Aquí hace falta una mujer, y esa mujer soy yo
Leo en la prensa que la negación de los derechos fundamentales de las mujeres es una de las principales causas de la pobreza pero pese a ello, hoy 8 de Marzo se festeja el Día Internacional de la Mujer, celebrando los logros conseguidos y poniendo de relieve lo que aún queda por hacer para crear un mundo equitativo.
Toda la prensa está salpicada de información en lo concerniente a este día. De esta forma se nos quiere concienciar sobre las desigualdades tanto a nivel local como internacional:
“Las mujeres saudíes están convocadas a coger el volante como parte de sus actividades cotidianas desafiando la prohibición de conducir”
“Las mujeres están significativamente poco representadas en gobiernos, partidos políticos y en la ONU, a pesar de las llamadas a la igualdad”
“La mitad de los refugiados del mundo, son chicas jóvenes y mujeres adultas y son particularmente víctimas de la violencia sexual durante los traslados, en los campos de refugiados y/o durante su asentamiento”
“La poetisa bahreiní, Ayat al-Qarmezi, ha sido condenada a un año de prisión por la lectura de un poema en el que se piden reformas”
Cierro el periódico porque me indigna este mundo de extremos en el que vivimos. Con este panorama queda ridículo quejarse del poco tiempo que tengo para mí misma y del estrés que me supone atender una casa, los niños, un marido y un trabajo… eso como poco entre semana. ¿En qué momento caí en esta espiral tan estresante si yo volvía cuando los demás iban? Ese fue mi error, y el de las mujeres de mi generación.
Pienso en como dan a luz las mujeres en Libia: en su choza con la ayuda de tan sólo una partera y luego pienso en la mujer sueca, que tiene una baja de maternidad de noventa y seis semanas. Pero sinceramente, me da igual la pobre mujer de la choza y la, seguro atractiva, sueca. Lo cierto, es que somos las mujeres de mi generación, las pringadas del siglo que decidieron hacer suya la frase de Rigoberta Menchú en la que decía: “Una mujer con imaginación es una mujer que no sólo sabe proyectar la vida de una familia, la de una sociedad, sino también el futuro de un milenio” y ni cortas ni perezosas, nos hemos puesto a imaginar y a imaginar sin tregua.
Las mujeres de mi generación no sólo se han comprometido con su pareja y con sus hijos sino con un trabajo de responsabilidad y bien remunerado (aunque esto último no lo hemos conseguido del todo, pues todavía hay diferencias de sueldo entre un hombre y una mujer en el mismo puesto). Según la consultora y agencia de trabajo Manpower, las mujeres perciben un 34,7% menos de sueldo que los hombres. Por otra parte, los años que tardas en conseguir el estatus profesional deseado son los mismos minutos que tardas en perderlo en cuanto te quedas embarazada.
Las mujeres de mi generación, hablan idiomas, hemos ido a la Escuela Oficial, hemos vivido en el extranjero. Como fuimos muy estudiosas, hemos continuado formándonos en paralelo al trabajo e intentado ser apreciadas por nuestra competitividad y riqueza pragmática; sin embargo muchas hemos tenido que rendir doble examen, primero el de demostrar que porque somos mujeres no somos idiotas y segundo, el que tiene que rendir cualquiera. ¡Y esto no lo dijo una mujer del montón! sino una presidenta de gobierno: Cristina Kirschner; claro que flaco favor nos hizo al meter en la Casa Rosada de Buenos Aires su impresionante zapatero climatizado bajo control con más de mil pares de zapatos y otros tantos bolsos y es que “El físico de la mujer — dice el periodista Manuel Vicent— todavía es catalogado por la mirada inseminadora que anida en el inconsciente de los jefes”.
Porque las mujeres de mi generación, además de esposas, madres y ejecutivas agresivas… tenemos que ser atractivas, a poder ser, arrebatadoras. En las ciudades se han multiplicado los gimnasios y centros de estética. Es rara la mujer que no se haya hecho la depilación láser, o cuanto menos una insignificante limpieza de cara. Las hay que fichan cada verano con los rayos UVA y otras que se apuntan a sesiones de cavitación, presoterapia, mesoterapia y todo lo que acabe en –terapia. De ahí, damos un salto a tratamientos más sofisticados como el biolifting, botox, ácido hialurónico, remodeling, por no hablar de la cirugía ya pura y dura, para aumentar pómulos, mentón, labios, trasero y un clásico: pecho. Más cosas que se hayan multiplicado: Las depresiones, la ansiedad, los infartos y los psiquiatras.
Las mujeres de mi generación, nos movemos todo el tiempo, de un lado para otro: De casa al cole, del cole a la empresa, de la empresa al gimnasio, del gimnasio al cole, del cole al Supermercado, del Supermercado al Patinaje de la niña, del patinaje al parque y del parque a casa.
Una vez que llegas a casa no paras de subir y bajar escaleras: de la cocina donde colocas toda la compra, subes al baño a preparar la bañera, del baño al dormitorio de los niños para ponerles el pijama, del dormitorio de los niños al de matrimonio, para quitarte el traje de que has llevado ya todo el día, manchado de polvo y patadas del parque, de ahí a la cocina, a preparar la cena, de la cocina al salón para recoger los juguetes tirados, del salón a la habitación de los niños, cuento y beso y de la habitación de los niños al estudio para poner en orden las cuentas del banco, responder algunos correos, organizar las vacaciones de semana santa y poner al día la agenda del día siguiente.
Y si no estás moviéndote, estás en reuniones: Las mujeres de mi generación tienen reuniones de trabajo, de la comunidad de casa, de la guardería, del colegio, del campamento, de antiguos alumnos del Instituto, de la facultad… o simplemente familiares.
Pero llega un momento como hoy, en el piensas: Demasiado trabajo, demasiadas tareas domésticas, demasiados gatos, demasiados hijos, demasiado gimnasio, demasiados planes, demasiados amigos, demasiadas pastillas… tengo demasiado de todo, y eso me hace sentirme estresada y malhumorada, como me siento hoy. Hasta hace media hora, mi la solución a mis problemas era el fiel propósito de apagar mi iphone dos horas seguidas al día y pagar un día más a Gladis, la mujer que nos limpia en casa.
Paso el dedo por la hilera de libros que hay en la estantería del estudio, y me paro en uno: 20 POEMAS DE AMOR Y UNA CANCIÓN DESESPERADA de Pablo Neruda. Ahora mismo podría ponerme en mitad de la calle y leerlo a grito pelado. Y no me pasaría nada, a lo sumo pensarían que soy una ejecutiva pirada en una sesión de expresión corporal, o alguna terapia alternativa de esas que hoy en día tanto abundan…