Duerme destapado. Duerme
desnudo. No dejo de mirar su cuerpo vigoroso y tostado. Su piel es firme y suave.
Acaricio su brazo derecho. Mi mano recorre desde el antebrazo hasta su hombro y
vuelve a bajar por el costado de su espalda, la hendidura de la cadera y sube
por su nalga redonda. Es un cuerpo perfecto, es el cuerpo de un hombre joven. Detrás de la ventana la ciudad despierta. Los primeros
coches comienzan a pitar, los semáforos orquestan el tráfico, las furgonetas hacen
sus repartos y un autobús ha frenado bruscamente para recoger a algún rezagado.
Ajeno al amanecer él duerme profundamente. La cama está caldeada por el calor
que desprende su cuerpo. Su respiración es serena y acompasada. No quiero que
él me toque, ni me bese, ni me hable. Tan solo tiene que seguir durmiendo a mi
lado. Cuando me acuesto en su cama, él está dormido y antes de que se despierte, yo ya me he ido.
Otra noche más. Me voy
quedando dormida mientras veo la televisión hasta que la apago y me voy a la
cama. Pero en cuanto me acuesto, empiezo a oír la madera del suelo que después
de tantos años cruje como crujen mis huesos. Son muchos años ya. Tañen
despacio, en silencio, pero yo puedo sentirlas. Puedo escuchar el silbido de
las tuberías del baño. Al suelo y a las tuberías se le suma el frigorífico.
Está a punto de estropearse. De vez en cuando el motor se acelera y ruge como
enfadado. Necesita descansar, necesitamos descansar los dos.
Enciendo la luz de la
lamparita de noche y me levanto. Me pongo la bata por encima y me acerco a la
ventana. No hay nadie. El viento arrastra las hojas caídas de los árboles y
alguna bolsa que se ha salido de la papelera del parque. Vuelvo a acostarme
con la bata puesta. Tengo frío. Me acomodo un cojín tras la espalda y tomo el
primer libro de la mesilla. ¡Tantos libros que han pasado por esta mesilla!. He
empezado a releer libros antiguos que tenía olvidados. No recuerdo el argumento
de muchos de ellos, pero me doy cuenta que, según paso las hojas, los mismos
libros que sé que antes me gustaban, ahora ya no me atraen. Están desfasados.
«Es el insomnio del viejo»
me dice mi mejor amiga Estrella. «Es inevitable, y más en nosotras, que vivimos
solas y en casas grandes. Te puedes acostumbrar a todo, pero no a las noches en
absoluta soledad; son y serán así de duras».
Estrella y yo vamos todos
los miércoles a la peluquería del Corte Inglés que está en la menos uno y luego
subimos a desayunar a la cafetería. Aquella mañana, cuando el camarero nos sirvió
el café, se dirigió a mí con una gran sonrisa y me dijo «Usted es Mina. Fue mi
profesora de Historia de América Prehispánica, en la Complutense, no sé si se
acordará de mí, soy Pablo, Pablo Carbajosa. La he reconocido en cuanto entró
por la puerta»
Me había topado con muchos
de mis estudiantes a lo largo de mi carrera docente, pero desde que me había
jubilado, apenas me sucedía, así que cuando me reconoció, me sentí de alguna
forma halagada. Yo no le recordaba, así que intuí, y en vista del trabajo que tenía, que desde
luego no había sido uno de mis alumnos más brillantes. Intenté hacer memoria.
Por su edad aproximada, tuvo que haber sido alumno mío poco antes de la
jubilación, pero por otra parte fueron los años que más rápido había olvidado.
«Me gustaron mucho sus
clases» me dijo. También nos contó que
dejó la facultad en el segundo año y que desde entonces no había parado de
viajar. Había vivido prácticamente en todos los países de Sudamérica. Hacía
unos meses que había vuelto a Madrid y se estaba, como él dijo, buscando la
vida. «En cuanto ahorre para el billete, tengo pensado irme a la India»
« ¿Y cuánto tiempo vivirás
en la India?» le preguntó Estrella. « ¡Ni idea! Todo lo que pueda. Quizás
trabaje allí unos meses. Desde la India iré a Nepal, y luego… no sé, lo que
surja»
«Qué encanto de niño,
Mina. ¡Y qué atractivo!» me dijo Estrella mientras Pablo se alejaba para atender
otra mesa.
Le veíamos cada miércoles
en la cafetería. Empleaba su media hora de descanso para sentarse con nosotras
y conversar. Tanto a Estrella como a mí nos encantaba escucharle. Nos
contagiaba con su vitalidad y las ganas de conocer nuevos países y culturas. Me
veía en sus ojos, cuando yo tenía su edad. A los pocos meses de nuestro
encuentro Pablo nos contó que tenía la intención de buscar otro trabajo pues no
conseguía ahorrar con la rapidez que deseaba. Le ofrecí a Pablo una habitación
en mi casa. De eso ya hace tres meses.
Cada noche intento dormir
en mi cama, pero cuando no puedo, y eso me pasa todas las noches, voy a su
cuarto, abro la puerta, me quito la bata, la doblo, la dejo en la silla del
escritorio, y me meto en su cama, que está caliente y desordenada. La primera
noche que lo hice, se despertó extrañado, pero no dijo nada, se echó a un lado para
hacerme sitio y volvió a dormirse. Yo me acuesto y le observo, a veces acaricio
su piel. Contemplo cómo duerme. Miro su cara, la nariz recta, los labios
entreabiertos, y noto el aire caliente que exhala de su boca; la cicatriz en la
ceja izquierda mal curada, que le ha dejado marca para siempre. A medida que
pasan los minutos mi lado de la cama se empieza a caldear y es en ese momento
cuando me voy quedando dormida. Lo último que veo es su piel y es lo primero
que veo al despertarme.
Como ahora consigo dormir,
mis días son más descansados, vitales y tengo más energía para afrontar mi día
a día. Las tablas del suelo han dejado de crujir, las tuberías no aúllan y el
frigo dejó de rugir. Apenas nos vemos
durante el día. Cuando lo hacemos hablamos de cómo ha pasado su día, cómo yo he
pasado el mío y también me cuenta historias de sus viajes y sus planes para el
próximo. Nunca hablamos de mis visitas a su cama.
Ahora no puedo dormir sino
es junto a él. Desde que me acuesto a su lado y observo su cuerpo, he recordado
como era mío hace tiempo, cuando era terso, bronceado y suave, y al recordarlo,
lo recobro en cierta manera, cuando mi cuerpo vivía una vida aún sin organizar.
Es en todo esto lo que pienso, mientras estoy acostada junto a él y es justo
cuando el sueño me llega sigilosamente.
Hoy me ha dicho Pablo que
se va, que ha encontrado un vuelo de última hora muy barato, y sin dudarlo, lo
ha comprado. Se va mañana. Que vendría a recoger su mochila al amanecer para
irse al aeropuerto y que había quedado con los compañeros del trabajo, algo de
una fiesta de despedida. Me he alegrado por él sinceramente. Nos hemos dado un
largo abrazo, me ha dado las gracias y con una gran sonrisa, se ha ido.
Me he acostado tarde. Ya
en la cama, con un vaso de leche templada, me he tomado una pastilla para
dormir. He leído casi quince páginas de una novela bastante insustancial y
cuando parecía que todas estas trampas me iban haciendo efecto y me abandonaba poco
a poco al sueño… he comenzado a oír las tablas de madera crujir, las tuberías
aullar y el frigorífico rugir.