Yo
era una chica normal, con una vida normal. Tuve una infancia feliz. La putada
fue cuando me casé con el desgraciado de Fede. Así es como le llamábamos todos,
pero su nombre y apellido eran Federico de Portugal. Yo no paraba de escribirlo
en cada papel que me encontraba por ahí, eran tan históricos, tan distinguidos,
sonaban ¡tan bien! Reconozco que fue una de las causas por las que me casé con
él, tonterías de adolescente, supongo. Además era todo un caballero. Mis padres
le adoraban y mis amigas se morían de envidia. El era un mayor que yo, y
mientras las chicas de mi edad tonteaban con los chicos del barrio, a mí me
venía a buscar a casa en coche y me llevaba a sitios distintos a los que estaba
acostumbrada, mucho más elegantes y sofisticados.
Al poco tiempo de casarnos, resultó
que Don Federico, como le llamaban en el banco, me pegaba unas palizas de puta
madre. Un día harta de tantas, me fui a casa de mis padres y como llegué me fui,
solo que andando más despacio. Mi madre me dijo que era el hombre que había
elegido, que estaba bien posicionado y que debía apencar, que intentara
moderarme y fuera una señora en todo momento. Y lo intenté, juro por Dios que
lo intenté: mantenía la casa impoluta, como le gustaba a Fede, cocinaba sus
platos preferidos, dejé de trabajar, de frecuentar
a las pocas amistades que me quedaban… sólo vivía por y para Fede. Pensé que un
niño nos vendría bien, y yo lo realmente lo deseaba. Me quedé embarazada dos
veces, pero según me quedaba, lo perdía de alguna patada. Él seguía pegándome y
yo acostumbrándome. La verdad es que ya ni me dolía.
Desconectaba y le dejaba
hacer, cuanto antes acabara, antes me pondría a recoger todo lo que había
tirado y derramado.
Tomé
por costumbre salir por las mañanas, apenas él se iba a trabajar. Al principio
sólo daba un paseo corto. Luego los paseos se fueron alargando. Más tarde, después
del paseo, entraba en un bar y me pedía un café. Del café a tomarme un sol y
sombra y dos y tres, fue cuestión de semanas. Empecé a conocer a hombres en los
bares. Algunos eran muy atentos y me
invitaban a subir a sus pisos. Por no volver a casa les acompañaba. Todos eran separados,
viudos o parados, y se encontraban tan solos como yo. Hacer el amor medio
borracha con desconocidos era lo único que me liberaba. Normalmente después de
follar les pedía dinero y a veces, me lo daban.
Y
así fue como cada vez mis salidas eran más largas y diarias, hasta que una
mañana, saqué todo el dinero que teníamos en una de las cuentas del banco y me
fui. Cuando cerré la puerta de casa, dejé las llaves puestas. No tenía
intención de volver nunca más. Me pasaba todo el día deambulando por las
calles, entraba en los bares, follaba en pensiones y así pasé unos cuantos
meses. Luego el dinero se agotó y las ganas de follar también, así que pasé de
dormir en sucias pensiones a dormir en las sucias estaciones de metro, cajeros
o bajo los soportales de las iglesias.
Me
habitué a ir a la Iglesia de San Miguel, era pequeñita, caliente y sus
feligreses daban bastante limosna. Parte del día lo pasaba dentro de la iglesia
escuchando al Padre Rodrigo, el cura de la parroquia, el resto, en la entrada, abriendo
y cerrando la puerta mientras extendía mi mano que rogaba caridad.
Después
de tanto tiempo sin sentir nada, poco a poco me enamoré de Rodrigo. Adoraba sus discursos: imponentes y llenos de fuerza.
Veneraba la pasión que ponía en todos y cada uno de los sermones. Yo imaginaba
que se dirigía sólo a mí y a veces yo creo que era así, pues no dejaba de
mirarme. Me volví a sentir especial.
En
uno de aquellos sermones, fue tal la emoción que sentí al escucharle que cuando
acabó, no salí la primera como hacía siempre para abrir la puerta a los
congregantes, sino que me quedé la última y cuando todos se hubieron ido, me
dirigí a él y le pregunté si podía estrecharme la mano para darme la paz, como
lo hacía cada día con los feligreses de la primera fila. Él me tomó la mano y me
dijo que ya me conocía, que me veía sentada cada día en las filas de atrás
escuchando atentamente. Eso le gustaba y me dijo que el próximo sermón me lo
dedicaría y que rezaría por mi salvación.
A
partir de ese día, no podía vivir sin estar cerca de Rodrigo de una forma u otra.
Yo procuraba que mi aspecto fuese aseado y pulcro. Rodrigo era muy bueno. El me
dejó que me encargara de la limpieza de la iglesia y que nadie más que yo
pidiera en su parroquia. Por la noche, le cocinaba la cena. Se puede decir que
hacíamos vida de matrimonio. Mientras él cenaba, yo recogía la cocina y después
le planchaba las sotanas y ropas de homilía. Luego él me hablaba de la iglesia,
de la doctrina católica en decadencia y de la poca caridad que había en el
mundo y yo no me cansaba de escucharle, hora tras hora, mientras bebíamos dos y
tres botellas de vino de Rioja. La mayoría de las noches nos quedábamos
dormidos, pero si el sopor no nos podía, hacíamos el amor como animales
hambrientos. Y Rodrigo tan sólo me pedía dos cosas: que le fuera fiel como él a
su Dios y que nunca pidiera en otra
iglesia que no fuera la suya. A cambio, yo
solo le tenía que dar la mitad de lo que sacaba en la puerta.
Doy
gracias a Dios todos los días por haber acabado al final al lado de un hombre
como Rodrigo. Rodrigo, mi amor, mi salvador. Rodrigo, el hombre que hizo que mi
vida cobrase sentido de nuevo. Rodrigo…, Rodrigo, no me canso de decir su
nombre. A veces, como una colegiala, lo escribo: Rodrigo de Sotogrande, me dijo
una noche que se apellidaba.