Son casi las doce de la Noche, mamá está acostada. Parece que sueña.
“Por lo menos ya son las seis de la tarde, el sol está cayendo y algunos jornaleros están recogiendo, otros aseándose. Los más rápidos están con Jorge echando cuentas de la paga. Me afano con la Herminia, todavía no hemos puesto la mesa y hoy somos dieciséis para cenar. Se acabó la vendimia. Ha sido una buena cosecha, así que hemos invitado a todos los jornaleros a cenar. Muchos marchan a Madrid a buscar trabajo. Aquí ya no hay nada más que hacer. A mí también me gustaría ir a Madrid ahora que viene el invierno, los días tan cortos… Menos mal que está Elvirita. Con ella no me da tiempo a aburrirme. Además, papá y mamá dicen que Madrid se está volviendo muy peligrosa por los republicanos. Ya les han entrado en casa cuatro veces en lo que va de año, roban y destrozan principalmente.
De pronto entra en la cocina Jacinta, la hija de Herminia. Es una niña, pero es tan espabilada que parece mayor. Tiene la cara desencajada, apenas puede hablar. Atropelladamente grita:
-¡Los rojos, que vienen los rojos! Están a cinco minutos. Vienen cinco o seis y todos armados.
-Corre Herminia, descuelga el crucifijo y mételo en el arcón, debajo de las sábanas buenas. Jacinta, los misales de mi dormitorio. Los guardas en el mismo sitio.
Mientras yo, corro al cuarto de la niña. Elvira duerme plácidamente en la cama. Al lado, leyendo, está mi hermano.
-Enrique, corre, viene un grupo de rojos, están al caer, al escondite, venga... No dejes nada a la vista, por Dios, llévate contigo la Biblia, que no la puedan encontrar cuando busquen.
Miro por la ventana, ya han llegado. Veo a mi marido hablar con uno de ellos. Es Roque, fuimos los tres juntos al colegio. Jorge intenta evitarles el paso a la casa y Roque le pega con la culata de la escopeta en todo el estómago y ya en el suelo, le vuelve a golpear en la cabeza. Entran en la casa, llegan hasta la cocina. Roque se apoya en la puerta. Me mira de arriba abajo y me dice mientras sonríe:
-¡Buenas noches, Carmencita! ¿Qué has hecho hoy de cenar? ¡Huele que alimenta y hoy todavía no he cenado! Ando buscando a tu hermanito, el cura. ¿No estará por casualidad aquí? que mucho hablar de austeridad y ayudar al pobre, pero desde luego no predica con el ejemplo, bien que se ha estado metiendo entre pecho y espalda tus guisos y los de todas las beatas de la parroquia… Sé que está en tu casa y voy a encontrarle hoy aunque tenga que recorrer milímetro a milímetro la casa… ¡Padre Enrique! ¡Padrecito! más vale que te encomiendes a tu Dios que falta te va a hacer… ¿Qué haces Carmencita… No estarás rezando?
-“Dios mío, no permitas que lo encuentre, él es bueno, siempre ha sido bueno, que no miren en el sótano, que no lo busquen allí… Dios te salve María, llena eres de Gracia, el señor es contigo…”
Me voy a la cama, estoy rendida… pero antes me acerco a la habitación de Álvaro que duerme a pierna suelta, destapado como siempre. Luego oigo unos ruidos que vienen de la habitación de mamá. Entro. Está destapada. No me extraña; No para de moverse. Recojo las sábanas por un lado, el edredón por otro. Se los coloco, la tapo. La miro, parece intranquila yo creo que está teniendo una pesadilla. No para de murmurar:
-¡Los rojos, que vienen los rojos…! (qué manía le ha dado con “los Rojos”)… Dios te salve María… (ahora se pone a rezar)…
Pobrecita… Me siento en su cama, la acaricio la cara mientras la susurro, “tranquila, tranquila…”, parece que se calma. Me tumbo a su lado, un ratito, la abrazo, como hacía ella conmigo cuando era yo la que tenía pesadillas. Ahora es como una niña pequeña. Es todo huesos, se ha quedado delgadísima, con lo que era ella… Me quedo un rato más hasta que noto que se serena y se queda profundamente dormida. Me levanto y me voy a mi cuarto. Me quito la bata, las zapatillas, me tomo el “lexatín” y me acuesto.
-¿Cómo está el niño?- me pregunta Antonio.
-Durmiendo como un ceporro.
-¿Y tu madre?
-Bien, tenía una pesadilla, pero ahora está tranquila, duerme.
-Elvira… tienes que plantearte lo de la residencia. Por ella, por nosotros, por Álvaro… Hoy podríamos haber tenido un disgusto. ¿Y si se vuelve a dejar el fuego encendido? Hoy estábamos nosotros pero y si lo vuelve a hacer cuando esté sola?
Sé que tiene razón, pero apago la luz y le doy la espalda sin darle un beso de buenas noches.
-Venga, Elvira, no te enfades. Ya sé que es una decisión difícil, pero creo que es lo mejor. También tienes que mirar por ti. Cada vez que la bañas te destrozas la espalda. Además de señalada por todos los lados. Con el tema del aseo, se está volviendo muy violenta.
-Sabes que no es consciente de que me pega. Es la enfermedad- Le digo ofendida.
-Ya lo sé, Elvira. Por eso mismo creo que es mejor llevarla a una residencia como la que vimos, que además está especializada en Alzheimer. Por otra parte, no olvides que fue ella quien te dijo lo de la Residencia cuando se enteró de lo que tenía. Tiene dinero de sobra para pagar el mejor centro y todas las atenciones que merece. Va a estar mejor que en casa, pero es tu madre, eres tú quien debe decidirlo. Piénsalo detenidamente.
Son las dos de la mañana. No sé para que me tomo el “lexatín”, no me hace nada. Llevo dos horas sin pegar ojo… No se me va de la cabeza mi madre. No sé qué hacer con ella, sinceramente. Con lo fuerte que ha sido toda su vida, con lo que ha sufrido y con todo lo que se ha tenido que enfrentar. Ha sobrevivido a una guerra, al asesinato de su marido y su hermano a la vez, a manos de los republicanos. Me crió sola y sacó adelante la casa con las viñas. Nunca la he visto llorar y ahora no para de hacerlo. Está desubicada. Se ha perdido tres veces en menos de un mes. Menos mal que la conocen todas las vecinas. Cada vez se desorienta más… Quiere salir a hacer la compra por la noche… y por la mañana me dice que se va a acostar, que ya ha anochecido…. Yo no sé qué hacer para ayudarla…
Quizás Antonio lleve razón… La residencia, la verdad es que está fenomenal. Y siempre estaría atendida por personal especializado… yo sola, a veces no puedo… ¿Y si pido una excedencia en la empresa para cuidarla? Con el dinero que cuesta la residencia podría contratar a una enfermera a tiempo total, que me ayudara con ella… No sé, no sé… realmente no sé qué hacer y tampoco la puedo preguntar a ella como siempre he hecho. En fin, lo hablaré con Antonio mañana. Ahora mismo no puedo pensar con claridad y además, gracias a dios, me está entrando mucho sueño.
A la media hora, caigo en un duerme-vela. No puedo abrir los ojos, y la realidad con el sueño se mezclan. En el sueño está mi tío, el cura, al que llegué a conocer pero no recuerdo, también está papá, vestido con el traje de la boda. Está igual que en las fotos de mamá que tantas veces he mirado con ella. También sueño con Herminia, la mujer que vivió conmigo y con mi madre hasta que nosotras nos trasladamos a Madrid, al piso de los abuelos. Está Jacinta, la hija de Herminia. Es un amor, seguimos teniendo bastante contacto. Es una buena amiga y quiere mucho a mamá, es como su segunda madre… mamá también está en el sueño, pero no hace más que llorar y llorar, y yo no puedo consolarla… De pronto alguien me saca de ese sueño que se está convirtiendo en pesadilla. Me coge de los hombros. Es mi madre y está sentada en la cama, a mi lado:
-Elvira, hija mía, despierta, es sólo una pesadilla. Mamá está aquí. Tú, tranquila.
Está mirándome a los ojos, me sonríe. Está guapa. Hay dulzura en su mirada. Son cinco segundos, los más hermosos… Luego desvía la mirada. Mira por la ventana. Se levanta, moviendo la cabeza:
-Me voy a comprar el pan. Vuelvo en un ratito.
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