Nunca me gustaron los niños pero pensé que a lo largo de los nueve meses de embarazo, me entraría el instinto maternal. Mes tras meses lo intentaba; miraba a los recién nacidos, con ganas de conmoverme, miraba las caras sonrientes de las madres noveles y quería reconocerme en ellas, pero no sentía nada. Las noches eran lo peor, tenía insomnio, ardores y no encontraba una posición cómoda para dormir, así que no hacía más que preguntarme “¿y si no tengo instinto maternal?” “¿y si nunca llega?”.
A medida que me tripa crecía, me alejaba más de aquel ser que irrumpía irremediablemente en mi vida y sin embargo su no-presencia lo llenaba todo; No sólo mi cuerpo sino mi casa. El estudio, que tenía lleno de librerías con libros, fueron sustituidas por una cuna, un moisés, una cómoda y una mecedora, todo adornado con tul, seda, lazos y todo envuelto con una cenefa horripilante de Disney. El armario de los abrigos lo llenamos de trajecitos de primera puesta de organza y crochet y del trastero, sacamos las bicis y metimos el carro, el maxi-cosi, y el cuco.
A lo que cogí realmente manía, aparte de al olor de los geles, los champus y la leche caliente, fue a las revistas de bebés. Eran pura ciencia ficción. Describían lo perfecto, fácil y maravilloso que era el ser madre y sin embargo no te contaban nada sobre los cambios que sufría tu cuerpo, tu ánimo, las varices, estrías, episiotomía, desgarros, almorranas y grietas en los pechos. Por no contar la inexistencia de la conciliación familiar. Presentía el desastre y eso me hacía retraerme y sentirme más sola que nunca mientras mi extraña iniciaba la cuenta atrás.
Y de repente, un frío viernes, 1 de Diciembre, mientras preparaba la cena para un grupo de amigos en casa, la extraña llegó al cero y decidió que ya era hora de salir. Había preparado pasta y a las nueve llegaron puntuales los primeros amigos, Leo y Celia. En el momento en que abría la puerta y me disponía a darles dos besos y coger la botella de vino que desde la puerta me ofrecían, noté como algo, en mi vientre, se rompí, y un líquido húmedo empapaba los pantalones y yo, inevitablemente no podía hacer nada, sólo disimular. Estaba rompiendo aguas.
Apenas besé a mis amigos, entré en el baño y cerré con llave. Cuando pensaba en el desencadenante del parto, nunca pensé que se fuera a adelantar tres semana, y además rompiera aguas. Era demasiado típico y era sobretodo demasiado pronto… De lejos escuchaba a mi marido mostrando una a una todas las ecografías de la pequeña que me había hecho durante el embarazo, decía que la frente y mentón eran iguales a los de su familia. Luego se fue con Leo a enseñarles el carro, que si los frenos, que si el ajuste isofix para el coche, lo último en seguridad, el freno de emergencia, “¿ tenía todo eso el carro?”.
Del baño me fui a mi dormitorio y me cambié. Bajé y empecé a organizar la mesa para la cena. Serví unos entrantes, el vino, encendí unas velas, puse música y comencé a notar como ese líquido caliente se deslizaba entre mis piernas de nuevo.
-¿Estás bien? Tienes la cara desencajada. Me dijo Celia.
Lo siguiente que recuerdo es a mi marido besando y estrechando la mano a todos nuestros amigos, despidiéndose, recogiendo la maleta, el coche por la M-40, la entrada al hospital por Urgencias, a mí tumbada en una camilla de ginecología y el médico de turno confirmando que efectivamente había roto aguas, la silla de ruedas por los pasillos de maternidad y la habitación blanca inmaculada, con las sabanas ásperas y un suelo frío y viejo. Me faltaba el aire. Creo que era la primera vez en mi vida que estaba ante una situación en la que no sabía qué hacer o la primera situación en mi vida, que sí sabía pero no quería hacerlo. Desde luego, lo que estuviera pasando me paralizaba. Mi marido me ayudó a acostarme y empezó a recordarme todo lo que habíamos aprendido en las clases de preparación al parto. Luego me dijo que nunca me vio tan dócil a una orden suya…
Yo no podía dejar de mirar el suelo, de mármol con manchas grises y negras, era igualito al suelo que teníamos en la cocina de la casa de mis padres, empecé a marearme , a sentir un calor sofocante y a la vez un dolor intenso en el bajo abdomen que apenas me dejaba respirar. Pensé en mi madre, que había tenido seis hijos. Hace unas semanas le pregunté mientras me ayudaba a hacer la cena:
-¿No tuviste miedo antes de parir?
-¡Qué va, si no duele tanto! Todas las mujeres pasan por eso y ya ves, casi todas repiten ¡mira yo! Además cuando te ponen al bebé en el pecho ni te acuerdas del dolor. Todo se te pasa.
-No, no me refiero al dolor, sino a lo que viene después. Cuando sales del hospital.
-¿A qué te refieres, a los puntos? Si se curan enseguida, hija….
-Bueno, sí, a eso, a los puntos… Y quisiste a todos tus hijos desde el primer momento? No hubo alguno que no quisieras? O que quisieras poco?
-¡Cómo no vas a querer a tu hijo! qué preguntas haces, pues claro, que los quieres, darías tu vida por ellos. Déjame que bata yo los huevos, se te está derramando todo… Ves al sofá y descansa un rato, y ya verás, que el parto, no es para tanto…!
El dolor que yo creía intenso, no era comparable con los que siguieron la hora siguiente, parecía una competición de contracciones, a ver cuál era la más dolorosa y más larga. Yo siempre he sido un poco jabata, aguanto bien el dolor, así que cuando pensé que mi dosis de soportar el dolor había llegado a su límite, le dije a la enfermera:
-Quisiera la epidural YA, por favor. ¿Cuántos centímetros he dilatado?
-A ve, cielo, tres centímetros.
-¿Tres putos centímetros en cuatro horas de dolor?
Si algo soy, es práctica, así que, decidí disfrutar de lo poco que me quedaba de mi individualidad... drogada. Si la vendieran en unidosis en la farmacia, estaría enganchada. A pesar de todos los adelantos de la ciencia en el campo de la medicina, un parto sigue siendo algo desgarrador, pura naturaleza animal… Y la epidural, es lo que lo convierte en Humano.
Pasaron otras cuatro horas más y de repente la puerta se abrió y la matrona entró con decisión. Miró los monitores, calibró y por debajo de las sábanas, sacó la mano enfundada en un guante ensangrentado, “ AL PARITORIO, las pulsaciones del bebé no son estables”.
La cama volaba desafiando a todas las esquinas de los pasillos, largos y asépticos. Al entrar al quirófano, un frío intenso me acogió y en medio, la camilla con los estribos. No podía dejar de recordar la frase de la matrona “ las pulsaciones del bebé no son estables…” Al instante pensé que era un castigo de Dios, por no querer dar la vida por mi hija, como mi madre hubiera hecho por mí o cualquiera de mis hermanos, o era un castigo, por no quererla en todo este tiempo. Luego pensé que era atea así que Dios no tenía nada que ver. Dejé de cavilar, aparté todos esos pensamientos esquivos y contradictorios y empecé a prestar atención a los que mi ginecóloga y mi marido me pedían. Empujé con todas mis fuerzas y noté como se deslizaba entre mis piernas un pedazo de mí. Mi ginecóloga, como una brillante malabarista me entregó a mi hija y yo la tomé en brazos muerta de miedo. La miré y pensé que era efectivamente una extraña pero también una personita perfecta a la que ansiaba conocer y desde luego, la frente y el mentón, eran míos.
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