pasa todas las noches, voy a su cuarto, abro la puerta, me quito la bata, la doblo, la dejo en la silla del escritorio, y me meto en su cama, que está caliente y desordenada. La primera noche que lo hice, se despertó extrañado, pero no dijo nada, se echó a un lado para hacerme sitio y volvió a dormirse. Yo me acuesto y le observo, a veces acaricio su piel. Contemplo cómo duerme. Miro su cara, la nariz recta, los labios entreabiertos, y noto el aire caliente que exhala de su boca; la cicatriz en la ceja izquierda mal curada, que le ha dejado marca para siempre. A medida que pasan los minutos mi lado de la cama se empieza a caldear y es en ese momento cuando me voy quedando dormida. Lo último que veo es su piel y es lo primero que veo al despertarme.

Como ahora consigo dormir, mis días son más descansados, vitales y tengo más energía para afrontar mi día a día. Las tablas del suelo han dejado de crujir, las tuberías no aúllan y el frigo dejó de rugir.  Apenas nos vemos durante el día. Cuando lo hacemos hablamos de cómo ha pasado su día, cómo yo he pasado el mío y también me cuenta historias de sus viajes y sus planes para el próximo. Nunca hablamos de mis visitas a su cama.

Ahora no puedo dormir sino es junto a él. Desde que me acuesto a su lado y observo su cuerpo, he recordado como era mío hace tiempo, cuando era terso, bronceado y suave, y al recordarlo, lo recobro en cierta manera, cuando mi cuerpo vivía una vida aún sin organizar. Es en todo esto lo que pienso, mientras estoy acostada junto a él y es justo cuando el sueño me llega sigilosamente.

Hoy me ha dicho Pablo que se va, que ha encontrado un vuelo de última hora muy barato, y sin dudarlo, lo ha comprado. Se va mañana. Que vendría a recoger su mochila al amanecer para irse al aeropuerto y que había quedado con los compañeros del trabajo, algo de una fiesta de despedida. Me he alegrado por él sinceramente. Nos hemos dado un largo abrazo, me ha dado las gracias y con una gran sonrisa, se ha ido.

Me he acostado tarde. Ya en la cama, con un vaso de leche templada, me he tomado una pastilla para dormir. He leído casi quince páginas de una novela bastante insustancial y cuando parecía que todas estas trampas me iban haciendo efecto y me abandonaba poco a poco al sueño… he comenzado a oír las tablas de madera crujir, las tuberías aullar y el frigorífico rugir.

31 jul 2013

COMO TUS PADRES…



—Daniela, no entiendo por qué lloras y te quejas de esta manera… Recuerda en qué condiciones entraste en nuestra casa. 

No tenías nada y buscabas un trabajo desesperadamente. Todo lo habías dejado en tu país: padres, marido e hijo… No pesabas más de cincuenta kilos, pobrecita mía. Con esa palidez amarilla, que es de la de no comer. Te ofrecí un café que rehusaste en seguida. No por gusto, sino por educación. Y cuando saqué las pastas, ¡infeliz! no dejabas de mirarlas, pero no te permitiste coger ni una, hasta que te las ofrecí una tercera vez y ya no te pudiste contener. Te comiste una, la más pequeña, pero cuando la acabaste recogiste con la yema del dedo las migajas que se habían caído en tu falda, llevándotelas a la boca mientras mirabas el suelo y asentías con la cabeza a todo lo que te decía.

Ojo que no eras la persona que buscábamos. Queríamos otro tipo de mujer, una mujer fuerte y decidida, con la fuerza necesaria para ayudarnos tanto a Eugenio como a mí. Aún gracias a Dios podemos valernos por nosotros mismos, pero pensando en el día de mañana…

Amparito, la vecina del sexto, bueno, qué te voy a contar, ya la conoces, me dijo que ese tipo de mujeronas, son típicas de la Europa de Este. Que también las hay rubitas, y muy monas, pero que esas acaban trabajando en bares, de reputación dudosa, o en casa de viudos para que les tengan la comida caliente y de vez en cuando la cama, tú ya me entiendes a qué me refiero... Y la que sale lista, acaba casándose con el viejo y que la familia del viudo, se olvide de la casa familiar y los ahorrillos, pues en cuanto se casan, se traen a toda la familia de sus países y ya no les sacan de allí ¡ni con lejía! ¡No son listas, esas del Este! Pero como digo yo, aún a riesgo de equivocarme, prefiero a una del Este que a una panchita, con todos mis respetos, ¿eh?, que sí, que son muy cariñosas, pero Amparito tiene razón también en eso… Esas son unas vagas y no muy limpias que digamos...

Total, que decidimos contratarte, Daniela, más por pena que otra cosa. Se te veía tan desvalida y ojerosa. Algo me dijo aquí, en el corazón, que tú nos necesitabas más a nosotros que nosotros a ti. Desde el principio nos gustaste. Apenas se te oía trajinar. Eugenio y yo, acostumbrados a estar solos,  ni nos dábamos cuenta de tu presencia los primeros días. Te las apañabas realmente bien y dejabas las tareas más que listas antes de tu hora de salida, así que aprovechábamos para sentarnos en la mesa y saber de ti, de tu vida en tu país, de lo que hacías en España e incluso te enseñamos a jugar a las cartas. Mira que nunca ganabas, aunque creo, que a veces lo hacías aposta. Amparito dice que no, que por lo visto, vosotros no jugáis ni a las cartas, ni a nada, que sois tan pobres que ni eso os podéis permitir. Angelica mía…

Y llegaron las Navidades, y con la paga extra que te dimos, más lo que habías ahorrado, pudiste traer a tu hijo Alexei. La mayoría de los días estaba en nuestra casa. Era un niño tranquilo que se entretenía con cualquier cosa. Tan modosito él ¿verdad?
Eugenio se acostumbró enseguida al chiquillo. No se quedó bien del todo cuando le operaron de cataratas, así que animaba al chaval para que le leyera el periódico todos los días que venía. Lo pasaban en grande viendo los partidos de futbol. Eugenio le enseñó el nombre de todos los jugadores. Incluso hicieron la colección de cromos de la selección. Y el chico tan feliz con nosotros, ni una mala cara a nada. El día de su cumpleaños le regalamos toda la equipación del Madrid ¡hasta las botas  del Benzemá ese! Sólo por verle la cara de alegría en cuanto abrió la caja, mereció la pena… ¡Ay! Si es que se me saltan las lágrimas cuando lo recuerdo… ¡Mírame! Llorando como una tonta.

Alexei no sólo venía entre diario cuando trabajabas sino también muchos fines de semana. Sobre todo los últimos que empezaste a salir tanto por las noches. Y chica,  nosotros encantados; nos hacía los recados y así no salíamos nosotros, que a nuestra edad, un día de frío, se convierte en un mes de cama…

Luego Daniela, tú venías los domingos a recoger al niño y ya comías con nosotros, ¿o es que no te acuerdas? Todo nos iba bien, hasta que el sinvergüenza de tu marido apareció. Parece que lo estoy viendo… En cuanto abriste la puerta, te enchufó un puñetazo, te cogió del brazo y te sacó arrastras de casa. ¡Qué podíamos hacer nosotros! era un hombre con mucha fuerza, daba miedo. ¡Qué podían hacer dos ancianos indefensos como nosotros!

No viniste en dos días. Al tercero llegaste a trabajar a tu hora con la cara hinchada y llena de moratones. Entre lágrimas nos contaste que vivíais separados desde hacía tiempo pero que de vez en cuando bebía, te buscaba, te pegaba y te obligaba a darle todo el dinero que pudieras.

Eugenio y yo te convencimos para que le denunciaras. Mientras salió la sentencia, Alexei y tú vinisteis a vivir con nosotros. Qué días más estupendos pasamos. Parecíamos una verdadera familia. ¿Lo recuerdas? Erais lo más parecido a una hija y a un nieto.

Después de la sentencia favorable, empezamos a notar en ti ciertos cambios. Ya sabes… estabas más risueña, más guapa, más alegre en general… ¿Qué podía ser, sino el amor? Nos decíamos Eugenio y yo mientras te oíamos canturrear en la cocina.

Pero tuviste que estropearlo todo. Fuiste una egoísta, y una desagradecida. ¡Mírame! Otra vez llorando, pero esta vez por el disgusto que nos diste. Nos disponíamos a comer y yo estaba a punto de servir, en una mano la cazuela, en la otra la cuchara grande. Nos dijiste a Eugenio y a mí, con cierto pudor pero con una gran sonrisa, lo que ya ambos adivinábamos: volvías a estar enamorada. —Ya no bebe, es otra persona, no me ha vuelto a pegar, y quiere recuperar a Alexei, quiere llevarle este fin de semana a ver un partido al Bernabeu… y si todo va bien, en verano, volveremos a casa, los tres—.

Cuando te escuché decir eso… no sé lo que me vino por dentro, supongo que es el sentimiento que tienen las madres en su interior, como las que son capaces de levantar un camión si ven q su hijo está debajo… y así te vi, Daniela, te lo juro por lo más sagrao. Y lo peor es que arrastrabas a nuestro nieto contigo… así que, con todo el coraje que me salió, solté la cuchara, así la cacerola con las dos manos y te la estampé en toda la cabeza. Daniela, apenas salió un grito de tu boca y según perdías el conocimiento te escurriste de la silla y caíste al suelo. En ese tiempo que estuviste afectada por el golpe, Eugenio y yo te atamos y te metimos en la cama. No sin antes ducharte y quitarte todo el guiso que se te había desparramado por el pelo y por dentro y fuera de la bata.

Mientras te duchábamos, te despertaste un par de veces y Eugenio tuvo que volver a darte, esta vez con la alcachofa de la ducha. —Esto me duele más a mí que a ti.  Pero a Alexei no te le llevas, ¡no te le llevas! óyeme bien— te lo dijo llorando, el pobre. Lo pasó fatal ese día, Daniela. ¡Y yo! Jesús, Jesús… qué disgusto nos diste. —A esta niña hay que atarla en corto. No aprende, y así le ha ido —Me decía Eugenio una y otra vez.

Alexei no quiere ver con su padre ni en pintura y de volver a vuestro país, ni hablar. Así que, nos ayuda a cuidarte. Es muy responsable y muy listo para su edad. El mismo es quién machaca el Diazepán y lo mezcla en tu comida. Es un amor de niño. Lo hemos acogido legalmente.

Tu ex vino al principio un par de veces, hasta que llamamos a la policía. Vinieron en seguida, pues estaba infringiendo la orden de alejamiento impuesta en la sentencia. También les contamos que nos habías robado parte de nuestros ahorros para dárselo al caradura de tu ex marido y que luego te largaste sin dejar rastro. Tu ex-marido ahora está en prisión cautelar, por estafa y extorsión. De ti nos han dicho que posiblemente hayas vuelto a tu país y que no obstante, si volvieras, serías arrestada inmediatamente, pues no tienes papeles legales y además pesa sobre ti una denuncia por robo y abandono de un menor…

¡Ay, Daniela! cuando te pones tan pesada e imploras sollozando, que te quieres ir… yo es que de verdad, hija mía, no te entiendo… ¿dónde vas a estar mejor que aquí, en tu casa, si no con tus padres? Con lo que hay por ahí fuera… ¡quita, quita!


7 abr 2013

LA DECISIÓN


Una vez escrita la fecha y la hora en la que se iba a suicidar, Julián cerró su cuaderno y experimentó una serenidad que hacía mucho tiempo no sentía. El 22 de Marzo a las 12 horas de la mañana. Quedaban dos días.

Pensó en escribir varias cartas y dejarlas sobre su escritorio. Las escribiría a mano, con una caligrafía perfecta y precisa. Las cartas que encontrarían junto a su cuerpo colgado, quizás aún balanceándose.  Una a su familia, otra a Gustavo y otra a Lola.


Cuando se despertó al día siguiente, se sorprendió al darse cuenta de que por una noche, por una jodida noche, había dormido del tirón. Pensó en las cartas. Tenía un día para escribirlas. Sabía muy bien cómo reaccionaría su familia, cómo reaccionaría su madre, la gran señora. Lo achacaría al alcohol, o a los porros, o al rector de la universidad, por haberle expulsado. Pero sobretodo les echaría la culpa a Gustavo y a Angela. Esas amistades que no soportaba —son raros —le decía, pero lo que no aceptaba era que no conocía a sus familias, o mejor dicho, que sí las conocía pero que no eran dignas de ella, no estaban a su altura. No lo contarían a nadie, algo se inventaría la gran dama, quizás un desafortunado ataque al corazón. ¡Con lo joven que era!, pero esas cosas pasan, como a los deportistas que caen fulminados en un campo de juego.  La gran señora encarnaría a la perfección el papel de madre destrozada por la muerte de su hijo. Dicen que la muerte de un hijo es lo peor que le puede suceder a una madre. Pero no a la suya. Hasta en la forma de morir la iba a decepcionar.


Gustavo creería que fue por lo del beso, por lo del puñetazo, y porque al final se puso a llorar y Lola... Lola se quedaría sola, más sola aún. Se volvería a hacer pequeños cortes en los antebrazos y en sus finos muslos, quizás más largos que los de costumbre y seguiría con su vida. Seguiría viviendo la misma vida miserable que solían vivir solo que esta vez, él, sí había hecho algo para cambiarla.   


A medida que pensaba en las cartas y cómo las escribiría, se empezaron a entremezclar las unas con las otras y desechó  la idea de escribirlas. No, no iba a escribir ninguna, no iba a dar explicaciones. Así que, si no iba a dejar cartas… disponía ahora de todo el tiempo del mundo para no hacer nada. Lo único bueno de la situación, era saber que a ese mundo, que tanto le asqueaba, ya solo le quedaba un día. Como también solo un día, sufrir ese desconcierto, ya tan familiar, que le había acompañado y desgarrado durante tantos meses. El no encontrar una explicación de su existencia que consideraba vacía y sin sentido le había vuelto loco, y convencido de su maldad, defraudando tanto a los que le rodeaban como así mismo. Sacó de debajo del colchón una botella de Ginebra. Bebió un trago que inmediatamente vomitó, sin darle tiempo a levantarse de la cama. En un segundo y último intento, apuró toda la ginebra que quedaba, un poco menos de la mitad. Se volvió a tumbar y se cubrió hasta la cabeza con el edredón. Y empezó a pensar en Gustavo, en cómo le había besado. No sabía cuánto tiempo había durado aquel beso, cinco segundos, cinco minutos…, lo suficiente para no poder echarle la culpa a nada.  Pensó en el puñetazo que le dio, en cómo le quiso ayudar para que se levantara y como Gustavo se retiró y se fue corriendo. Quiso correr tras él, pero se quedó. Se sentó al lado de Lola y lloró como un niño. 
Lola en el sofá, lo había visto todo, no dijo nada, estaba sonriendo, fumada, y cerró los ojos… Y luego cuando volvió a su casa. Su madre, sentada a oscuras en el salón, esperándole. Guapa aún sin maquillar. Siempre guapa. Bebiendo de un vaso largo con hielos. La bofetada y las amenazas. Su amiga psicóloga, discreta. No tenía porqué enterarse nadie. —En esta familia cuando hay problemas se resuelven o se entierran —.  Se entierran. Se entierran…


Se despertó con dolor de cabeza. Era ya de noche. Se lió un porro en la cama. Pequeñas chispas cayeron sobre el edredón. Observó que no era el de la mañana. Alguien lo habría cambiado. Recordó haber vomitado sobre el otro. Sintió hambre y decidió levantarse a comer algo. Cuando entró en el salón vio a todos sentados a la mesa. Estaban cenando.


Hijo, qué bien que te has levantado. Ya pensábamos que te quedarías hasta mañana en tu cuarto. Anda, siéntate que no has comido nada en todo el día —Era su abuela. ¡Qué feliz se la veía! Quizás la única persona feliz en esa casa, o en el mundo. ¡Quién sabe!. Y de repente supo porqué lo era, ella cómo él, sabía que moriría pronto. Ese peta que se había fumado era bueno, muy bueno. Podía pensar con suma claridad.


Decidió que sería divertido compartir una última cena con su familia así que se sentó en la única silla vacía que estaba al lado de su padre. Comió con voracidad todo lo que le servían. Su madre no dejaba de mirarle. Parecía que fuera a explotar de un momento a otro. No soportaba la falta de educación en la mesa y comer como él lo estaba haciendo en ese momento, lo era. Tampoco ayudaba la conversación exigua, ni su padre leyendo el periódico mientras comía sin ver lo que se llevaba a la boca, ni la hija sin probar bocado más atenta a los sonidos que salían desordenados de su teléfono móvil. Su abuela sin embargo se deleitaba viéndole comer. Él no dejaba de mirarle y sonreírle, sintiéndose cómplice de un secreto que tan sólo compartían los dos, en esa mesa de desconocidos.


Observó a su padre absorto en la lectura de las páginas salmón del periódico. Guiñó un ojo a la abuela y le arrebató del plato un trozo de carne. Empezó a comérselo. La madre, al ver la escena, soltó bruscamente los cubiertos que tenía asidos a ambos lados del plato. Era su forma de decir que su comportamiento le había quitado el apetito. La madre miró a la hija que con una mano se enredaba distraídamente un mechón de cabello, y con la otra sostenía el móvil que no cesaba de mirar. Era guapa, muy guapa, como la madre lo fue a su edad. — Deja de tocarte el pelo y suelta el móvil. Estamos a la mesa. La hija obedeció con una sonrisa y empezó a juguetear con la comida intacta que había en el plato, mirando de soslayo el móvil que acababa de dejar en la mesa.

Julián miró a su hermana y le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa haciéndole una mueca:


— ¿Qué te hace tanta gracia?... Estás fumado —le dijo. Y empezó a comer la guarnición de verdura apartando la carne a un lado del plato.


—Basta vosotros dos. Julián, he llamado a la consulta de mi amiga. Ya sabes, lo que hablamos la otra noche. Tenía la agenda completa, pero por ser yo, nos recibirá mañana por la tarde. Procura estar decente para entonces —dijo la madre.


—Si no te comes esa carne, dámela —le dijo Julián a la hermana mientras se la pasaba de un plato a otro.


—Yo iré contigo y también vendrá tu padre —En ese momento el padre levantó la vista del periódico resignado: —Sí, claro, si es necesario, iré.


—No voy a ir.


—No le quites la carne a tu hermana, que ella tiene que comer también, está en los huesos. 

Podemos pedir que te traigan más de la cocina. Hay de sobra —dijo la abuela sonriendo.   

Julián ya no tenía más hambre, así que se levantó de la mesa, la rodeó despacio mientras deslizaba su mano por la espalda de su padre, su hermana y su madre, sin llegarse a parar. Su madre intentó acariciar su mano pero Julián no se dejó tocar y siguió hasta la siguiente silla, la de su abuela. Allí se paró, rodeó con sus brazos el cuello de ésta y le dio un beso y las buenas noches. Acto seguido, se fue a su dormitorio. Su  madre bajó la cabeza y vació la copa de vino de un trago.


Julián puso la música a gran volumen y se tumbó en la cama tapándose por completo. Quedaban horas. Con una mano se restregaba la frente, luego bajó hasta la boca, se acarició los labios. Sin noticias de Gustavo. Sin noticias de Lola… si le llamaran… En ese momento entró la madre. 

Apagó el equipo de música y lentamente se acercó hasta la cama. Julián empezó a sentir como si con cada uno de sus pasos, la madre le clavara en la sien una y otra vez aquellos tacones altos y afilados. Sin hablar se sentó en un lado de la cama. Puso la mano encima de su espalda. De inmediato la apartó y se levantó plisándose la falda. Julián notaba su presencia cerca, podía oler su perfume. Ella suspiró y volvió a sentarse. Volvió a apoyar la mano en la espalda de Julián y comenzó a acariciarla suavemente.


—Tienes que ir a la consulta. Yo… no sé qué ha podido pasar. ¡Cómo has cambiado tanto! ¿Es por ese chico, Gustavo, con el que te juntas tanto, o por tu novia o amiga? La verdad es que no sé qué sois… ¿Es porque te han expulsado de la Universidad? A veces, cuando me miras… las pocas veces que lo haces, lo haces de una forma, que me hace sentir que toda la culpa es mía. Y quizás tengas razón. Te crees muy mayor pero para mí eres un niño, eres mi niño. Podríamos intentar partir de cero. En esta familia… los problemas se resuelven.


La madre siguió unos segundos más con la mano quieta sobre su espalda, callada. Luego se levantó y se fue. Julián se destapó y se arrodilló junto a la cama. Buscó la botella de ginebra, pero no estaba debajo del colchón. Cayó en la cuenta, que de haberla encontrado, estaría vacía. Estaba nervioso. Miró hacia la puerta. Quiso ir tras su madre, quiso chillarla y hasta abofetearla. Quiso abrazarla. Pero al final permaneció de rodillas sobre el suelo, sin hacer nada.


A medio día del día siguiente, las persianas estaban bajadas, pero el salón estaba bien iluminado por las cuatro lámparas de mesa distribuidas en los diferentes muebles de Becara. Todo estaba en perfecto orden. La hermana estaba sentada abrazada a la abuela que no paraba de llorar. De vez en cuando esta también se unía a los lloros de la abuela y se consolaban mutuamente. El padre, de pie, con cara adusta, hablaba por teléfono.

Julián los veía a todos desde el quicio de la puerta. Estaba desorientado, no se atrevió a preguntar. Cuando su padre le vio, colgó el teléfono.


—Julián, tu madre... ha fallecido, se ha suicidado. Aunque esto último no tiene porqué saberlo nadie. Estoy llamando a la familia y a los amigos. Les estoy diciendo que ha sido un derrame cerebral.  

31 mar 2013

SACRIFICIO



Yo era una chica normal, con una vida normal. Tuve una infancia feliz. La putada fue cuando me casé con el desgraciado de Fede. Así es como le llamábamos todos, pero su nombre y apellido eran Federico de Portugal. Yo no paraba de escribirlo en cada papel que me encontraba por ahí, eran tan históricos, tan distinguidos, sonaban ¡tan bien! Reconozco que fue una de las causas por las que me casé con él, tonterías de adolescente, supongo. Además era todo un caballero. Mis padres le adoraban y mis amigas se morían de envidia. El era un mayor que yo, y mientras las chicas de mi edad tonteaban con los chicos del barrio, a mí me venía a buscar a casa en coche y me llevaba a sitios distintos a los que estaba acostumbrada, mucho más elegantes y sofisticados. 

Al poco tiempo de casarnos, resultó que Don Federico, como le llamaban en el banco, me pegaba unas palizas de puta madre. Un día harta de tantas, me fui a casa de mis padres y como llegué me fui, solo que andando más despacio. Mi madre me dijo que era el hombre que había elegido, que estaba bien posicionado y que debía apencar, que intentara moderarme y fuera una señora en todo momento. Y lo intenté, juro por Dios que lo intenté: mantenía la casa impoluta, como le gustaba a Fede, cocinaba sus platos preferidos,  dejé de trabajar, de frecuentar a las pocas amistades que me quedaban… sólo vivía por y para Fede. Pensé que un niño nos vendría bien, y yo lo realmente lo deseaba. Me quedé embarazada dos veces, pero según me quedaba, lo perdía de alguna patada. Él seguía pegándome y yo acostumbrándome. La verdad es que ya ni me dolía. 
Desconectaba y le dejaba hacer, cuanto antes acabara, antes me pondría a recoger todo lo que había tirado y derramado.

Tomé por costumbre salir por las mañanas, apenas él se iba a trabajar. Al principio sólo daba un paseo corto. Luego los paseos se fueron alargando. Más tarde, después del paseo, entraba en un bar y me pedía un café. Del café a tomarme un sol y sombra y dos y tres, fue cuestión de semanas. Empecé a conocer a hombres en los  bares. Algunos eran muy atentos y me invitaban a subir a sus pisos. Por no volver a casa les acompañaba. Todos eran separados, viudos o parados, y se encontraban tan solos como yo. Hacer el amor medio borracha con desconocidos era lo único que me liberaba. Normalmente después de follar les pedía dinero y a veces, me lo daban.

Y así fue como cada vez mis salidas eran más largas y diarias, hasta que una mañana, saqué todo el dinero que teníamos en una de las cuentas del banco y me fui. Cuando cerré la puerta de casa, dejé las llaves puestas. No tenía intención de volver nunca más. Me pasaba todo el día deambulando por las calles, entraba en los bares, follaba en pensiones y así pasé unos cuantos meses. Luego el dinero se agotó y las ganas de follar también, así que pasé de dormir en sucias pensiones a dormir en las sucias estaciones de metro, cajeros o bajo los soportales de las iglesias.
Me habitué a ir a la Iglesia de San Miguel, era pequeñita, caliente y sus feligreses daban bastante limosna. Parte del día lo pasaba dentro de la iglesia escuchando al Padre Rodrigo, el cura de la parroquia, el resto, en la entrada, abriendo y cerrando la puerta mientras extendía mi mano que rogaba caridad.

Después de tanto tiempo sin sentir nada, poco a poco me enamoré de Rodrigo. Adoraba sus discursos: imponentes y llenos de fuerza. Veneraba la pasión que ponía en todos y cada uno de los sermones. Yo imaginaba que se dirigía sólo a mí y a veces yo creo que era así, pues no dejaba de mirarme. Me volví a sentir especial.

En uno de aquellos sermones, fue tal la emoción que sentí al escucharle que cuando acabó, no salí la primera como hacía siempre para abrir la puerta a los congregantes, sino que me quedé la última y cuando todos se hubieron ido, me dirigí a él y le pregunté si podía estrecharme la mano para darme la paz, como lo hacía cada día con los feligreses de la primera fila. Él me tomó la mano y me dijo que ya me conocía, que me veía sentada cada día en las filas de atrás escuchando atentamente. Eso le gustaba y me dijo que el próximo sermón me lo dedicaría y que rezaría por mi salvación.

A partir de ese día, no podía vivir sin estar cerca de Rodrigo de una forma u otra. Yo procuraba que mi aspecto fuese aseado y pulcro. Rodrigo era muy bueno. El me dejó que me encargara de la limpieza de la iglesia y que nadie más que yo pidiera en su parroquia. Por la noche, le cocinaba la cena. Se puede decir que hacíamos vida de matrimonio. Mientras él cenaba, yo recogía la cocina y después le planchaba las sotanas y ropas de homilía. Luego él me hablaba de la iglesia, de la doctrina católica en decadencia y de la poca caridad que había en el mundo y yo no me cansaba de escucharle, hora tras hora, mientras bebíamos dos y tres botellas de vino de Rioja. La mayoría de las noches nos quedábamos dormidos, pero si el sopor no nos podía, hacíamos el amor como animales hambrientos. Y Rodrigo tan sólo me pedía dos cosas: que le fuera fiel como él a su Dios y que nunca  pidiera en otra iglesia que no fuera la suya. A cambio,  yo solo le tenía que dar la mitad de lo que sacaba en la puerta.

Doy gracias a Dios todos los días por haber acabado al final al lado de un hombre como Rodrigo. Rodrigo, mi amor, mi salvador. Rodrigo, el hombre que hizo que mi vida cobrase sentido de nuevo. Rodrigo…, Rodrigo, no me canso de decir su nombre. A veces, como una colegiala, lo escribo: Rodrigo de Sotogrande, me dijo una noche que se apellidaba.