Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

16 oct 2013

LAS NOCHES



Duerme destapado. Duerme desnudo. No dejo de mirar su cuerpo vigoroso y tostado. Su piel es firme y suave. Acaricio su brazo derecho. Mi mano recorre desde el antebrazo hasta su hombro y vuelve a bajar por el costado de su espalda, la hendidura de la cadera y sube por su nalga redonda. Es un cuerpo perfecto, es el cuerpo de un hombre joven.  Detrás de la ventana la ciudad despierta. Los primeros coches comienzan a pitar, los semáforos orquestan el tráfico, las furgonetas hacen sus repartos y un autobús ha frenado bruscamente para recoger a algún rezagado. Ajeno al amanecer él duerme profundamente. La cama está caldeada por el calor que desprende su cuerpo. Su respiración es serena y acompasada. No quiero que él me toque, ni me bese, ni me hable. Tan solo tiene que seguir durmiendo a mi lado. Cuando me acuesto en su cama, él está dormido y antes de que  se despierte, yo ya me he ido.

Otra noche más. Me voy quedando dormida mientras veo la televisión hasta que la apago y me voy a la cama. Pero en cuanto me acuesto, empiezo a oír la madera del suelo que después de tantos años cruje como crujen mis huesos. Son muchos años ya. Tañen despacio, en silencio, pero yo puedo sentirlas. Puedo escuchar el silbido de las tuberías del baño. Al suelo y a las tuberías se le suma el frigorífico. Está a punto de estropearse. De vez en cuando el motor se acelera y ruge como enfadado. Necesita descansar, necesitamos descansar los dos.

Enciendo la luz de la lamparita de noche y me levanto. Me pongo la bata por encima y me acerco a la ventana. No hay nadie. El viento arrastra las hojas caídas de los árboles y alguna bolsa que se ha salido de la papelera del parque. Vuelvo a acostarme con la bata puesta. Tengo frío. Me acomodo un cojín tras la espalda y tomo el primer libro de la mesilla. ¡Tantos libros que han pasado por esta mesilla!. He empezado a releer libros antiguos que tenía olvidados. No recuerdo el argumento de muchos de ellos, pero me doy cuenta que, según paso las hojas, los mismos libros que sé que antes me gustaban, ahora ya no me atraen. Están desfasados.  

«Es el insomnio del viejo» me dice mi mejor amiga Estrella. «Es inevitable, y más en nosotras, que vivimos solas y en casas grandes. Te puedes acostumbrar a todo, pero no a las noches en absoluta soledad; son y serán así de duras».

Estrella y yo vamos todos los miércoles a la peluquería del Corte Inglés que está en la menos uno y luego subimos a desayunar a la cafetería. Aquella mañana, cuando el camarero nos sirvió el café, se dirigió a mí con una gran sonrisa y me dijo «Usted es Mina. Fue mi profesora de Historia de América Prehispánica, en la Complutense, no sé si se acordará de mí, soy Pablo, Pablo Carbajosa. La he reconocido en cuanto entró por la puerta»

Me había topado con muchos de mis estudiantes a lo largo de mi carrera docente, pero desde que me había jubilado, apenas me sucedía, así que cuando me reconoció, me sentí de alguna forma halagada. Yo no le recordaba, así que intuí, y  en vista del trabajo que tenía, que desde luego no había sido uno de mis alumnos más brillantes. Intenté hacer memoria. Por su edad aproximada, tuvo que haber sido alumno mío poco antes de la jubilación, pero por otra parte fueron los años que más rápido había olvidado.

«Me gustaron mucho sus clases» me dijo.  También nos contó que dejó la facultad en el segundo año y que desde entonces no había parado de viajar. Había vivido prácticamente en todos los países de Sudamérica. Hacía unos meses que había vuelto a Madrid y se estaba, como él dijo, buscando la vida. «En cuanto ahorre para el billete, tengo pensado irme a la India»

« ¿Y cuánto tiempo vivirás en la India?» le preguntó Estrella. « ¡Ni idea! Todo lo que pueda. Quizás trabaje allí unos meses. Desde la India iré a Nepal, y luego… no sé, lo que surja»

«Qué encanto de niño, Mina. ¡Y qué atractivo!» me dijo Estrella mientras Pablo se alejaba para atender otra mesa.

Le veíamos cada miércoles en la cafetería. Empleaba su media hora de descanso para sentarse con nosotras y conversar. Tanto a Estrella como a mí nos encantaba escucharle. Nos contagiaba con su vitalidad y las ganas de conocer nuevos países y culturas. Me veía en sus ojos, cuando yo tenía su edad. A los pocos meses de nuestro encuentro Pablo nos contó que tenía la intención de buscar otro trabajo pues no conseguía ahorrar con la rapidez que deseaba. Le ofrecí a Pablo una habitación en mi casa. De eso ya hace tres meses.

Cada noche intento dormir en mi cama, pero cuando no puedo, y eso me pasa todas las noches, voy a su cuarto, abro la puerta, me quito la bata, la doblo, la dejo en la silla del escritorio, y me meto en su cama, que está caliente y desordenada. La primera noche que lo hice, se despertó extrañado, pero no dijo nada, se echó a un lado para hacerme sitio y volvió a dormirse. Yo me acuesto y le observo, a veces acaricio su piel. Contemplo cómo duerme. Miro su cara, la nariz recta, los labios entreabiertos, y noto el aire caliente que exhala de su boca; la cicatriz en la ceja izquierda mal curada, que le ha dejado marca para siempre. A medida que pasan los minutos mi lado de la cama se empieza a caldear y es en ese momento cuando me voy quedando dormida. Lo último que veo es su piel y es lo primero que veo al despertarme.

Como ahora consigo dormir, mis días son más descansados, vitales y tengo más energía para afrontar mi día a día. Las tablas del suelo han dejado de crujir, las tuberías no aúllan y el frigo dejó de rugir.  Apenas nos vemos durante el día. Cuando lo hacemos hablamos de cómo ha pasado su día, cómo yo he pasado el mío y también me cuenta historias de sus viajes y sus planes para el próximo. Nunca hablamos de mis visitas a su cama.

Ahora no puedo dormir sino es junto a él. Desde que me acuesto a su lado y observo su cuerpo, he recordado como era mío hace tiempo, cuando era terso, bronceado y suave, y al recordarlo, lo recobro en cierta manera, cuando mi cuerpo vivía una vida aún sin organizar. Es en todo esto lo que pienso, mientras estoy acostada junto a él y es justo cuando el sueño me llega sigilosamente.

Hoy me ha dicho Pablo que se va, que ha encontrado un vuelo de última hora muy barato, y sin dudarlo, lo ha comprado. Se va mañana. Que vendría a recoger su mochila al amanecer para irse al aeropuerto y que había quedado con los compañeros del trabajo, algo de una fiesta de despedida. Me he alegrado por él sinceramente. Nos hemos dado un largo abrazo, me ha dado las gracias y con una gran sonrisa, se ha ido.

Me he acostado tarde. Ya en la cama, con un vaso de leche templada, me he tomado una pastilla para dormir. He leído casi quince páginas de una novela bastante insustancial y cuando parecía que todas estas trampas me iban haciendo efecto y me abandonaba poco a poco al sueño… he comenzado a oír las tablas de madera crujir, las tuberías aullar y el frigorífico rugir.