Mi nombre es Calixto Pérez y soy vendedor ambulante de Máquinas de Coser. Mis adorables clientas viven en pueblos alejados de las grandes ciudades, donde no hay tiendas y ni mucho menos centros comerciales. Ni por asomo llega la Teletienda, así que están acostumbradas a subsistir con lo que se tiene o se crea, y este caso, estas mujeres diseñan y confeccionan su ropa, la suya propia y la de toda su familia. Acostumbradas a la vida rutinaria, una evento como un bautizo, comunión, boda o entierro, bien merece la pena estrenar ropa nueva.
En un principio mi profesión puede parecerles aburrida, pero créanme, nada más lejos de la realidad y además, me reporta generosos ingresos. Como muestra, un botón. Mientras espero la grúa, fumando un pitillo apoyado en mi coche, permítanme que les relate lo que me pasó ayer mismo….
Era temprano y me dirigía a Villarodrigo, un pueblecito de Palencia de 300 personas. Es uno de mis favoritos y voy un par de veces al año. Quería visitar a las clientas asiduas, vender algunos modelos nuevos, llevar algunas piezas de recambio y lo tenía que hacer precisamente ese día, que comenzaban las fiestas del pueblo. A mí me encanta la algarabía que se monta en estos pueblos, tan pequeños pero con tantas ganas de festejo.
A 30 Kilómetros, mi coche me dejó tirado, no había forma de arrancarlo de nuevo, así que cogí mis bártulos y comencé a andar, rezando para que pasara pronto algún coche y se apiadara de este servidor. Mis rezos fueron oídos y divisé a lo lejos un autobús negro, un tanto destartalado y escrito en grande: LOS BALAS PERDIDAS, Orquesta. Le hice señas para que parase y me subí congratulado por mi buena suerte. Escuetamente me dijeron que era la orquesta que había contratado Villarodrigo para amenizar el baile en la plaza del pueblo esa noche. De repente, reconocí a uno de los integrantes del grupo, Herminio, el Pelos, compañero de colegio, al que hacía más de 20 años que no veía. Nos fundimos en un abrazo y durante todo el trayecto, no paramos de hablar de cómo nos había tratado la vida durante todo este tiempo.
Herminio era el cantante de los Balas Perdidas, un grupo de Rock que 15 años atrás lograron arrasar en el mercado musical del Rock, eran conocidos a nivel nacional y llegaron a codearse con Barricada y Rosendo. Poco a poco, la fama pasó y fueron en declive hasta quedar reducidos a lo que eran ahora, un grupo de cuatro cincuentones errantes que tocaban en las fiestas de los pueblos con un caché muy bajo, vamos, que cobraban lo imprescindible para mantener al grupo, el equipo y el viejo autobús. Tocaban lo que les pedían, pasodobles y canciones del verano y cuando la gente estaba lo suficientemente borracha para no prestarles atención, colaban sus propios temas.
Y así se ganaba la vida el bueno de Herminio. Me gustó comprobar que era un hombre feliz a su manera, y como él me dijo, la vida le había sonreído.
Con la alegría que da el recuentro con un viejo amigo, llegamos a Villarodrigo. Se notaba el ambiente de fiesta, mucho más lleno y alegre que cualquier otra época del año. En cuanto bajé del autobús de los Balas, fui directamente a la Iglesia, a ver a mi Dorita, que cantaba en el coro. Dorita fue mi primera clienta en Villarodrigo, hace ya 20 años, apenas llegada de la ciudad donde dicen trabajaba en un cabaret de mucho nivel en Palencia y me lo creo, porque aún ahora, es una mujer que quita el hipo, háganme caso. Dorita y yo somos amantes desde entonces. Ella es casada, pero su marido nunca está, trabaja fuera y lo ve de año en año y de vez en cuando le manda algún que otro dinero por giro postal.
Después de la misa, visité a las clientas y saludé a los del pueblo en el único bar que hay. Después de tanto tiempo ya me conoce todo el mundo, me siento como en casa. Allí me volví a reunir con Herminio y seguimos nuestra cháchara mientras iban y se venían primeros los vinos y después los cubatas.
Al caer la noche, me despedí de Herminio, él tenía que subirse al escenario y yo iba a visitar a Dorita a su casa, no sin antes prometer que me dedicaría algún tema de nuestra juventud.
Entré en casa de Dorita, ella me esperaba en la cocina. Tanto era nuestro deseo que decidimos hacerlo allí mismo, mientras de fondo escuchábamos la voz ronca y desatinada de Herminio cantando “Soldadito Español”. A lo “El Cartero siempre llama dos veces” despejamos la mesa de la cocina a manotazos y me abalancé sobre el cuerpo exuberante de mi Dorita… Pero de repente, me quedé paralizado, no podía continuar, oía a Dorita llamarme, preguntarme que qué me pasaba y yo ahí parado, no daba crédito a mis ojos, ¡estaba viendo un OSO pasearse por el salón!:
-¡Un oso, un oso, UN OSO!- dije a Dorita sin poder desviar la vista de aquel úrsido. Alarmada, Dorita respondió:
-¡Mi Marido!.
-¿Tu marido? pero si te digo que es un oso, increpando a Dorita.
-Pues eso, que mi marido ha llegado, que está aquí, decía Dorita mientras intentaba recomponerse.
-Pero… tu marido es un oso? Dije (aún no me creo que pudiera preguntarle eso).
Me vestí escopetado, salí por la puerta del huerto y corrí alejándome del pueblo… A la media hora, caminaba a paso ligero por la carretera cuando me recogió el autobús de Los Balas Perdidas, que después del concierto se dirigían al hotel más cercano a hacer noche. Desde allí pude llamar a la grúa y darles mi localización. Antes de volver al coche me tomé la última con Herminio, le conté mi aventura, “Como en los viejos tiempos, Calixto, como en los viejos tiempos” me dijo, nos reímos, hablamos, se nos hizo de día, prometimos llamarnos…
Y aquí estoy, mientras fumo un cigarrillo, contándoles esta historia, apoyado en mi coche esperando la grúa… y seguro de que nunca dejaré mi trabajo.