Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

17 ene 2013

SIN NOTICIAS



Cuando llegamos a la casa rural, ya había anochecido. Había una niebla tan espesa que no se podía ver más allá de tres metros. El guarda de la finca nos esperaba en la puerta. Nada más entrar notamos el frío que despiden las casas cuando llevan mucho tiempo sin ser habitadas. Olía a húmedo. Mientras nos enseñaba la sala principal nos dijo: –Los radiadores no calientan mucho pero siempre pueden encender la chimenea. Hay pastillas para encenderla y suficiente leña en el sótano– Acto seguido nos mostró la cocina, el salón, el baño y las dos habitaciones. Se notaba que tenía prisa y aunque intentamos iniciar una conversación cordial, el hombre solo respondía con monosílabos. Se despidió y nos dijo que si teníamos algún problema con la casa le llamáramos al día siguiente por la mañana que él ya se iba al pueblo. Nos pareció que no le había sentado muy bien que hubiéramos llegado más tarde de la hora prevista, así que tampoco le quisimos entretener con más preguntas.

Mientras yo despedía al guarda, Mercedes revisaba la cocina abriendo y cerrando puertas y cajones.

–Estas sartenes deben de llevar aquí años… No hay ni una que se salve… Y no hay cuchillos que corten bien. Tampoco hay tostador ni cafetera…

–Bueno –le dije yo  venimos a un ambiente rural… Ya nos  apañaremos.

–No hay televisor. La he buscado por todas partes… No sé cómo nos vamos a entretener…

–Sí, lo sé. Pedí que no hubiera. Sin tele, sin periódicos… podremos disfrutar más del fin de semana.

–Pues podrías habérmelo consultado. Aunque para ti todo es muy fácil… Me encantaría tener tu templanza. Ante cualquier situación…–dijo Merche apoyando las manos en la encimera.

Me acerqué a Mercedes por detrás para abrazarla pero al hacerlo, se dio la vuelta y salió de la cocina:

–Me pregunto que estará haciendo Cristina ahora…

–Pues ahora mismo estará durmiendo. Merche, escucha… Cris está bien y ha sido decisión suya ir a Mali. Es reportera de guerra y está haciendo su trabajo, ¿dónde crees que irá después de Mali? Pues irá a otro país en guerra para seguir haciendo su trabajo y eso lo tienes que asumir. ¡Ya es mayorcita, sabe cuidarse!

–¿Qué sabe cuidarse? ¿Sabrá cuidarse si la secuestran los Islamistas? No hago más que pensar que Al–Qaeda pondrá una bomba justo cuando pase su convoy? Basta con que ella esté en el momento  y en el sitio preciso para que…

–Para Merche, para. Yo también me preocupo por nuestra hija, pero no me permito hacerlo durante las 24 horas del día. Cristina nos explicó antes de irse todas las precauciones que tanto el periódico como las Naciones Unidas prestan a los reporteros y otros profesionales que cubren ese tipo de zonas para que puedan desarrollar su trabajo. Debemos confiar en que estará segura y protegida.

–Cristina no ha sabido cuidarse jamás, siempre dependiendo de nosotros, de su hermano, de sus novios… Ella no puede cuidarse sola, ¡y lo sabes! pero si tengo que fingir que ya me quedo más tranquila con tus explicaciones banales, lo haré. Prepararé los dormitorios. Yo me quedo en el pequeño. Intenta encender la chimenea, hace muchísimo frío. Parece que la niebla haya entrado también en esta casa.

Fue un logro encender la chimenea. Hacía tiempo que no había sido encendida, por lo que  la sala se llenó de humo. Cuando abrí la ventana, me pareció ver a alguien fuera. Aunque entre el humo de la sala y la niebla era difícil ver nada.

–Carlos, la cocina no tiene de nada, pero lo que sí que hay son mantas de sobras. ¿Te pongo 2 dobladas? Con dos no creo que pases frío, pero si quieres te pongo otra.

–Sí, perfecto. Ya encendí la chimenea– Yo seguía asomado a la ventana. Algo o alguien estaba fuera. Podía oírlo. Quizás fuera un animal. Abaniqué el humo hacia la ventana con un periódico antiguo que había al lado de la chimenea. El titular rezaba: “Estalla la guerra en Siria”. Lo eché al fuego. Fue en ese momento cuando Merche entró a la sala.

–Carlos, te preguntaba si querías otra manta– Cuando abrí la boca para contestarla, oímos un disparo y dos segundos más tarde, otro– Carlos, ¿son disparos? ¿Han sido disparos?

–Tranquila Merche, puede que sí, en esta zona hay cotos de caza. Voy a echar un vistazo fuera.

Nada más salir, vimos un bulto en el suelo. –Carlos, no me gusta, vámonos, no te acerques, por favor–.

Merche, sólo voy a ver qué es… –Me acerqué sigiloso, Merche me seguía de cerca. Me agaché y pude ver que sobre el suelo yacía el cuerpo de un ciervo muerto. Todavía manaba sangre de los dos agujeros de bala. Pero lo más horripilante fue ver que le habían arrancado la cornamenta y los ojos. Merche soltó un grito, estaba detrás de mí, y pude ver en su cara un mueca de horror.

Merche, entra en casa y coge tu bolso. Yo voy arrancando el coche. Pasaremos la noche en el pueblo. Ten calma, no es nada, pero la casa está demasiado fría y no me gusta que haya cazadores sueltos que disparan hasta en la misma puerta de la casa donde nosotros dormimos. Intenté arrancarlo pero fue imposible, la batería se había acabado. Olvidé apagar las luces.  Volví a la casa, no se oía ningún ruido. Al entrar en la sala, Merche estaba de pie, quieta, tiritando. En frente de ella, en la butaca cercana a la chimenea, había un hombre sentado con un rifle al hombre y a sus pies, la cornamenta del ciervo.

–Buenas noches. Le decía a su mujer que con tanta niebla me he perdido. Llevaba horas persiguiendo a este ciervo– Mientras que con una de sus botas señalaba la cornamenta– Ha sido de lo más escurridizo… Hasta hace unos minutos, claro. Me ha traído directamente aquí. Vi que la puerta estaba abierta, y me he permitido entrar. Perdonen si les he asustado. Su mujer parece que hubiera visto un fantasma. Está blanca. Como si le hubiera dado una mala noticia.

–Me acerqué a Mercedes y la rodeé los hombros con mi brazo –Bueno, entenderá que nos hayamos asustado. Primero hemos oídos los disparos, y de repente nos encontramos con un extraño metido en casa… 

No serán ustedes de esos que odian a los cazadores, ¿no? –dijo sonriendo. Se le podían ver unos dientes negros y desordenados.

–A los cazadores no, a los que entran en una casa que no es la suya, sí– El cazador dejó de sonreír.

–Bueno, Carlos, este señor se ha perdido, hay mucha niebla… Antes de que se vaya, podemos ofrecerle un café…

– Sí, me tomaría un café. Tengo las piernas entumecidas. Muchas gracias, señora. Le acepto el café con mucho gusto.

–No hay cafetera, Merche–. Le dije a Mercedes sin dejar de mirarle. Sabía que Mercedes intentaba suavizar la situación, pero a mí no me gustaba la manera que tenía de hablar, de sentarse en la butaca que no era suya ni esa seguridad arrogante sin bajar el rifle del hombro ni por un momento.

–En ese caso, me tomaré un té. Lo que tengan para entrar en calor... Ha sido toda una guerra lo que he sufrido con este ciervo.  Pero así son las guerras, ¿no? Hay una víctima, que este caso es un ciervo. Sabía a lo que se exponía cuando se alejó de la manada y del mismo bosque. Si se hubiera quedado junto a los otros ciervos, habría tenido más posibilidades de sobrevivir, protegido por los suyos. Y aquí es cuando entran los cazadores, que sí, que tenemos una ventaja, poseemos armas. Pero también tenemos olfato para oler el miedo, la inseguridad y conocemos el terreno que pisamos más que los mismos ciervos. Todo es cuestión de perseverancia, perseguirlos, acecharlos y encontrar  el momento, el sitio preciso y… ¡Bang! Muerto.

Merche no dejaba de mirar al cazador. Las lágrimas le corrían por la cara. Se agarró a mi brazo con fuerza. La sala se volvió a llenar de humo.

–Por favor, váyase de esta casa. No tenemos café ni té. Mi mujer y yo queremos irnos a dormir. Le dejaré una linterna para que pueda encontrar el camino a su coche.

–Se nota que son de ciudad. ¡Que ha sido de la hospitalidad de antaño! ¡Se la han arrancado en la gran urbe! No creo que pueda encontrar mi coche con esta niebla. Lo mejor será esperar a mañana, a que se haga de día.

Y los ojos, ¿Por qué le ha arrancado los ojos al ciervo? Le preguntó Merche.

El cazador se levantó de la butaca. Era más alto de lo que parecía sentado en la butaca. Sin quitarse el rifle del hombro, se apoyó en la chimenea y arrojó el palillo que hasta en ese momento había llevado en la boca al fuego.

Es una costumbre. Siempre arranco los ojos de la presa que cazo, así no podrá contar, desde donde quiera que esté, lo que vio. No se crean que soy un loco… –Y mirándonos fijamente a los ojos continuó– Cada cazador tiene sus manías.

Entendí que ese hombre no se iba ir de la casa, al menos no esa noche. Él tenía un arma, nuestro coche no arrancaba, y era una noche cerrada con densa niebla. No podíamos hacer más que seguirle la corriente y esperar que por la mañana, como dijo, se fuera.

Le acomodamos en la habitación pequeña. Merche y yo nos acostamos en el dormitorio de matrimonio.

Apenas dormimos. Yo no dejaba de pensar en mi hija. En dónde estaría, qué estaría haciendo. Me levanté al amanecer. Me acerqué al otro dormitorio. La cama estaba vacía y hecha. Revisé habitación por habitación. Ni rastro del cazador. Desperté a Merche.

–Se ha ido. Vamos, levántate. Llamaremos al guarda para que nos venga a buscar. Debemos volver a casa, por si llama Cristina… por si vuelve. Que sepa que estamos en casa, esperándola.

Merche me cogió de la mano. Me acercó hasta ella, hasta la calidez de su cuerpo y me abrazó como hacía mucho tiempo que no me abrazaba.

LA FAMILIA DE JULIO



-No me mires así, Julio. Tú en mi lugar estarías haciendo lo mismo.

-¿Qué te crees? ¿Qué no lo sé? ¿Que  no estarías rebuscando entre mis cosas a ver si hay algo de valor? las joyas de mamá, algo de dinero guardado entre mis bragas, mis sostenes…

-Ha sido cuestión de tiempo. De tiempo y de mala suerte. Que tú te hayas muerto el primero. Y espera a que vengan los otros; Paquita se pondrá a llorar a moco tendido (como siempre) Carlos aparecerá trajeado con la oxigenada de tu cuñada… Espero que al menos venga sobria, aunque no sé lo que es peor…

-Permiso. El abogado del señor llegará en un par de horas.

-¿Del señor? ¿Le llamabas así? Por Dios… quién se pensaba que era…

-No, no… solo que…

-¡No me digas más! Conozco a las mujeres como tú, las de tu país, venís aquí, sin nada que llevaros a la boca, pero habláis así…, con esa dulzura… tan melosas… y al final os hacéis con todo, la casa, la pensión… TODO. ¿O me equivoco? Pero con mi hermano te ha salido el tiro por la culata… La ha estirado antes de tiempo…

-No es así, Julio… quiero decir, El señor Julio…

-¡No me vengas con lloros! Me apostaría cualquier cosa a que todo lo guardaba en casa. En una caja fuerte o vete tú a saber dónde… Mi hermano no se fiaba de los bancos.  ¿Pero cómo es que no hay nada de valor en su dormitorio? ¡Dímelo! o soy capaz de llamar a la policía, seguro que ni tienes los papeles en regla.

-Sí que los tengo. Pero yo…

-Y dale con las lagrimitas… Deja que te diga una cosa: O me dices donde tenía mi hermano guardado el dinero, o te juro que te denuncio por robo…

-Adela, hermana, qué desgracia, qué desgracia, no he parado de llorar desde que me ha llamado la chica esta mañana. ¡Nuestro hermano, nuestro pobre hermano, y tan joven él…!

-Hola Paqui. Suénate la nariz, y ven, anda, ayúdame a mover este armario. Hay que rastrear cada esquina de esta casa… aunque nos tengamos que quedar el día entero.  

-¡Esto pesa como un demonio, Adela!...Ay, ¡Ni en la peluquería me lo he podido quitar de la cabeza! Se lo he contado a la que me peina, que es la dueña y me llevo muy bien con ella, y eso me decía, que hoy en día, a la edad de Julito, aún se es joven… Qué pena, qué pena…

- Nada. Vamos al salón. Retiremos el aparador.

-Pues Nines, la peluquera, es viuda. Se le murió el marido con 60 años. Ya ves… joven, también. Ay, Adelita, dime que está con Madre, dímelo… Qué pena, madre mía, qué pena… y ¡tan joven! Aquí tampoco hay nada… Movamos la estantería, quizás detrás…

- Tira de la esquina. ¡No, Paqui! hacia mí, empuja hacia mí la maldita estantería. Están a punto de venir Carlos y la zorra de su mujer. Tenemos que ser más rápidas. ¡Azucena!, ¡Azucena! Ayúdanos a mover este mueble.

-Señoras, el abogado dijo que no…

-¡Déjate de abogado! ese picapleitos viene también a ver si puede arramplar con algo… ¡Azucena! Dime de una vez por todas ¡dónde guardaba el dinero mi hermano! Pero no dejes de empujar, estúpida… ¡Dios!... Paqui, coño, tú tampoco. Oye, ¿no te diría a ti, alguna vez, algo de una caja fuerte?

-Si es que la vida es así, Adela, un día estás aquí y mañana no lo estás… ¡Con lo joven que era! Azucena, en tu cultura ¿creéis en la vida después de la muerte?

-Julio…, el Señor Julio,…. Yo…

-Es la última vez que te pregunto por la caja fuerte, Azucena, ¿Dónde cojones está?

-La chica de mi vecina es de donde tú, de por ahí de Latinoamérica, y creen en el más allá, y piensan que les espera una vida mejor después de la muerte… Seguro que Julito se encontrará allí con Madre, y le hará torrijas, como cuando éramos pequeños, ¡Cómo le gustaban las torrijas a Julito! ¿A que sí, Adela?

-Los que faltaban. Ya están aquí, joder…

-Adela, Paqui, ¡cuánto tiempo! Es una pena que nos veamos en estas circunstancias…

-Cuñadas, mi más sentido pésame. ¡Qué lástima!... No sé cómo se lo voy a decir a los chicos. ¡Querían tanto a su tío! Ojo, y Julio a ellos. Lógico… Eran sus sobrinos, SUS- Ú-NI-COS- SO-BRI-NOS. Los quería como si fueran hijos suyos.

-Bueno, ya no os preocupéis por nada. Ya he llegado. A ver hermanitas, ¿Habéis dado con la caja fuerte?

-Entonces ¿sí que hay una caja fuerte?
-No.
-Sí.
-No.
-Sí, ¡lo acabas de decir!

-Sí. Claro que hay una caja fuerte. Yo era su hermano mayor, confiaba en mí. Bueno… Es mejor que os vayáis a la cocina con Azucena. ¡Dios, esa mujer no deja de lloriquear! Id con ella y preparad café. Ya os he dicho que no os preocupéis por nada, que ya he llegado y que me encargo yo de todo. Pili y yo encontraremos la caja fuerte, y cuando la abramos, repartiremos lo que haya, y punto. Como buenos hermanos... Si es que no ha dejado instrucciones precisas de cómo quería que se repartieran sus bienes. Como bien ha dicho Pili…. Adoraba a nuestros hijos. No me extrañaría nada que… en fin, éramos los únicos de la familia con los que tenía contacto…

-No me vengas de hermano mayor, ni me mandes a la cocina como cuando vivíamos todos en casa de Madre. Tú apenas tenías contacto con Julio. Y ni loca, te dejaría a ti ni a la borracha de tu mujer a solas buscando la caja fuerte. Propongo…

-¡Tú no propones nada! Y no te consiento que me insultes. Y tú, Paqui, deja de rebuscar en esos cajones, Carlos ya ha dicho que hay una caja fuerte, así que todo lo que haya de valor, estará en la puñetera caja. ¿Qué te has metido en el bolso? ¡Carlos! Paqui se ha metido algo en el bolso…

-¡No busco nada de valor! Bueno, sí, sí que lo busco… pero de valor sentimental. Quiero alguna foto de mi hermano. Sólo me he guardado esta foto de Julito. De cuando era pequeño. Mirad ¡qué mono era…! con sus hoyuelos, tan morenito y regordete… ¡Qué pena, qué pena! ¡Con lo joven que era!

-¿Una foto de cuando era pequeño? Déjame ver… Es… es imposible, Ninguno de nosotros tenemos fotos de pequeños. Madre no tuvo en su vida una cámara de fotos y menos a color como ésta...  Mira Adela… El caso… es que se le parece tanto… se parece tanto a Julio…

-¡Tú lo que te has guardado es el marco! Mira la mosquita muerta… Pero, ¿pero no ves que es de alpaca, tonta?

-¡Pili, déjame en paz! ¡Es de plata! ¿A qué sí, Adela?... ¿Adela? ¿Carlos? ¿Pero qué os pasa? ¿Por qué miráis la foto así, de esa manera?

-Señoras, señor… El abogado ha llegado. Quiere hablar con todos nosotros.

CUANDO PASA LA TORMENTA




Al fin se cerró la puerta y la casa quedó sumida en un profundo silencio. Sólo se oía la lluvia cayendo con fuerza. 

El se había llevado sus cosas y se había ido. Tardó mucho en hacerlo. No sabía qué llevarse. Subía y bajaba atropelladamente las escaleras, de una planta a otra, de una habitación a otra. Llevaba su ropa sin doblar, apretujada entre los brazos. Intentó meterla en una bolsa demasiado pequeña que acabó rompiéndose. Recogió la ropa del suelo. Se golpeó con el armario. Quiso llevarse las fotos que colgaban de la pared pero ella no se lo permitió.

El teléfono comenzó a sonar. Nadie respondió. Incluso desde abajo, se podía oír la lluvia que chocaba violentamente contra los cristales de las ventanas abuhardilladas de la planta de arriba.

Ella esperaba en la cocina. Puso la cafetera italiana mientras le oía trastear en el piso de arriba. Escuchaba golpes, puertas que se abrían y cerraban. Los crujidos de la escalera de madera. El café subió y su aroma lo inundó todo. Cerró los ojos y aspiró profundamente. Siempre le había gustado ese olor. El ruido de unos libros cayéndose por los peldaños de la escalera la sobresaltó y abrió los ojos de repente.

El teléfono enmudeció. La lluvia repicaba una y otra vez.

Él irrumpió en la cocina. No sabía que ella estaba allí y se frenó en seco bajo dintel de la puerta. La miró de espaldas. Estaba tan sólo a un metro de sus hombros, podía haberla abrazado. Entró. Cogió una bolsa de plástico del cajón y salió deprisa de la cocina.

Tan fuerte era la tormenta que se podía oír al viento silbar fuera. Ese mismo viento, entraba por la puerta de la terraza de la cocina creando una fina y desagradable corriente. El teléfono volvió a sonar y otra vez ninguno de los dos respondió.

Volvió a cerrar los ojos cuando él salió de la cocina. Recordó los meses pasados como una cuenta atrás: Las vacaciones en la playa, su cumpleaños y la fiesta sorpresa, las fotos de Navidad y sus ausencias, el viaje de esquí y su indiferencia. Y al final, las súplicas, los gritos, las lágrimas calladas,… pero sobretodo, las noches en vela.

Sonó el teléfono otra vez. Siguió y siguió y parecía que cada vez sonara más enfurecido que la vez anterior.

Los juguetes dispersos por el suelo del salón contrastaban con los marcos en orden con  fotos de caras sonrientes en las estanterías. Y ella sentada en el sofá del salón asiendo la taza de café. Se levantó despacio y se agachó para recoger las muñecas del suelo. Las llevó a la cesta de los juguetes. Por el camino recogió unas cuantas pistas del scalextric, un caballo, un dinosaurio y el Bob Esponja del Burger King. Los lanzó con desatino a la cesta. La mitad entraron… la otra se cayó sobre el parquet desgastado y sin brillo. Estiró una esquina de la alfombra con la punta del pie hasta que quedó un perfecto rectángulo y volvió al sofá. Se sentó. Era tarde pero sabía que, como las anteriores noches, no podría dormir. Miró la televisión y la sola idea de ponerla la empujó a subir a la planta superior.

Arriba la lluvia caía con insistencia. Quizás ya no era lluvia, sino granizo, porque sonaba muy fuerte.

Se asomó al baño y desde la puerta pudo ver su cepillo de dientes junto al suyo tocándose. La ducha todavía olía a su gel.

El estudio estaba totalmente desmantelado. No estaba la impresora, ni el ordenador. Las dos primeras baldas de la estantería estaban vacías y una capa de polvo campaba ahora a sus anchas de forma desigual. El bote de los bolígrafos estaba desparramado sobre el escritorio. Había algunos libros en el suelo y también folios arrugados.

El teléfono sonaba sin tregua. Por la ventana, estallaban relámpagos intermitentes.

Él consiguió cerrar el maletero con gran esfuerzo después de meter la última bolsa con algunos libros. Dudaba si todos los libros que se llevaba eran suyos o quizás también se llevara algunos de ella en esa maldita bolsa. A pesar de que la lluvia le había calado hasta el último de sus huesos, no era capaz de entrar en el coche. Se apoyó en el lateral y cerró los ojos.

Recordó los meses pasados como una cuenta atrás: Las vacaciones en la playa, su cumpleaños y la fiesta sorpresa que le organizó su mujer. En esa fiesta la conoció. Las llamadas de madrugada escondido en el baño, los besos nuevos, las caricias inventadas, el cuerpo joven de ella… pero sobretodo, las noches en vela… pensando en ella.

Su móvil volvió a sonar, le asustó y abrió los ojos de repente. Nervioso, lo buscó en los vaqueros, luego en la chaqueta. Justo cuando dio con él, dejó de sonar. Lo lanzó lo más lejos que pudo. 

Sonó un trueno, seguido de un relámpago que iluminó la calle mojada y desierta.  Justo en ese momento, alcanzó a ver el charco donde fue a parar su móvil.

En el dormitorio, la parte de arriba de su pijama asomaba por debajo de la almohada. La puerta entreabierta del armario, dejaba ver las perchas medio vacías y los cordones de algún zapato que decidió no llevarse. 

Se desnudó y el sonido de la lluvia le hizo estremecer. Se puso el pijama y encima el chándal más viejo que tenía y se metió en la cama. Antes de apagar la luz, abrió el cajón de la mesilla y cogió el bote de las pastillas, lo agitó sin oir apenas algún sonido. Sonrió con amargura. Olvidó que la última se la había tomado la noche anterior. Lo lanzó contra la pared. Apagó la luz y se arropó con el edredón hasta el cuello.

Hacía unos minutos que el teléfono había dejado de sonar. Incluso el viento ya no soplaba con tanta intensidad. La lluvia cesaba lentamente. Ahora ella dormía a pierna suelta en la mitad de la cama. Ahora él conducía despacio y sereno por la autopista.