Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

27 jun 2011

LAS MUJERES DE MI GENERACIÓN


Aquí hace falta una mujer, y esa mujer soy yo

 Leo en la prensa que la negación de los derechos fundamentales de las mujeres es una de las principales causas de la pobreza pero pese a ello, hoy 8 de Marzo se festeja el Día Internacional de la Mujer, celebrando los logros conseguidos y poniendo de relieve lo que aún queda por hacer para crear un mundo equitativo. 

Toda la prensa está salpicada de información en lo concerniente a este día. De esta forma se nos quiere concienciar sobre las desigualdades tanto a nivel local como internacional: 

“Las mujeres saudíes están convocadas a coger el volante como parte de sus actividades cotidianas desafiando la prohibición de conducir”
“Las mujeres están significativamente poco representadas en gobiernos, partidos políticos y en la ONU, a pesar de las llamadas a la igualdad”
“La mitad de los refugiados del mundo, son chicas jóvenes y mujeres adultas y son particularmente víctimas de la violencia sexual durante los traslados, en los campos de refugiados y/o durante su asentamiento”
“La poetisa bahreiní, Ayat al-Qarmezi, ha sido condenada a un año de prisión por la lectura de un poema en el que se piden reformas”

Cierro el periódico porque me indigna este mundo de extremos en el que vivimos. Con este panorama queda ridículo quejarse del poco tiempo que tengo para mí misma y del estrés que me supone atender una casa, los niños, un marido y un trabajo… eso como poco entre semana. ¿En qué momento caí en esta espiral tan estresante si yo volvía cuando los demás iban? Ese fue mi error, y el de las mujeres de mi generación

Pienso en como dan a luz las mujeres en Libia: en su choza con la ayuda de tan sólo una partera y luego pienso en la mujer sueca, que tiene una baja de maternidad de noventa y seis semanas. Pero sinceramente, me da igual la pobre mujer de la choza y la, seguro atractiva, sueca. Lo cierto, es que somos las mujeres de mi generación, las pringadas del siglo que decidieron hacer suya la frase de Rigoberta Menchú en la que decía: “Una mujer con imaginación es una mujer que no sólo sabe proyectar la vida de una familia, la de una sociedad, sino también el futuro de un milenio” y ni cortas ni perezosas, nos hemos puesto a imaginar y a imaginar sin tregua.

Las mujeres de mi generación no sólo se han comprometido con su pareja y con sus hijos sino con un trabajo de responsabilidad y bien remunerado (aunque esto último no lo hemos conseguido del todo, pues todavía hay diferencias de sueldo entre un hombre y una mujer en el mismo puesto). Según la consultora y agencia de trabajo Manpower, las mujeres perciben un 34,7% menos de sueldo que los hombres. Por otra parte, los años que tardas en conseguir el estatus profesional deseado son los mismos minutos que tardas en perderlo en cuanto te quedas embarazada. 

Las mujeres de mi generación, hablan idiomas, hemos ido a la Escuela Oficial, hemos vivido en el extranjero. Como fuimos muy estudiosas, hemos continuado formándonos en paralelo al trabajo e intentado ser apreciadas por nuestra competitividad y riqueza pragmática; sin embargo muchas hemos tenido que rendir doble examen, primero el de demostrar que porque somos mujeres no somos idiotas y segundo, el que tiene que rendir cualquiera. ¡Y esto no lo dijo una mujer del montón! sino una presidenta de gobierno: Cristina Kirschner; claro que flaco favor nos hizo al meter en la Casa Rosada de Buenos Aires su impresionante zapatero climatizado bajo control con más de mil pares de zapatos y otros tantos bolsos y es que “El físico de la mujer — dice el periodista Manuel Vicent— todavía es catalogado por la mirada inseminadora que anida en el inconsciente de los jefes”. 

Porque las mujeres de mi generación, además de esposas, madres y ejecutivas agresivas… tenemos que ser atractivas, a poder ser, arrebatadoras. En las ciudades se han multiplicado los gimnasios y centros de estética. Es rara la mujer que no se haya hecho la depilación láser, o cuanto menos una insignificante limpieza de cara. Las hay que fichan cada verano con los rayos UVA y otras que se apuntan a sesiones de cavitación, presoterapia, mesoterapia y todo lo que acabe en –terapia. De ahí, damos un salto a tratamientos más sofisticados como el biolifting, botox, ácido hialurónico, remodeling, por no hablar de la cirugía ya pura y dura, para aumentar pómulos, mentón, labios, trasero y un clásico: pecho. Más cosas que se hayan multiplicado: Las depresiones, la ansiedad, los infartos y los psiquiatras.

Las mujeres de mi generación, nos movemos todo el tiempo, de un lado para otro: De casa al cole, del cole a la empresa, de la empresa al gimnasio, del gimnasio al cole, del cole al Supermercado, del Supermercado al Patinaje de la niña, del patinaje al parque y del parque a casa. 

Una vez que llegas a casa no paras de subir y bajar escaleras: de la cocina donde colocas toda la compra, subes al baño a preparar la bañera, del baño al dormitorio de los niños para ponerles el pijama, del dormitorio de los niños al de matrimonio, para quitarte el traje de que has llevado ya todo el día, manchado de polvo y patadas del parque, de ahí a la cocina, a preparar la cena, de la cocina al salón para recoger los juguetes tirados, del salón a la habitación de los niños, cuento y beso y de la habitación de los niños al estudio para poner en orden las cuentas del banco, responder algunos correos, organizar las vacaciones de semana santa y poner al día la agenda del día siguiente. 

Y si no estás moviéndote, estás en reuniones: Las mujeres de mi generación tienen reuniones de trabajo, de la comunidad de casa, de la guardería, del colegio, del campamento, de antiguos alumnos del Instituto, de la facultad… o simplemente familiares. 

Pero llega un momento como hoy, en el piensas: Demasiado trabajo, demasiadas tareas domésticas, demasiados gatos, demasiados hijos, demasiado gimnasio, demasiados planes, demasiados amigos, demasiadas pastillas… tengo demasiado de todo, y eso me hace sentirme estresada y malhumorada, como me siento hoy. Hasta hace media hora, mi la solución a mis problemas era el fiel propósito de apagar mi iphone dos horas seguidas al día y pagar un día más a Gladis, la mujer que nos limpia en casa. 

Paso el dedo por la hilera de libros que hay en la estantería del estudio, y me paro en uno: 20 POEMAS DE AMOR Y UNA CANCIÓN DESESPERADA de Pablo Neruda. Ahora mismo podría ponerme en mitad de la calle y leerlo a grito pelado. Y no me pasaría nada, a lo sumo pensarían que soy una ejecutiva pirada en una sesión de expresión corporal, o alguna terapia alternativa de esas que hoy en día tanto abundan…


8 jun 2011

EL NUEVO GRUPO


Permítanme que me presente. Mi nombre es Saladino Rakesh Bahl y soy, aparte de su fiel servidor, guía turístico en Siria desde hace 13 años. Amo mi país, adoro mi trabajo y me encanta relacionarme con los turistas y sobre todo con LAS turistas. 

Solo me basta echarlas una mirada de arriba abajo para saber cómo son y lo que buscan. Son muchos años de profesión, con los hombres es más fácil, pero con las mujeres… Al principio, soy yo quién empiezo hablando de la historia de Siria y su existencia desde los primeros anales, les enseño las grandes mezquitas dedicadas al culto musulmán, los zocos de Damasco, el desierto de Palmira, el Gran mausoleo en Alepo, el Éufrates… Este ambiente con olor a jazmín es tan diferente al que están acostumbradas, que las marea, las embriaga y en ese estado, son ellas las que  comienzan a hablar y ya no paran: me cuentan su vida, se quejan del marido ausente, del hijo desagradecido, del jefe baboso, la juventud efímera y los sueños incumplidos… entonces deciden perder la cabeza por una vez, no pensar en el mañana y al final, todas, ricas o pobres, tontas o listas, feas o guapas, desean una cosa como broche final a su viaje exótico: acostarse con el guía.  

Lo que hago en los grupos normalmente es descartar a las feas, las lesbianas y las recién casadas y las elegidas se reducen a una o dos, a veces incluso a tres y sin levantar sospecha. En general, a todas les atraigo físicamente, mi nariz larga y recta, los pómulos marcados, mi piel color café, los ojos negros y rasgados y les resultan interesantes mis orígenes, de padre sirio y madre cubana, de ahí que les haga gracia mi acento cuando hablo español.

Y esa es mi vida, hasta hace quince días que cambió radicalmente en apenas veinticuatro horas. Me dirigía al aeropuerto a buscar al último grupo de la temporada antes de las vacaciones. Eran tantas las ganas de volver a casa, que no me apetecía para nada. Seme haría eterno y ni siquiera me seducía la idea de seducir, valga la redundancia, a alguna o algunas damitas europeas.
En el momento en que llegué al aeropuerto para recoger a los turistas y las vi allí, plantadas a ocho mujeres, supe que no sería un grupo más.

Desde el primer momento mi relación con ellas fue buena, sin embargo entre ellas, era horrible. Se llevaban fatal, no se soportan las unas a las otras, así que, decidí no ceder ante ninguna, por no meter más leña al fuego como dicen por allá, por mucho que me costase, acabaría el tour en paz. 
Traté de ser un buen guía y recé a Alá para que los días pasasen rápidos y me llevaran pronto de vuelta a casa para comer el mejor keshek1 [1]de toda Siria, el que hacía mi viejita.

Y así, con la firme promesa de mantenerme casto, partimos de Damasco a Palmira, de Palmira a Hama, Alepo, Aphamea y Serjelleh. Allí el grupo se dividió. Gran parte de las mujeres pasaron a Jordania, el resto, después de casi una semana, volvimos a Damasco. Cuando el grupo se redujo y estábamos a punto de separarnos para siempre, pues al día siguiente las chicas regresaban a España y yo a mi pueblo, pensé en que quizás, la última noche podía romper mi promesa que tanto me estaba costando mantener… pero ¿con cuál de las tres? 

Vanessa con dos eses (así fue como se presentó)  me lo dejó claro en cuanto se sentó a mi lado en el mini-bus que nos llevaría al hotel. Su pierna, su hombro tan pegado al mío. Su manera de hablar descarado y sensual, como ella misma. Berta, el ratón de biblioteca, licenciada en Historia Clásica.  Con un sentido del humor muy especial, aunque físicamente no era gran cosa, era una persona muy agradable, sería muy dulce estar con ella. Y Valeria, una pija de cuarenta años que no se callaba ni debajo del agua. Lo único que le salvaba a su boca era su cuerpo divino plagado de curvas generosas. El gusto por esos cuerpos hermosos supongo me viene de mi herencia cubana. Como dice mi madre, “¡mi chico, más vale dónde agarrar!”  
 
De regreso a Damasco decidí poner en marcha el plan de ataque, y hacer que esa última noche fuera memorable para todos. Llamé por teléfono a unos buenos amigos a los que no veía desde hacía tiempo y que vivían allí como yo, sólo durante las temporadas altas de turismo.  Les conté que estaba con tres turistas españolas, que mañana volvían a España, y les propuse salir todos juntos a cenar, a bailar y a lo que surgiera, y les insinué que las españolas prometían diversión y mucho más. Así, en grupo, podríamos desatarnos, relajarnos y confiar en que la noche y el arak[2], nos diera la tregua necesaria para disfrutar libremente de la compañía que se antojara a lo largo de la noche. Mis amigos se encontraban en una manifestación en pleno corazón de Damasco, en la plaza de Abasín,  y por supuesto les encantó el plan. Nos recogerían por la noche en el Hotel Sheraton, en el que nos alojábamos la última noche. Se lo dije a las chicas, las cuales aceptaron entusiasmadas. Iba a ser una bonita despedida para todos…

Cuando llegamos a la capital horas más tarde, encontramos una ciudad sumida en el caos, gente que corría por las calles en medio del humo de hogueras improvisadas y pequeños incendios. Coches mal aparcados, contenedores tirados y la basura desparramada por toda la calle. En el hotel nos recibió el Director que después de presentarse y presentarnos a dos hombres de la Embajada Española en Damasco, demasiado trajeados para la hora y el lugar, nos dijo: 

—Gracias a Alá que llegaron sanos y salvos—dijo el Director del hotel con preocupación- ¿Se encuentran bien? ¿Llegaron sin problemas? Nos fue imposible localizarles. 

—Sí, estamos bien, pero ¿qué pasa? ¿Qué ocurre? 

—Desde ayer no ha parado de venir gente a unirse a las diferentes olas de protestas que están surgiendo por todo Damasco, el movimiento opositor más grande hasta la fecha contra el gobierno del presidente Assad. Se calcula que hay más de 100.000 personas manifestándose.  Dijo el Director con cierto orgullo.

—Las autoridades sirias—continuó uno de los hombres de la embajada —están desplegando y continuamente reforzando las medidas de seguridad; al principio eran pacíficas  luego violentas y hace una hora se han empezado a escuchar disparos. La ciudad está en toque de queda. Por su seguridad no pueden salir del hotel hasta nuevo aviso.

— ¿Cómo que no podemos salir del hotel? Yo puedo hacer lo que quiera, como ciudadana Española, y Europea; puedo ejercer mi derecho a irme... Dijo Valeria sin mucha convicción.

—Sí y además esta noche hemos quedado. Vamos a salir con unos amigos. Nos tenemos que arreglar y cuanto antes.  Dijo Vanessa retocándose la melena despeinada de tantas horas de viaje en minibús.

—Creo que no entienden el cariz que ha tomado lo que iba a ser una manifestación pacífica— dijo el segundo hombre de la embajada— No sabemos qué es lo que está pasando fuera, pero creemos que podría haber muertos. Me temo señoritas, que no tienen opción. Son ciudadanas Europeas, pero están en Siria, y hoy, se ha declarado el estado de Emergencia. El transporte aéreo está prohibido y los accesos a Damasco cerrados.

—Ha sido un día duro y supongo que querrán asearse y descansar, por eso les hemos conseguido una suite en la última planta. Dijo apaciguador el Director del hotel.

—Bueno, al menos tenemos una suite para cada uno…

—No exactamente. Igual que ustedes no pueden salir del hotel, la gente que tenía prevista su salida para hoy, tampoco pueden hacerlo, por lo cual, las habitaciones que tenían asignadas, no están disponibles en estos momentos, muy a nuestro pesar  me temo, que tendrán que compartir la suite los cuatro.

Abatidos nos dirigimos a la suite. No paraba de pensar en  lo que estaba ocurriendo en este momento a pocos metros del hotel. Sin casi información sabía que no era una simple manifestación, que lo que estaba pasando iba a formar parte de la historia de mi país. Se avecinaban nuevos tiempos pero no sabía si mejores o peores. Cuando dejamos Damasco seis días atrás, la ciudad era tranquila, pacífica y alegre. Pensé en mis amigos y ahora el plan que tracé para esta noche me hizo sentir ridículo. Mientras las chicas entraban en la habitación yo me quedé en el pasillo intentando localizarles a través del móvil sin éxito. La última vez que hablé con ellos, estaban en el epicentro de la manifestación. Mientras, podía escuchar a las chicas dentro de la habitación, volver a discutir:

—Bueno, no está nada mal la suite. El cuarto pequeño tiene dos camas y el dormitorio de matrimonio es grande y confortable. Clara, Valeria, vosotras podéis dormir en el dormitorio pequeño y Saladino y yo en el otro. Me pido ducharme la primera.  

— ¿Por qué tengo que dormir yo en el dormitorio más pequeño? prefiero la cama de matrimonio. No estoy acostumbrada a una cama tan estrecha; yo me muevo mucho por las noches y podría caerme. Dijo Valeria mientras colocaba su maleta en la cama de matrimonio.

— ¿Por qué tiene que dormir Saladino en la cama de matrimonio? Podría dormir en el cuarto pequeño y yo en la otra cama. Con todo lo que está pasando, no voy a ser capaz de dormir, me da miedo. Y seguro que Saladino, tampoco. Seguro que nos pasamos toda la noche hablando. A los dos nos gusta filosofar sobre el mundo árabe y su despertar a la democracia, que es por eso la manifestación que está ocurriendo en este momento. Comenzó en Túnez, le siguió Egipto…

—Corta el rollo, Clarita. No me vayas de mosquita muerta intelectual, que lo que quieres es lo que queremos el resto, tirártelo.

—Vanesa, eres una ordinaria.

—Te he dicho mil veces que es “Vanesssssa”, con dos eses. Mirad, a las tres nos gusta Saladino, lo mejor es que lo intente yo primera, si no sucede nada, sabremos que Saladino es gay. He leído en una revista que muchos árabes son homosexuales…

—Me gustaría ver en qué revista lo has leído, seguro que era científica- dice Valeria.  

—Umm, no, creo que era la Cosmopolitan.

—Estaba siendo sarcástica, Vanessa. Dice Valeria acentuando aposta el ese.  

—Pues dímelo directamente. Con ese tono y esas palabras que usas no te entiendo. Ni yo, ni nadie. Claro que en cuanto te pones a hablar, a partir de los 5 minutos desconecto. ¿No te has dado cuenta, que al final siempre te quedas sola hablando?

— ¿Y tú no te has dado cuenta tú que contigo ni intentan hablar porque no sabes seguir una conversación?

— ¿Os podéis callar? Si vamos a compartir habitación, podríamos intentar ser un poco más cordiales…Fuera del hotel quizás estén matando a gente.


Hasta el último día voy a tener que aguantar las riñas de estas tres, pensé… Bajaré al bar, me tomaré una copa y seguiré intentándolo. Quizás allí haya más cobertura.

Nada más entrar en el bar, vi que todo el mundo estaba alrededor de la televisión. No había canal local pero en las cadenas internacionales estaban lanzando noticias de última hora continuamente. La cadena francesa aseguraba que los ataques de la policía habían provocado más de doscientos muertos en la Plaza de Abasín.

No escuchaba nada más, ¿qué le estaba pasando a mi país? ¿Estábamos locos o qué? me preguntaba si mis amigos estarían entre esos doscientos muertos.

Subí a la suite, se lo dije a las chicas mientras rompí a llorar, de miedo, de cansancio, de incredulidad…

Valeria sin hablar me dió un vaso de agua, me quitó la chaqueta y se ocupó de mi mochila, luego me dijo que en cuanto se levantase el toque de queda, iríamos a buscarlos, que las tres me ayudarían a encontrarlos.  Vanessa me cedió su turno en el cuarto de baño y me dijo que me diera una ducha, que me reconfortaría. Cuando salí del baño, habían juntado las tres camas en el dormitorio principal. Nos acostamos los cuatro, la televisión estaba encendida pero sin voz, Berta me dijo que intentara descansar y se ofreció a  leer en voz alta algunos fragmentos de su libro sobre Mitología Siria. Todos estuvimos de acuerdo y la escuchamos en silencio.
 


[1] Keshek: Crema muy refrescante elaborada a base de yogur, pepino, menta, ajo y aceite.

[2] Arak: Bebida alcohólica muy popular anisada, parecida al ouzo, a la que se añade agua y mucho hielo

NOCHES ALEGRES...



Escucho sin esfuerzo, tumbado desde la cama de mi cuarto, a mis padres hablar de mí, aunque intenten hacerlo en voz baja.


-Eso es por tu familia. Le dice mi padre a mi madre recriminatoriamente.

-¿Por mi familia? Pero ¡Qué tendrá que ver!-Dice mi madre asombrada.

-Tiene. Y mucho ¿no lo ves? Nuestro hijo es ‘jei’, ‘gai’ o como se diga,…. ¡Que le gustan los hombres, vamos!!  Y eso es por algún gen de tu familia.

-¿Pero qué tonterías dices? En mi familia no hay ningún gen de esos.

-Sí que los hay, el de tu hermano Julio.

-¿Mi hermano Julio?? ¿Pero qué dices? Mi hermano estuvo a punto de casarse. Si no lo hizo, no fue por él, la culpa la tuvo ella.

-Ya, claro. Eso díselo a Antonio ¡su viudo!

-Cállate hombre, que te van a escuchar los chicos…


Bueno, al menos ya lo he contado: formalmente, he salido del armario como se dice ahora. Me dijeron que me sentiría mejor, pero francamente me he quedado igual, solo que les he confirmado lo que ellos ya sabían y temían desde hace tiempo. El ‘bueno’, por decir algo, del tío Julio… Hacía mucho tiempo que no pensaba en él. Al final el viejo tendrá razón y resulta que va a ser el gen de la familia de mamá. Tiene su gracia. Porque mi tío era homosexual, pero de los resentidos y solitarios, claro que le tocó serlo en la España de hace cincuenta años. Habría que ponerse en su pellejo. El tío Julio… tengo que contar su historia a éstos…

Cuando tenía veinte años estuvo a punto de casarse, pero por lo visto, pocos días antes de la boda, mi tío descubrió que Milagros, que así se llamaba la novia, le había mentido con la edad y ya tenía casi los treinta, por aquel entonces, una vieja prácticamente. Mamá nos contó que era tal la desconfianza que sentía por Mila que la plantó casi en el altar y se fue del pueblo con Antonio, el hijo del cartero, a trabajar a los altos hornos en Bilbao.

Allí, Antonio vivía en casa de una hermana soltera que tenía cerca de Baracaldo y mi tío Julio en una casa de huéspedes. La patrona, que era una viuda que regentaba la casa le preparaba el desayuno y la cena y le hacía la colada: lavaba y planchaba su ropa, además de limpiarle su cuarto. En esta casa vivió más de treinta años. Nunca se compró un piso o vivienda parecida. Ni coche ni lujos. Todos fantaseábamos con la generosa herencia que nos tocaría a cada uno cuando el tío Julio abandonase este mundo.


—Hijo, ¿quieres que te prepare algo de cena? Me dice mi madre desde la puerta. Quiere acercarse, pero no sabe cómo.

—Mamá, no, no te preocupes. Estoy bien. Sólo estaba pensando un rato.

—Pues te preparo una infusión, ya verás que bien te sienta.


Me hace gracia ver cómo mi madre lo arregla todo llenando el estómago. Me trata como si estuviera enfermo, o simplemente es su forma de decirme que me acepta tal y como soy… En fin, sigo pensando en el tío Julio, quizás si alguien le hubiera preparado una infusión a tiempo…

Ya en Bilbao, mi tío y Antonio se hicieron inseparables. Nosotros nos acostumbramos a verlos siempre juntos en cualquier acontecimiento familiar como bodas, cumpleaños y bautizos y especialmente durante los veranos en el pueblo.

Al morir los dos abuelos, las hijas, con mi madre a la cabeza, decidieron reforma la gran casona para vivir todos juntos los meses de verano. Y cuando digo todos, digo mis tíos, mis tías, mis primos, mis hermanas y yo, el tío Julio y Antonio. Más de quince personas viviendo bajo el mismo techo. No me explico cómo lo hacíamos, aunque debería decir, cómo lo hacían, porque cada uno teníamos un papel claro a desempeñar y el de las mujeres era con mucho, el peor o como les gusta decir a ellas, el más sacrificado. Se encargaban de organizar y preparar absolutamente todo: cocinar, comprar, lavar, tender, planchar, cuidarnos,… y todo ello en medio de un revuelo de chiquillos, cacerolas, trapos, guisos y parloteos que no cesaban hasta bien entrada la noche. Al día siguiente, casi de madrugada, ya estaban las hermanas en pie organizando el nuevo día.

Para los hombres, sí que eran vacaciones: se limitaban a dormir la siesta, hacer la ruta de los bares y cuando había visitado todos (no había muchos en el pueblo, se recorrían pronto), pues seguían con los bares de otros pueblos de alrededor. Gracias a Dios, o no… antes no existían los controles de alcoholemia. También pasaban las tardes ‘echando la partida’: el tute era el juego por excelencia y el mus, para los más osados. Otra actividad indispensable era la visita a las bodegas caseras con sus correspondientes catas de vinos y los fines de semana, ¡a la ciudad!  a ver los toros, con sus habanos sobresaliendo del bolsillo de la chaqueta del domingo. Ese día, como decían los hombres, “sacaban” a sus señoras. Lo mejor de esos días era cuando venían de los toros cargado de almendras garrapiñadas que repartían entre toda la chiquillada.

Los pequeños y en ese saco estábamos todos mis primos, mayores o pequeños, mis hermanas y yo, pasábamos todo el día en la calle en busca de aventuras en las que siempre se incluían rescatar animales que no querían ser rescatados, pelearnos con los niños que vivían en el pueblo durante todo el año (de esas siempre salimos escaldados con una buena tunda de palos), bañarnos en el río, pescar y buscar y comer moras que crecían abundantes a los lados de cualquier caminos, hasta atiborrarnos.


—Aquí te traigo la infusión, hijo. Tómatela y acuéstate… pero bien, quítate los vaqueros y métete dentro de la colcha.

—Mamá… estoy bien. Tú no te preocupes por mí. Estaba acordándome de  veranos que pasábamos en el pueblo, cuando era pequeño…

—Buff, no me lo recuerdes… Hoy ya no podría, menudas palizas nos dábamos tus tías y yo… Cada vez que pienso que no teníamos ni lavadora, ni micro-ondas…

—Y cortaban el agua a las siete.

—Pero antes llenábamos barreños y cubos de agua… que aunque no había mucha agua, ¡bien limpios que ibais todos…! Espera, ahora vengo que me llama tu padre.


Y como uno más de la familia, el tío Antonio, como le solíamos llamar. Le recuerdo como una buena persona que le encantaba leer.  Él era diferente a mi tío Julio y al resto de los hombres de la casa. Era el único que hablaba en voz baja y con gran amabilidad, siempre pedía las cosas por favor, daba las gracias… y ayudaba a las mujeres con las tareas de la casa, aunque tanto insistieron ellas que no era trabajo de hombres que dejó de intentarlo, así que cuando no iba con los hombres al bar y eso ocurría la mitad de las veces (aunque no tantas como él hubiera querido, de eso estoy seguro), se quedaba en casa leyendo, o leyéndonos a nosotros, cuando conseguía hacernos estar un rato quietos.

Y lo lograba, nos acostumbramos a que nos leyera historias de batallas o cuentos populares de entre los muchos libros que traía en la maleta. Nos gustaba escucharle leer: a veces con voz grave, otras solemne, otras graciosa… todo dependía del narrador o de los de los diferentes personajes de la historia, a veces nos provocaba el llanto, si la historia era muy triste, otras, y éstas eran la mayoría, nos hacía reír hasta dolernos la barriga. 

Y así un verano se sucedió a otro, y a otro… hasta diez o doce más. 

En una de las cenas en familia, cuando ya los pequeños, no éramos tan pequeños pasó algo que incluso hoy puedo recordar con nitidez. Era finales de agosto y ya empezaba a refrescar por la noche más de lo normal. Estábamos todos cenando en el comedor, el bullicio se entremezclaba con el olor a sardinas asadas y tomates frescos en ensalada. En medio de varias conversaciones, mi prima de cuatro años preguntó a mi tío Julio que cuándo se iba a casar con Antonio (por supuesto las bodas entre gays no existían, eran impensables pero no en la inocente mente de una niña). 

Todos nos quedamos callados, tensos, un silencio pesado se desparramó por todo el salón, hasta que mi tía disculpó a la niña atropelladamente y poco a poco todos seguimos comiendo y retomando las conversaciones. Todos, excepto mi tío Julio que dejó intacto su plato y no volvió a hablar en toda la noche. Los siguientes días, los pasó callado, meditabundo e incluso adelantaron su vuelta a Bilbao. Ese fue el último verano que vimos a Antonio. 

Un año después, mi tío Julio fue solo al pueblo. No nos dio una explicación de porqué no había ido Antonio y nadie se atrevió a pedírsela, pero todos intuimos que algo tuvo que ver la pregunta de mi primita. El tío Julio pasó todo el verano en un continuo estado de mal humor y enfado. Estaba irascible, gritaba a mis tías y a mi madre, no le gustaba la comida y a veces bebía más de la cuenta.

Con quién más lo pagó fue con nosotros, sus sobrinos. A las chicas las trataba como si fueran criadas; era machista y maleducado con ellas. Criticaba como se vestían  y vigilaba a qué hora llegaban y si venían acompañadas por algún muchacho para luego chivarse a nuestros padres. Con nosotros, los chicos, no era mucho mejor, aunque el hecho de ser chicos, nos beneficiaba. A todos menos a mí, que no hacía más que provocarme llamándome ‘nenaza’, ‘llorona’ y descalificativos de ese tipo.

Recuerdo aún con escozor los pescozones que nos daba si decíamos una palabrota en la mesa. Nos regañaba cuando llegábamos por la noche, nos olía la ropa por si habíamos fumado y por las mañanas, da igual a la hora que hubiéramos llegado de farra… abría la puerta de la habitación de par en par y mientras golpeaba una vara de almendro contra la pared gritaba: ¡¡NOCHES ALEGRES, MAÑANA TRISTES, LEVANTAROS, GANDULES, ESTO MÁS QUE UN CUARTO, PARECE UNA POCILGA!! En ese momento, queríamos que se muriese.

Y efectivamente, murió, pero no ese verano (y no porque no lo deseáramos) fue años más tarde. Con el tiempo, mis primos y yo dejamos de ir al pueblo. Empezamos a ir a la playa con amigos y a salir al extranjero. Además, saber que cada verano podríamos coincidir con mi tío Julio ayudó bastante a la hora de optar por los planes alternativos que no fueran el pueblo. Por mi madre sé, que el carácter de mi tío, se fue agriando año tras año si cabe, hasta que se fue de este mundo.


—Ya estoy aquí. Tu padre, que quería saber qué tal estabas, que si estabas bien, que podríamos comprar el partido en el plus y verlo todos juntos. Yo creo que es una buena idea, ¿no?  ¿te has bebido la infusión? ¿estaba rica?

—Me parece muy buena idea. Por cierto, mamá, la homosexualidad no es hereditaria. Simplemente lo soy, pero yo sigo siendo el mismo.

—Ya lo sé… Es que yo solo quiero que seas feliz y no te conviertas en un amargado y desperdicies tu vida.

—Eso no va a pasar mami, oye, me apetecería mucho que prepararas una cena especial como las que hacías en el pueblo: Huevos fritos con patatas, pimientos y tomate. Me apetece un montón ¿lo harías por mi?

—Claro que sí, tesoro. Le voy a decir a tu padre que compre el partido y que luego me eche una mano en la cocina, que vaya pelando las patatas, que los tiempos han cambiado, ¿no?


En cuanto a Antonio, le volvimos a ver en el entierro de mi tío. Ese mismo día nos enteramos también que mi tío había dejado todo su dinero ahorrado año tras año a un único heredero: Antonio, a pesar de que en los últimos años no se habían vuelto a ver.

Cuando llegamos al tanatorio, él ya estaba allí. De pie, vestido con traje oscuro. Estaba más delgado y encorvado. Se le veía triste pero su mirada cambió en cuanto nos acercábamos a saludarle. Emocionado, nos acariciaba la cabeza, se sorprendía de lo mucho que habíamos crecido. Estrechó las manos de mi padre y de mis tíos, abrazó a mis tías, y cuando llegó el turno de mi madre, la abrazó largamente y antes de soltarla, la susurró al oído:

—Me dijo que no volviera a verle, pero no me dijo nada de después de muerto. ¿Crees que estará enfadado allá donde esté?

—No, no lo creo…— le dijo mi madre a Antonio también en susurros entrecortados—ahora ya descansa en paz.

7 jun 2011

EL PARQUE

Mi relación con el parque que hay en los alrededores de mi casa ha sido de amor-odio. Cuando me mudé a este piso recién casada, no lo valoré más porque estuviera cerca de un parque, a pesar de ser uno de los mejores de la ciudad. Simplemente me era indiferente. Luego tuve a mis hijos y  allí con ellos iba cada tarde; me conozco de memoria cada banco, cada columpio, cada rincón donde los niños se desollaron una y otra vez las rodillas, las fuentes que aún siguen rotas y los arbustos tapados bajo el polvo que levantaban los preescolares a carrera. Por no decir de las miles de veces que barrí, ya en casa, toda la arena robada de ese micro-mundo que era el parque. Sin embargo, a medida que fueron creciendo los niños, el parque dejó de interesarles, se quedó relegado, como una revista de decoración vieja, los columpios estaban anticuados y ya no se adaptaban a esos cuerpos que irremediablemente se hacían más grandes. Así que, dejamos de ir al parque. No he vuelto a pisarlo en veinte años, y es ahora, cuando sola, he hecho las paces y lo visito cada día.
Después del trabajo y antes de subir a casa, entro en el parque. Me gusta pasear y sentarme en algún banco. Y siempre sola, siempre distante, observo a la gente, escucho sus conversaciones. Mientras, poco a poco el estrés acumulado del trabajo se va disipando, los problemas cotidianos pierden importancia y disfruto del placer de no hacer nada, salvo estirar las piernas o aspirar profundamente el aroma de las adelfas y los pinos que abundan por todo el parque. Cuando me siento totalmente relajada sé que es la hora de volver a casa, a disfrutar de lo que queda del día. Digamos que ir al parque me sirve como a otros el yoga, el psicólogo o un buen baño caliente con sales.
El otro día me senté junto a los columpios, observaba a las madres como se afanaban con sus pequeños, la escena me resultaba bastante familiar. Cuanta energía reclaman, ¡madre mía! Me fijé en una mamá joven que hablaba con su hijo de unos cinco años:
—Rodrigo— el nombre de moda— debes compartir. No puedes traer tus juguetes, estar con más amigos y no dejarles tocar ni uno solo.
—Es que son míos. Si quieren juguetes, que se traigan los suyos.
—Si no compartes, los reyes magos no volverán a traerte nada.  Y mamá se va a enfadar. Al menos déjales los rotos. Si con esos apenas juegas…Si se los dejas, te doy una chuche.
— Vale, pero solo los rotos.
Toda una negociación, pensé. Yo llegué a ser una experta con mis hijos.

Ayer me senté un barco del paseo de la arboleda. Es la parte del parque más tranquila, lejos de la mayoría de los viandantes, niños y bicis. Aquí es donde se suelen apostar las parejas. Como no era muy tarde, la mayoría eran adolescentes.
— ¿Entonces te irás este verano a Dublín con tu familia? Le preguntaba el chico a la novia. Ambos no tendrían más de dieciséis o diecisiete años. Él la tenía agarrada de tal forma que no se podía mover aunque ésta quisiera.
—Sí, como todos los años. Vamos a casa de mi tía todo el mes.
—Pero un mes es mucho tiempo. ¿Y si conoces allí a alguien?
— ¡Ni loca! No me gustan los irlandeses, además tú y yo… estamos juntos… y quiero seguir contigo— La chica le intenta dar un beso en los labios. El se aparta molesto — ¿y tú, qué? Te vas dos semanas a Torrevieja, también puedes conocer a alguna chica, la mitad del instituto va allí de vacaciones y hay un montón de ambiente, no como en Dublín, que está todo muerto.
—Yo paso de las pibas del insti. Contigo me siento diferente, sólo quiero que estemos juntos, no quiero compartirte ni con tu familia. Ya eres mayorcita para ir con tus viejos, si se quieren ir a Dublín, que se vayan ellos solitos. Te podrías quedar, y así pasaríamos más tiempo juntos. Un mes es demasiado, pueden pasar muchas cosas…
—Mis padres no me van a dejar quedarme aquí y menos un mes entero… Haría cualquier cosa por quedarme contigo, pero no puedo hacer nada…
—Yo te quiero, pero no sé si podré esperarte un mes entero. Quiero compartir este verano contigo solo contigo y nadie más. ¡Podrías suspender! Así te castigarán sin vacaciones y te tendrás que quedar...
—Nunca he suspendido… Se enfadarían muchísimo… Estaría castigada todo el verano en casa, eso seguro.
—Es lo que se me ocurre para no tener que separarnos ¿no? Claro que se enfadarán, pero eso será al principio, luego se les pasará. No te pueden dejar todo el tiempo encerrada en casa ¡no creo que sean tan retorcidos!
Mientras les oía, me recordaba a cuando mi marido y yo cuando empezamos a salir. Lo acaparadores que éramos el uno con el otro.

Hoy después del paseo, he elegido el lago para sentarme. Han puesto unas mesas a la orilla con dameros. Allí se suelen reunir todos los viejecitos. Es uno de mis lugares favoritos. Me encanta mirar a los ancianos, no hablan mucho, así que, más que escuchar, les miro con detenimiento. Observo cada detalle de sus caras curtidas, llenas de arrugas y orejas grandes. Intento imaginarles jóvenes. Con una mujer guapa a su lado, con hijos pequeños colgados de sus piernas o a hombros, ágiles, vitales. Algún día lo fueron. Hoy les he pillado habladores.
—…Pues no pienso hacer testamento. Es lo que todos mis hijos quieren. Pero no lo pienso hacer y punto— Dice el de la gorra de New York, seguro que regalo de vacaciones de algún nieto. Mientras, mueve la primera fila de damas en posición de defensa.  
—Pero, ¿por qué no, so cabestro? Si lo tienen que arreglar ellos... ¡les va a salir por un ojo de la cara! Así les ahorrarás quebraderos de cabeza cuando llegue el momento. Por el tema de las particiones y luego los impuestos…— Quién habla ahora es el compañero de juego. Le come una dama que amontona a la derecha junto a las otras dos comidas.
—Mira el señor letrado que ducho en el tema— Le dice con sorna uno de los que está de pié atento a la partida.
—Lo sé porque me lo dijo el abogado que hizo mi testamento. Y no me costó mucho, ¿eh? creo que fueron quince mil pesetas— ¡Otra que te como! ¡Y ya van tres!
—Pues que paguen lo que tengan que pagar, por todo lo que les pagué a ellos mientras estaban a mi cargo: Les pagué el carnet de conducir a todos, hasta a los nietos mayores, los estudios, el primer coche y les pagué la boda. Para un simple capataz de obra, no se podrán quejar.
— ¿O fueron cincuenta mil pesetas? Tengo que tener todavía el recibo del notario. Hijo de Baldomero, que en paz descanse. A ver si lo busco y te lo enseño.
—A todos les he dado buenos dineros cuando lo han necesitado y sin embargo, desde que se murió su madre… Apenas vienen a visitarme. Nunca tienen tiempo, Así que, las cuatro perras que tengo, no las pienso compartir. Que se las quede el banco.
— ¿El banco dices? –habla el que está de pié —Esos son los peores, Si no quieres dárselas a tus hijos... ¡que no se las quede el banco, hombre! ¡Nos las das a nosotros y ya las gastaremos a tu salud!— Se ríen todos. También los del banco contiguo al mío, que también están atentos a la conversación.
—Eso, eso… No oyes lo que siempre dicen las nueras a nuestros nietos: ¡HAY QUE COMPARTIR, HAY QUE COMPARTIR!... Leches, pues tú igual…jajaja.
—Toma ya, te comí dos de golpe, ¡cabestro! ¡Que hay que estar a lo que hay que estar!
—La madre que te…

Con esa alegría contagiada me levanto del banco y me empiezo alejar de los abuelos. Se está levantando aire, la gente ya está recogiendo y va saliendo del parque ordenadamente. Mientras salgo por la puerta principal, saco el móvil del bolso para llamar a mis hijos. Les invitaré a comer el domingo. Hace mucho que no nos juntamos.