Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

28 mar 2011

SOLA

Es casi media noche. Se cierra la puerta de la Sala 6 del Tanatorio de Madrid Sur. Solo quedan una  madre, una hija y el cadáver del padre en el ataúd.
-Bonito conjunto para asistir al velatorio de tu padre. Tú siempre dando la nota. ¿La última provocación? ni muerto le das tregua…  
-Vengo directa del aeropuerto, mamá.
-Pero sabías adonde venías ¿o todavía tengo que decirte lo que te debes poner? A mí no me engañas, te conozco y sé que lo has hecho aposta. Mira… hoy no estoy de humor, lo que me sorprende es que lo estés tú… Al fin y al cabo, era tu padre.
-Venga hombre, no te pongas melodramática como siempre, mamá, que no lo he hecho aposta. Con las prisas, hice una pequeña bolsa con dos o tres cosas, un neceser y poco más. No caí en cambiarme. Es la ropa que me puse esta mañana, y bueno… son unos vaqueros y una camiseta.
-¡De colorines!
-De colorines, sí, ¿y qué? No me vengas con el rollo del luto. Ya está pasado de moda. El dolor se lleva por dentro. 
-¿Por dentro? Dudo mucho que tú y tus hermanos hayáis experimentado mucho dolor. De ser así, hubierais intentado pasar más tiempo con él y no lo que habéis hecho: alejaros y vivir cada uno su vida, ajenos a que vuestro padre se estaba muriendo. Me lo he tenido que tragar yo todo. ¡Yo solita! Se muere vuestro padre y sus tres hijos en tres países diferentes. Tu hermano Uge llegará justo al entierro, eso sin contar que su avión se retrase… si es realmente lo ha tomado...
Estoy cansada y más si pienso en las próximas horas que me esperan aquí en el tanatorio con mi madre. Y no contemos con mi padre, al otro lado de la vitrina. Qué raro me parece que, estando presente,  no nos haya chillado todavía a alguna de las dos. Claro… es lo que tiene estar muerto. Al menos esta vez no nos perseguirá por toda la casa lanzándonos lo que pille, no hará falta que me tape la cara para que no queden moratones y no tendré que desear que se muera porque ya lo está.    
-¿Quieres un café, mamá? ¿Un sándwich? ¿Bajo al bar a por algo?
-Cualquier excusa es buena para escabullirte ¿eh? Te veo más delgada. Tienes la cara fatal. ¡Imagino cómo vives allí!
-No hace falta que imagines nada. Te lo he contado varias veces. De nuevo te digo que vivo muy bien. Tengo la suerte de que mi trabajo me permite estar en un país y otro. Cuando me canso, cambio de aires.
-Cambiar de aires. Muy maduro. No sé para qué te has quedado. He estado sola con tu padre estos últimos años. No me importaba quedarme una noche más.
-Cuando te he preguntado que si querías que me quedase contigo acompañándote, me has dicho que sí.
-¡Qué quieres que te dijese!  Estaba toda la familia. Y hombre, ya que has llegado hace dos horas, es lo menos que puedes hacer, ¿no?
-No he podido venir antes, mamá. Cogí el primer avión.
-Claro, seguro. Sólo hay un avión al día para volar a Madrid… Y luego tus hermanos… Que no entienden eso de velar al muerto por la noche, me dice Uge. Que en muchos sitios, según mueren se incineran o se lanzan al mar y ya está. Que lo del velatorio es inhumano, que así solo se alarga el sufrimiento de las familias… Estará sufriendo él mucho… Pues resulta que el muerto es vuestro padre.
Veo los dos sofás que hay en la sala. Tienen pinta de cómodos. Quizás pueda echar una cabezadita, siempre y cuando mi madre deje de hablar de los malos hijos que somos… Una y otra vez, no falla… Ahora empezará a leernos la cartilla uno a uno. Empezará por el pobre Antonio.
-¿Y tu hermano Antonio? que se ha presentado esta mañana con la mujer esa y sus dos hijos. Justo cuando más gente había.
-Deberías estar agradecida. Es el primero que ha llegado y ha traído consigo a su familia… es lo normal, ¿no?
-Siempre fue muy inocente. Tu padre siempre le decía desde bien pequeño: “Toni, a ti te engaña todo el mundo, de bueno… eres tonto y con eso no se va a ninguna parte” y efectivamente, ahí lo tienes: médico en la seguridad social, dos divorcios y cargando con esa y dos hijos que no son suyos. Tu padre le advirtió que esa no era trigo limpio y el tonto de tu hermano, ni quiso escuchar. Se lió la manta a la cabeza y que no le diéramos a elegir, nos dijo, que se quedaba con ella. Claro que eso fue lo último que dijo antes de que tu padre le cruzara la cara. Y no era para menos. ¡Ojo! que le dolió más a tu padre que a tu hermano.
-Esa mujer, como tú la llamas, resulta que le hace feliz. Eso es lo único que te debería importar. Y es más, al paso que vamos Uge y yo, posiblemente los hijos de esa mujer sea lo más parecido a nietos que vayas a tener en toda tu vida.
Vale, sé que no tendría que habérselo dicho, pero sólo ver la cara de ira que ponía me hizo gracia. Sé que fue cruel, sí, pero qué se yo… empezaba ya a perder la paciencia y tenía hambre y sueño...
- Uge, otro que tal baila… le pagamos también la carrera, el máster, el postgrado en Europa y cuando está en una de las mejores compañías del Estado, nos dice que no le llena, que eso no es lo que quiere en la vida, que se va de cooperante a no sé qué país de Sudamérica. Y desde entonces, una llamada cada dos meses y poco más. Claro que tu padre le dijo que hasta que no llevara una vida normal, no apareciera por casa y que no quería saber absolutamente nada del trabajo que hacía, si se le puede llamar trabajo a lo que hace. Tanto estudiar, tanta formación, para luego pasar hambre y miseria. De los tres, tu padre siempre le vio a él, a Uge, el que más éxito tendría… Mira donde ha acabado, fue el que más le decepcionó.
-Tus hijos salvan vidas, mamá, a ver si te enteras.
-Sí, claro, uno, médico de cabecera y el otro construyendo casitas en un pueblucho perdido en mitad de la selva, y tú, tú, bueno… es que no sé, al final, lo qué haces tú, sinceramente… Nunca nos has presentado a algún novio, por lo que me dices, no piensas tener hijos… ¿qué esperas de la vida? ¿Vas a estar deambulando de un sitio para otro siempre? Mira que no siempre va a estar mi casa y la de tu padre para cuando se te antoje venir. Un día volverás y la puerta estará cerrada y mucho me temo, que no va a ser muy tarde…

Se cierra la puerta la puerta de la sala 6 y se oyen unos pasos que se alejan corriendo en medio de la nada. La madre se ha quedado sola sentada en el sofá de cuero negro en frente de su marido. Solo les separa el cristal. Puede verle perfectamente asentir orgulloso a todo lo que le ha dicho a su hija. Esta vez no le podrá decir que ha sido una blanda… Alguien tiene que poner las cosas en su sitio, ahora que él no está.

-Me has dejado sola. Realmente me has dejado sola.
Su 25/03/2011

22 mar 2011

Microrrelatos Cadena Ser



Rutinariamente, intercambio sus pulseras identificativas e inmediatamente los llevan al nido de maternidad. Me encanta ver a los papás y a las mamás como tras el cristal, intentan hacer sonreír al hijo que no es suyo y como del suyo propio, 3 cunitas más allá, pasan olímpicamente. Más aún, cómo les miran pensando que es carne de su carne, sin serlo. A mí nunca me quisieron mis padres y mientras siga yo trabajando en este hospital, a estos niños, tampoco los suyos.

LA BODA DEL PUEBLO



Toda mi familia está dentro del castillo hinchable. Desde aquí, desde el suelo sentada, los voy metiendo. Saltan y saltan cada vez más alto, ríen y uno a uno el castillo se los va tragando. Desaparecen. De fondo está la canción de “Paquito, el chocolatero” que está tocando la orquesta que mi prima Loli ha contratado para su boda. Quizás los meta a todos en el castillo también, con los demás, instrumentos incluidos y hasta el escenario… Primero metí a mis hijos: Fran y Quique. Luego a Paco, mi marido. A Padre y Madre también los metí. Mis dos hermanos, mi cuñado y mis antiguas amigas: la Pura y la Luci. A los novios, también  ¡se acabó la boda!

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Hoy se casa mi prima Loli en el pueblo. Ya lo tengo casi todo preparado. Son las siete de la mañana. No he despertado todavía a los niños, lo haré justo antes de salir. Paco está en la cocina fumando un cigarrillo después del café. La radio está muy alta, yo creo que está quedando sordo. A ver que no se me olvide nada: La ropa de los niños, la otra ropa por si se manchan. El traje de Paco, otra corbata por si se mancha. Los pijamas. El pañal de la noche para el Fran, que en cuanto le saco de casa una noche se me mea en la cama. La ropa del día siguiente para “la tornaboda”, mudas para los niños y para Paco. Crema para el sol, que estos primeros rayos de primavera son los más peligrosos, lo dijeron en ‘Saber Vivir’, el neceser, el calzado… todo. Y ahora los encargos: Los sujetadores de mi hermana Maria Jesús, que en el pueblo no hay de los que sujetan bien y sean bonitos, las zapatillas para madre, que se empeñó en que fueran iguales que las mías. Ayer al final no las tenían en la zapatería del barrio y me tuve que ir a la otra zapatería que tienen en Parla a por ellas. Las gafas de cerca de padre ya graduadas y el segundo par idéntico, por si se las rompe, que las romperá en breve y otra vez tendré que volverlas a encargar. Le llevo a mi sobrina los tres libros de los Vampiros esos que me pidió por su cumpleaños. Las cuatro empanadas para la tornaboda.  ¡Caray con las empanadas!  me quedé hasta las tres de la mañana para hacerlas. Ayer, de camino a Parla, me llamó la Loli para pedírmelas que pensaba que había poca comida y claro, como para decirle que no a la novia. Lo de tener la ‘Thermomix’ ha sido un error. No hago más que cocinar para otros y ni agradecida.  

¡Pero si se me olvidaba mi vestido! Con las prisas de toda la semana ni me lo he probado. Está tal y como lo traje hace tres años de la tintorería, después de la boda de mi hermano el pequeño. Me voy  a retocar el pelo y a maquillarme. Vale, justo acaba de entrar Paco en el baño con ‘El Jueves’ en la mano, hasta dentro de media hora ya no sale. Voy despertando a los niños y dándoles algo de desayunar, aunque no sé si será peor, no sea que se revuelvan por el camino y vomiten. ¡Para qué quiero más…! Paco me mata si le manchan la tapicería de la Picasso nueva.

Hemos llegado al pueblo ya tarde. Quique ha vomitado en el coche y hemos tenido que parar. Según entrábamos por la puerta con las bolsas y los paquetes, Paco ha salido con mis hermanos caminito al bar –estaré donde el Nicasio- me ha dicho. Claro, es el bar que da a la plaza donde está la iglesia. Sin salir, ve llegar y salir a los novios.  Yo a este no le saco del bar en todo el día. Si me saca a bailar será un milagro.  Padre ni me ha saludado y Madre dice que le quedan pequeñas las zapatillas, que se queda las mías. Hace más frío de lo que pensaba y no he traído chaqueta a los chicos. Mi hermana Maria Jesús me ha dejado unas de sus hijas. Se notan que son de niña… pero es peor que cojan frío, ¿no? Como se entere Paco que llevan las chaquetas de sus primas... ¡Le da algo!. Bah, no creo que se dé cuenta. 

Paso a la alcoba de padre y madre. Nos la han dejado a Paco y mí para esta noche. Me abrocho el cinturón del vestido, me lo he tenido que desabrochar para sentarme en el coche. Me queda demasiado estrecho y se han quedado marcadas todas las arrugas alrededor de la tripa.  No sé cómo pude suponer que el vestido me quedaría igual que hace tres años, antes de tener al Fran. Lo peor es que no me he dado ni cuenta. Dios mío, que cansancio llevo encima. Echo un vistazo a la alcoba. Desde que tengo uso de razón, está igual. Me recuesto sólo un minuto en la cama desde donde veo el espejo grande. ¡No me habré mirado yo horas y horas en ese espejo! El único grande que hay en la casa. Me levanto y por una vez en mucho tiempo, me miro detenidamente de arriba abajo. No queda nada de la mujer que era hace diez años. No se me resisten un par de lágrimas, quizás más. Ni me he depilado, lo he olvidado ¡como he podido olvidarme de una cosa así! Oigo a los niños de lejos. Están con mi hermana y madre echando de comer a las gallinas. Corro al baño mientras me seco los ojos con el dorso de la mano.

Cojo una de las cuchillas de afeitar de padre. Me enjabono las piernas y me paso la cuchilla rápidamente. Aprovecho y me la paso también por las axilas. Me seco las piernas con la toalla, también los ojos. Esta toalla lleva con mis padres más que yo misma. Me seco también las axilas, y mientras lo hago, me miro las piernas, que empiezan a brotarle sangre. Me he cortado sin darme cuenta cuatro o cinco veces.  El pelo, no hay forma de recomponerlo y el maquillaje desde las siete de la mañana, se ha absorbido todo y el rímel lo tengo corrido.  Ojalá tuviera un día más. Me compraría un vestido nuevo, unos panties…

Me he tenido que salir de la iglesia con los niños. No hacían más que pegarse. Desde la puerta veo a Paco en el bar. Lleva en la mano el botellín de cerveza. Parece que nació con él puesto. Además lleva un palillo en la boca ¡mira que le tengo dicho q no se ponga el palillo, que me da un asco que no puedo! Si es cuando viene al pueblo se embrutece y mira que la que soy de aquí soy yo y no él… pero esto le encanta, es feliz en el pueblo.

No encuentro a Quique. Fran sigue llorando en mi hombro. Perfecto, ahora tengo una mezcla de babas y mocos en toda la pechera del vestido. Paco viene con Quique de la mano, -ya podías hacerte cargo de él- me dice. Me lo deja, y se vuelve al bar enfadado.

Intento que el Fran no se manche mucho mientras se tira al suelo, yo ya no puedo con él en brazos. El Quique, quiere volver con su padre y me da patadas, también desde el suelo. Los dos están llorando. Y yo de tanto agacharme y levantarme, me doy cuenta que se me ha descosida las presillas de la cintura del vestido. Vamos que me  han estallado. Menos mal que sale mi hermana para echarme una mano.

Entre lo mal que me queda el vestido, el descosido y los mocos de Fran estoy hecha una pena. No me vale nada de lo de María Jesús, así que al final me he puesto un vestido de mi madre. Pensé que me quedaría grande, y sin embargo, me queda perfecto. Eso sí, el modelito es para echarle de comer aparte , pero bueno…  a ver si pasa pronto este maldito día.

La comida ha sido un asco. Paco ha estado casi todo el tiempo en la mesa de los solteros. Ya iba con la copa, bueno… a estas horas ya todos los hombres de la familia van igual. Yo apenas he comido algo. Casi todo el tiempo me he quedado en la mesa de los niños para controlarlos y hacerles comer algo.  

Los zapatos me están matando y la cabeza me está empezando a doler. Los niños no quieren estar sentados. Se levantan, me cogen de la mano. Quieren que les lleve fuera. Han montado un castillo hinchable. Le digo a Paco que les lleve. Me dice que no puede que se van a casa del Nicasio, el del bar, que les va a enseñar unos perros de presa y de paso van a probar un vino que hace él en su bodega. Hoy. No puede ser otro día, tiene que ser hoy.  

Veo a mis amigas del pueblo: la Pura y la Luci. Hacía mucho que no las veía. Desde que me fui del pueblo, perdí contacto y cuando vengo, apenas salgo de casa. Me da rabia reconocer que están bastante guapas. Me miran sonrientes. Seguro que se están riendo de las pintas que llevo.

Mi hermano mayor viene a sacarme a bailar. Otro que va fino. No quiero bailar. Quiero estar un rato sentada en la mesa. Además no quiero pasearme mucho con este vestido. Mi hermano se pone pesado. Me estira del brazo, cada vez más fuerte. Al final me levanta, y del estirón, me caigo encima de él. Se le derrama toda la copa encima de mi vestido. Los dos estamos en el suelo. La gente se ríe, mi hermano se levanta y se vuelve a caer a dos metros. La gente se ríe más. Yo me quedo sentada. No puedo moverme.

Veo a los niños a mi lado, también se están riendo, le ha hecho gracias ver a su madre caerse al suelo. Paco ni se ha dado cuenta.

 Un odio contenido me sube por todo el cuerpo. Veo el castillo hinchable y pienso que si me concentro mucho, mucho, mucho… podría hacer que todo el mundo desapareciera.

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Después de hacer que desaparezcan todos, salgo del restaurante. Tiro por la calle mayor y sigo andando hasta el final, donde está la marquesina de los autobuses de línea. A punto de salir está el que va a Madrid y te deja en la Estación Norte. Son las cuatro de la tarde. Me da tiempo de sobra para llegar a casa, tomar un baño e ir a comprarme algún vestido. También me pasaré por la peluquería, que me corten el pelo y me maquillen de nuevo. Luego me voy a ir a cenar tranquilamente y después al cine. Este va a ser el plan de esta tarde.

Mañana volveré al pueblo. Desenchufaré el castillo hinchable y según se vaya deshinchando recuperaré a toda mi familia. Pero no hoy.         

4 mar 2011

PUNTOS SUSPENSIVOS


Abro la puerta de mi casa y allí plantado está Félix. Lleva el traje arrugado y el pelo despeinado. A modo de bandolera le cuelga una bolsa de deporte pasada de moda. La cremallera está abierta y le sobresale lo que parece la manga de una camisa. Tiene la cara hinchada y los ojos rojos y llorosos. Está espantoso.

-Eva, he dejado a mi mujer- dice mientras se sorbe los mocos.

Me quedo estupefacta y sin saber muy bien qué decir o hacer le digo:

-Pasa, no te quedes en la puerta. Siéntate. Me cambio en un segundo y ahora hablamos. No tardo nada, tú, tranquilo.

Cierro tras de mí la puerta de mi dormitorio. Apoyo la espalda y me voy escurriendo hasta quedarme sentada en el suelo. Mi cabeza va a mil por horas. Veo la cama de matrimonio, mi escritorio, las estanterías con mis libros. La puerta del baño está abierta. Puedo ver mi cesta con las pinturas y los cepillos. Todos mis perfumes y la colección de cajitas con mis anillos y pulseras. El armario donde guardo mis anticonceptivos, los tampax, la cera depilatoria y mi pintauñas. Sobre el lavabo, mi taza de Dublín y dentro mi cepillo de dientes con la pasta.

Ya está, ya la he dejado… bueno, dejar, dejar… ¡Maldita Elena! ¿Pues no me dice que se ha enamorado de otra persona y que sabe que yo tengo un lío desde hace tiempo y que me da vía libre…? pero claro, que ella se queda con la casa y los niños. Lo tenía todo bien pensado. Antes de irme, me ha dado la tarjeta de un abogado y escrito a mano, la fecha y hora de la cita. Dios mío, qué trago. Ha sido horrible. He perdido la cabeza. La he agarrado por los hombros, la he empujado, la he amenazado, no ha querido decirme quién es él. ¡Será mentirosa! ¡A saber desde cuando lleva engañándome! Luego ella me ha tirado la bolsa con la ropa  y me ha chillado que me largara. Ahí ya no he podido más: me he arrodillado, he suplicado, he llorado, he intentado besarla, abrazarla, la  he rogado que no me echara… “Ya es tarde” me ha dicho. Y no sé cómo, ya me encontraba en el descansillo del portal.

-Eva, cariño,  me sirvo una copa. La necesito.

-Sí, claro, yo salgo ahora.

Puedo ver como mi cuarto se transforma: La cama la tendré que compartir (tengo que elegir el mejor sitio, yo creo que el que está al lado de la ventana…  o mejor el que está al lado del baño, joder… me gustan los dos…). Tendré que vaciar un par de cajones de mi escritorio, ¡AH! Y esconder mi diario. Los libros se quedan donde están, no puedo prescindir de ninguno. Ahí sí que no puedo hacer sitio. Y el baño, joder, tengo que dejar claro que hay unas normas de limpieza, si va a estar aquí por un tiempo… tendrá que acatarlas y colaborar, esto no va a ser como cuando viene los viernes, aunque por otra parte, casi prefiero encargarme yo sola de la limpieza y que él no ande tocando mis cosas…

Esta es la segunda copa  que me tomo. Estoy seco. Vaya, qué pocos hielos hay. Rellenaré la cubitera más tarde. ¡Pobre Eva! parecía sorprendida, yo diría que hasta emocionada. A punto de llorar. Seguro que se está poniendo guapa para mí… En fin, las cosas vienen como vienen y ahora tengo que comenzar una nueva vida. Este piso es pequeño para los dos, pero no me queda otra. Con lo que tendré que pasar de pensión a Elena, no podré permitirme muchos lujos y menos cambiar de casa a una más grande. No importa, aquí estaremos bien. Lo peor… cuando vengan los niños los fines de semana que me toquen. Estaremos un poco estrechos, pero será hasta divertido. 

-Eva, ¿tienes por ahí un cenicero?

-En el mueble bar, pero es decorativo, ya sabes que en mi casa no se fuma…

¿Cuánto tiempo se quedará? Espero que no mucho, este apartamento es muy pequeño, tendrá que alquilarse algo y que esté cerca de sus dos hijos… Todos estos años esperando este momento y ahora… Al principio discutíamos mucho porque yo quería que se separara, pero según él, había que esperar el momento apropiado; momento que nunca llegaba. Yo perdí la esperanza y dejamos de discutir, poco a poco dejamos de hablar de un futuro en común, yo lo asumí, y él parecía feliz con mi decisión. Se diría que estaba a gusto tal y como estaban las cosas. 

Yo también lo estaba, sin embargo los últimos meses han sido monótonos, la rutina se ha acomodado entre nosotros y yo he empezado a salir con otros hombres. Yo intuía que el fin estaba cercano… Y de la noche a la mañana, viene y me dice que ha dejado a su mujer.

Me voy a fumar un pitillo. A Eva no le importará que fume aquí, después de la que he hecho por ella, por nosotros…  La tele de plasma es de pocas pulgadas, pero al menos tiene el Marca TV y el Tele deporte. Perfecto. El sofá comodísimo, como siempre. Me traeré mi terrario. Elena siempre lo odió. Lo pondré ahí, donde los Cd´s y el equipo de música. También me traeré la cinta de correr. Haré deporte aquí en casa y así me quito el gasto del gimnasio, hay que prescindir de gastos innecesarios. Además… ahora que no estaré tanto tiempo con los niños, podría retomar el aeromodelismo. Las maquetas las podría poner en la librería del dormitorio. Seguro que a Eva le encantan.

Nunca pensé que fuera capaz de dejar a su mujer, la verdad… Y me extraña. Le conozco y no es precisamente una persona valiente para afrontar este tipo de decisiones. ¡Y con esas pintas! Seguro que lleva horas llorando. De todas formas, estoy yendo muy rápido…. Es posible que se reconcilie con su mujer. Por su cara yo diría que está hecho polvo, seguro que la sigue queriendo muchísimo. ¿Y los niños? lo va a pasar mal sin ellos, tendría que replanteárselo detenidamente. Lo hablaré con él esta noche. Tiene que darle otra oportunidad a su matrimonio.

Voy a la nevera a picar algo, con tanto sofoco, me ha entrado hambre. ¡Ostias, el cenicero! se me ha caído encima de la alfombra, joder. Justo cuando Eva sale del dormitorio. Qué raro, sigue con el albornoz. Me mira y mira el cenicero caído sobre la alfombra.


2 mar 2011

¡QUE VIENEN LOS ROJOS!


Son casi las doce de la Noche, mamá está acostada. Parece que sueña.

“Por lo menos ya son las seis de la tarde, el sol está cayendo y algunos jornaleros están recogiendo, otros aseándose. Los más rápidos están con Jorge echando cuentas de la paga. Me afano con la Herminia, todavía no hemos puesto la mesa y hoy somos dieciséis para cenar. Se acabó la vendimia. Ha sido una buena cosecha, así que hemos invitado a todos los jornaleros a cenar. Muchos marchan a Madrid a buscar trabajo. Aquí ya no hay nada más que hacer. A mí también me gustaría ir a Madrid ahora que viene el invierno, los días tan cortos… Menos mal que está Elvirita. Con ella no me da tiempo a aburrirme. Además, papá y mamá dicen que Madrid se está volviendo muy peligrosa por los republicanos. Ya les han entrado en casa cuatro veces en lo que va de año, roban y destrozan principalmente.

De pronto entra en la cocina Jacinta, la hija de Herminia. Es una niña, pero es tan espabilada que parece mayor. Tiene la cara desencajada, apenas puede hablar. Atropelladamente grita:

-¡Los rojos, que vienen los rojos! Están a cinco minutos. Vienen cinco o seis y todos armados.
-Corre Herminia, descuelga el crucifijo y mételo en el arcón, debajo de las sábanas buenas. Jacinta, los misales de mi dormitorio. Los guardas en el mismo sitio.

Mientras yo, corro al cuarto de la niña. Elvira duerme plácidamente en la cama. Al lado, leyendo, está mi hermano.

-Enrique, corre, viene un grupo de rojos, están al caer, al escondite, venga... No dejes nada a la vista, por Dios, llévate contigo la Biblia, que no la puedan encontrar cuando busquen.

Miro por la ventana, ya han llegado. Veo a mi marido hablar con uno de ellos. Es Roque, fuimos los tres juntos al colegio. Jorge intenta evitarles el paso a la casa y Roque le pega con la culata de la escopeta en todo el estómago y ya en el suelo, le vuelve a golpear en la cabeza. Entran en la casa, llegan hasta la cocina. Roque se apoya en la puerta. Me mira de arriba abajo y me dice mientras sonríe:

-¡Buenas noches, Carmencita! ¿Qué has hecho hoy de cenar? ¡Huele que alimenta y hoy todavía no he cenado! Ando buscando a tu hermanito, el cura. ¿No estará por casualidad aquí? que mucho hablar de austeridad y ayudar al pobre, pero desde luego no predica con el ejemplo, bien que se ha estado metiendo entre pecho y espalda tus guisos y los de todas las beatas de la parroquia… Sé que está en tu casa y voy a encontrarle hoy aunque tenga que recorrer milímetro a milímetro la casa… ¡Padre Enrique! ¡Padrecito! más vale que te encomiendes a tu Dios que falta te va a hacer… ¿Qué haces Carmencita… No estarás rezando?

-“Dios mío, no permitas que lo encuentre, él es bueno, siempre ha sido bueno, que no miren en el sótano, que no lo busquen allí… Dios te salve María, llena eres de Gracia, el señor es contigo…”


Me voy a la cama, estoy rendida… pero antes me acerco a la habitación de Álvaro que duerme a pierna suelta, destapado como siempre. Luego oigo unos ruidos que vienen de la habitación de mamá. Entro. Está destapada. No me extraña; No para de moverse. Recojo las sábanas por un lado, el edredón por otro. Se los coloco, la tapo. La miro, parece intranquila yo creo que está teniendo una pesadilla. No para de murmurar:

-¡Los rojos, que vienen los rojos…!  (qué manía le ha dado con “los Rojos”)… Dios te salve María… (ahora se pone a rezar)…

Pobrecita… Me siento en su cama, la acaricio la cara mientras la susurro, “tranquila, tranquila…”, parece que se calma. Me tumbo a su lado, un ratito, la abrazo, como hacía ella conmigo cuando era yo la que tenía pesadillas. Ahora es como una niña pequeña. Es todo huesos, se ha quedado delgadísima, con lo que era ella… Me quedo un rato más hasta que noto que se serena y se queda profundamente dormida. Me levanto y me voy a mi cuarto. Me quito la bata, las zapatillas, me tomo el “lexatín” y me acuesto.

-¿Cómo está el niño?- me pregunta Antonio.
-Durmiendo como un ceporro.
-¿Y tu madre?
-Bien, tenía una pesadilla, pero ahora está tranquila, duerme.
-Elvira… tienes que plantearte lo de la residencia. Por ella, por nosotros, por Álvaro… Hoy podríamos haber tenido un disgusto. ¿Y si se vuelve a dejar el fuego encendido? Hoy estábamos nosotros pero y si lo vuelve a hacer cuando esté sola?

Sé que tiene razón, pero apago la luz y le doy la espalda sin darle un beso de buenas noches.

-Venga, Elvira, no te enfades. Ya sé que es una decisión difícil, pero creo que es lo mejor. También tienes que mirar por ti. Cada vez que la bañas te destrozas la espalda. Además de señalada por todos los lados. Con el tema del aseo, se está volviendo muy violenta.
-Sabes que no es consciente de que me pega. Es la enfermedad- Le digo ofendida.
-Ya lo sé, Elvira. Por eso mismo creo que es mejor llevarla a una residencia como la que vimos, que además está especializada en Alzheimer. Por otra parte, no olvides que fue ella quien te dijo lo de la Residencia cuando se enteró de lo que tenía. Tiene dinero de sobra para pagar el mejor centro y todas las atenciones que merece. Va a estar mejor que en casa, pero es tu madre, eres tú quien debe decidirlo. Piénsalo detenidamente. 

Son las dos de la mañana. No sé para que me tomo el “lexatín”, no me hace nada. Llevo dos horas sin pegar ojo… No se me va de la cabeza mi madre. No sé qué hacer con ella, sinceramente. Con lo fuerte que ha sido toda su vida, con lo que ha sufrido y con todo lo que se ha tenido que enfrentar. Ha sobrevivido a una guerra, al asesinato de su marido y su hermano a la vez, a manos de los republicanos. Me crió sola y sacó adelante la casa con las viñas. Nunca la he visto llorar y ahora no para de hacerlo. Está desubicada. Se ha perdido tres veces en menos de un mes. Menos mal que la conocen todas las vecinas. Cada vez se desorienta más… Quiere salir a hacer la compra por la noche… y por la mañana me dice que se va a acostar, que ya ha anochecido…. Yo no sé qué hacer para ayudarla…

Quizás Antonio lleve razón… La residencia, la verdad es que está fenomenal. Y siempre estaría atendida por personal especializado… yo sola, a veces no puedo…  ¿Y si pido una excedencia en la empresa para cuidarla?  Con el dinero que cuesta la residencia podría contratar a una enfermera a tiempo total, que me ayudara con ella… No sé, no sé… realmente no sé qué hacer y tampoco la puedo preguntar a ella como siempre he hecho. En fin, lo hablaré con Antonio mañana. Ahora mismo no puedo pensar con claridad y además, gracias a dios,  me está entrando mucho sueño.

A la media hora, caigo en un duerme-vela. No puedo abrir los ojos, y la realidad con el sueño se mezclan. En el sueño está mi tío, el cura, al que llegué a conocer pero no recuerdo, también está papá, vestido con el traje de la boda. Está igual que en las fotos de mamá que tantas veces he mirado con ella. También sueño con Herminia, la mujer que vivió conmigo y con mi madre hasta que nosotras nos trasladamos a Madrid, al piso de los abuelos. Está Jacinta, la hija de Herminia. Es un amor, seguimos teniendo bastante contacto. Es una buena amiga y quiere mucho a mamá, es como su segunda madre… mamá también está en el sueño, pero no hace más que llorar y llorar, y yo no puedo consolarla… De pronto alguien me saca de ese sueño que se está convirtiendo en pesadilla. Me coge de los hombros. Es mi madre y está sentada en la cama, a mi lado:

-Elvira, hija mía, despierta, es sólo una pesadilla. Mamá está aquí. Tú, tranquila.

Está mirándome a los ojos, me sonríe. Está guapa. Hay dulzura en su mirada. Son cinco segundos, los más hermosos… Luego desvía la mirada. Mira por la ventana. Se levanta, moviendo la cabeza:

-Me voy a comprar el pan. Vuelvo en un ratito.