Cuando
llegamos a la casa rural, ya había anochecido. Había una niebla tan espesa que
no se podía ver más allá de tres metros. El guarda de la finca nos esperaba en
la puerta. Nada más entrar notamos el frío que despiden las casas cuando llevan
mucho tiempo sin ser habitadas. Olía a húmedo. Mientras nos enseñaba la sala
principal nos dijo: –Los radiadores no
calientan mucho pero siempre pueden encender la chimenea. Hay pastillas para
encenderla y suficiente leña en el sótano– Acto seguido nos mostró la
cocina, el salón, el baño y las dos habitaciones. Se notaba que tenía prisa y
aunque intentamos iniciar una conversación cordial, el hombre solo respondía con
monosílabos. Se despidió y nos dijo que si teníamos algún problema con la casa
le llamáramos al día siguiente por la mañana que él ya se iba al pueblo. Nos pareció
que no le había sentado muy bien que hubiéramos llegado más tarde de la hora
prevista, así que tampoco le quisimos entretener con más preguntas.
Mientras
yo despedía al guarda, Mercedes revisaba la cocina abriendo y cerrando puertas
y cajones.
–Estas
sartenes deben de llevar aquí años… No hay ni una que se salve… Y no hay
cuchillos que corten bien. Tampoco hay tostador ni cafetera…
–Bueno
–le dije yo venimos a un ambiente rural…
Ya nos apañaremos.
–No
hay televisor. La he buscado por todas partes… No sé cómo nos vamos a
entretener…
–Sí,
lo sé. Pedí que no hubiera. Sin tele, sin periódicos… podremos disfrutar más
del fin de semana.
–Pues
podrías habérmelo consultado. Aunque para ti todo es muy fácil… Me encantaría
tener tu templanza. Ante cualquier situación…–dijo Merche apoyando las manos en
la encimera.
Me
acerqué a Mercedes por detrás para abrazarla pero al hacerlo, se dio la vuelta
y salió de la cocina:
–Me
pregunto que estará haciendo Cristina ahora…
–Pues
ahora mismo estará durmiendo. Merche, escucha… Cris está bien y ha sido
decisión suya ir a Mali. Es reportera de guerra y está haciendo su trabajo,
¿dónde crees que irá después de Mali? Pues irá a otro país en guerra para
seguir haciendo su trabajo y eso lo tienes que asumir. ¡Ya es mayorcita, sabe
cuidarse!
–¿Qué
sabe cuidarse? ¿Sabrá cuidarse si la secuestran los Islamistas? No hago más que
pensar que Al–Qaeda pondrá una bomba justo cuando pase su convoy? Basta con que ella esté en el momento y en el sitio preciso para que…
–Para
Merche, para. Yo también me preocupo por nuestra hija, pero no me permito
hacerlo durante las 24 horas del día. Cristina nos explicó antes de irse todas
las precauciones que tanto el periódico como las Naciones Unidas prestan a los
reporteros y otros profesionales que cubren ese tipo de zonas para que puedan desarrollar
su trabajo. Debemos confiar en que estará segura y protegida.
–Cristina
no ha sabido cuidarse jamás, siempre dependiendo de nosotros, de su hermano, de
sus novios… Ella no puede cuidarse sola, ¡y lo sabes! pero si tengo que fingir
que ya me quedo más tranquila con tus explicaciones banales, lo haré. Prepararé
los dormitorios. Yo me quedo en el pequeño. Intenta encender la chimenea, hace
muchísimo frío. Parece que la niebla haya entrado también en esta casa.
Fue
un logro encender la chimenea. Hacía tiempo que no había sido encendida, por lo
que la sala se llenó de humo. Cuando
abrí la ventana, me pareció ver a alguien fuera. Aunque entre el humo de la
sala y la niebla era difícil ver nada.
–Carlos,
la cocina no tiene de nada, pero lo que sí que hay son mantas de sobras. ¿Te
pongo 2 dobladas? Con dos no creo que pases frío, pero si quieres te pongo
otra.
–Sí,
perfecto. Ya encendí la chimenea– Yo seguía asomado a la ventana. Algo o
alguien estaba fuera. Podía oírlo. Quizás fuera un animal. Abaniqué el humo
hacia la ventana con un periódico antiguo que había al lado de la chimenea. El
titular rezaba: “Estalla la guerra en
Siria”. Lo eché al fuego. Fue en ese momento cuando Merche entró a la sala.
–Carlos,
te preguntaba si querías otra manta– Cuando abrí la boca para contestarla, oímos
un disparo y dos segundos más tarde, otro– Carlos, ¿son disparos? ¿Han sido
disparos?
–Tranquila
Merche, puede que sí, en esta zona hay cotos de caza. Voy a echar un vistazo
fuera.
–Merche, sólo voy a ver qué es… –Me
acerqué sigiloso, Merche me seguía de cerca. Me agaché y pude ver que sobre el
suelo yacía el cuerpo de un ciervo muerto. Todavía manaba sangre de los dos
agujeros de bala. Pero lo más horripilante fue ver que le habían arrancado la
cornamenta y los ojos. Merche soltó un grito, estaba detrás de mí, y pude ver
en su cara un mueca de horror.
–Merche, entra
en casa y coge tu bolso. Yo voy arrancando el coche. Pasaremos la noche en el
pueblo. Ten calma, no es nada, pero la casa está demasiado fría y no me gusta
que haya cazadores sueltos que disparan hasta en la misma puerta de la casa
donde nosotros dormimos. Intenté arrancarlo pero fue imposible, la batería
se había acabado. Olvidé apagar las luces.
Volví a la casa, no se oía ningún ruido. Al entrar en la sala, Merche
estaba de pie, quieta, tiritando. En frente de ella, en la butaca cercana a la
chimenea, había un hombre sentado con un rifle al hombre y a sus pies, la
cornamenta del ciervo.
–Buenas noches. Le
decía a su mujer que con tanta niebla me he perdido. Llevaba horas persiguiendo
a este ciervo– Mientras
que con una de sus botas señalaba la cornamenta– Ha sido de lo más escurridizo… Hasta hace unos minutos, claro. Me ha
traído directamente aquí. Vi que la puerta estaba abierta, y me he permitido
entrar. Perdonen si les he asustado. Su mujer parece que hubiera visto un
fantasma. Está blanca. Como si le hubiera dado una mala noticia.
–Me
acerqué a Mercedes y la rodeé los hombros con mi brazo –Bueno, entenderá que nos hayamos asustado. Primero hemos oídos los
disparos, y de repente nos encontramos con un extraño metido en casa…
–No serán ustedes de esos que odian a los
cazadores, ¿no? –dijo sonriendo. Se le podían ver unos dientes negros y
desordenados.
–A los cazadores no, a
los que entran en una casa que no es la suya, sí– El cazador dejó de sonreír.
–Bueno, Carlos, este
señor se ha perdido, hay mucha niebla… Antes de que se vaya, podemos ofrecerle
un café…
– Sí, me tomaría un
café. Tengo las piernas entumecidas. Muchas gracias, señora. Le acepto el café
con mucho gusto.
–No hay cafetera,
Merche–. Le dije a
Mercedes sin dejar de mirarle. Sabía que Mercedes intentaba suavizar la
situación, pero a mí no me gustaba la manera que tenía de hablar, de sentarse
en la butaca que no era suya ni esa seguridad arrogante sin bajar el rifle del
hombro ni por un momento.
–En ese caso, me
tomaré un té. Lo que tengan para entrar en calor... Ha sido toda una guerra lo
que he sufrido con este ciervo. Pero así
son las guerras, ¿no? Hay una víctima, que este caso es un ciervo. Sabía a lo
que se exponía cuando se alejó de la manada y del mismo bosque. Si se hubiera
quedado junto a los otros ciervos, habría tenido más posibilidades de
sobrevivir, protegido por los suyos. Y aquí es cuando entran los cazadores, que sí, que tenemos una ventaja, poseemos
armas. Pero también tenemos olfato para oler el miedo, la inseguridad y
conocemos el terreno que pisamos más que los mismos ciervos. Todo es cuestión
de perseverancia, perseguirlos, acecharlos y encontrar el momento, el sitio preciso y… ¡Bang! Muerto.
Merche
no dejaba de mirar al cazador. Las lágrimas le corrían por la cara. Se agarró a
mi brazo con fuerza. La sala se volvió a llenar de humo.
–Por favor, váyase de
esta casa. No tenemos café ni té. Mi mujer y yo queremos irnos a dormir. Le
dejaré una linterna para que pueda encontrar el camino a su coche.
–Se nota que son de
ciudad. ¡Que ha sido de la hospitalidad de antaño! ¡Se la han arrancado en la
gran urbe! No creo que pueda encontrar mi coche con esta niebla. Lo mejor será
esperar a mañana, a que se haga de día.
–Y los ojos, ¿Por qué le ha arrancado los
ojos al ciervo? Le preguntó Merche.
El
cazador se levantó de la butaca. Era más alto de lo que parecía sentado en la
butaca. Sin quitarse el rifle del hombro, se apoyó en la chimenea y arrojó el
palillo que hasta en ese momento había llevado en la boca al fuego.
–Es una costumbre. Siempre arranco los ojos
de la presa que cazo, así no podrá contar, desde donde quiera que esté, lo que vio.
No se crean que soy un loco… –Y mirándonos fijamente a los ojos continuó– Cada cazador tiene sus manías.
Entendí
que ese hombre no se iba ir de la casa, al menos no esa noche. Él tenía un
arma, nuestro coche no arrancaba, y era una noche cerrada con densa niebla. No
podíamos hacer más que seguirle la corriente y esperar que por la mañana, como
dijo, se fuera.
Le
acomodamos en la habitación pequeña. Merche y yo nos acostamos en el dormitorio
de matrimonio.
Apenas
dormimos. Yo no dejaba de pensar en mi hija. En dónde estaría, qué estaría
haciendo. Me levanté al amanecer. Me acerqué al otro dormitorio. La cama estaba
vacía y hecha. Revisé habitación por habitación. Ni rastro del cazador.
Desperté a Merche.
–Se
ha ido. Vamos, levántate. Llamaremos al guarda para que nos venga a buscar.
Debemos volver a casa, por si llama Cristina… por si vuelve. Que sepa que
estamos en casa, esperándola.
Merche me cogió de la mano. Me acercó hasta
ella, hasta la calidez de su cuerpo y me abrazó como hacía mucho tiempo que no
me abrazaba.