Cuando estabas fuera, de viaje, sobre todo al principio, te echaba terriblemente de menos, así que, empecé a trabajar en la granja, no sólo en la gestión administrativa, sino en las faenas propias con los animales. Empecé dando de comer al ganado, a medida que seguías viajando, fui encargándome de más tareas y así, hoy, forma parte de mi rutina el levantarme a las cinco de la mañana, ir a los establos, limpiar y desinfectar toda la maquinaria, alimentar a las vacas, controlar el proceso de ordeñe, comprobar la calidad de la leche y los tanques de almacenaje, limpiar cada habitáculo, alimentar y cuidar a los terneros jóvenes y entre una cosa y otra, atiendo al que se pase por la granja, ya sea el veterinario, los de calidad, los de sanidad y los camioneros que vienen a recoger tanques llenos de leche.
Por supuesto, no estoy sola completamente, también están tu padre, tus dos hermanos y cinco empleados más, pero es lo mismo que estar sola. Descansamos por turnos, y cuando faenamos, cada uno está a lo suyo. Hoy no ha parado de llover. Cuando he entrado en casa se me ha olvidado quitarme las botas de agua, así que he dejado un reguero de agua, barro y estiércol. No sé para qué limpiarlo, luego entrarán tu padre y tus hermanos y lo mancharán otra vez. No hablan mucho, pero desde luego dan por sentado que la casa, también la llevo yo. Así me pasa, que a las ocho de la tarde estoy derrotada.
Pongo la cafetera italiana y caliento en el micro la leche. Mientras espero, miro en la esquina de la encimera arrinconada, la Nespresso. Sabes que es uno de mis lujos al que no quise renunciar, formando parte de mis pocos enseres personales. Pero ya no la uso. Estos meses me han enseñado que no entro en calor si no es con un tazón de café con leche y la Nespresso, se me queda pequeña. Saco la taza, le echo el café y el azúcar y me siento en la mesa. Sorbo el primer trago. Qué reconfortante. Es ahora cuando se me relajan las piernas y me doy cuenta de lo cansada que estoy. Ha parado de llover. Miro el teléfono, desvío la mirada y miro la alianza en el dedo. Me hacen pensar en tu llamada del lunes.
-Hola Nena, ¿cómo estás? Tengo dos noticias: una mala y una buena. Primero la mala. Los canadienses no están interesados en la leche. La buena: dejamos Asturias, nos olvidamos de las vacas, que se queden nuestra parte mi padre y mis hermanos.
-¿Qué, que nos vamos? ¿Cómo que se quede tu familia nuestra parte? ¡Es lo único que tenemos!
-Bueno ¡pues se la venderemos!
-Y ¿por qué no están interesados? Tú dijiste que ibas a firmar el contrato, que todo estaba hecho. ¿Por qué se han echado atrás?
-Y ¿qué se yo? Pero ¿qué nos importa? Espera que te sigo contando la buena noticia, nena y cuando acabe, no querrás saber nada de las vacas ni de la granja. Agárrate… ¿estás sentada?: Tú y yo… ¡nos vamos a Toronto!
-¿A Toronto?
-Como lo oyes, preciosa. Me han ofrecido un puesto ejecutivo en la George Weston, cuatro veces más grande que cualquier empresa lechera española. Necesitan una persona con mi perfil. Me han ofrecido mucha pasta, coche y casa. Canadá te encantará. Hace un frío del carajo pero totalmente diferente a Llanes. Aquí no te aburrirás, he conocido a las mujeres de los que serán mis compañeros y son encantadoras. Están deseando que vengas, hacen cenas, fiestas en casa, organizan mercadillos... además no tendrás que trabajar. Con lo que gane yo, tendremos suficiente para vivir holgadamente los dos. ¿Qué? ¿Cómo te has quedado? ¿De piedra, no? Nena, ¿Sigues ahí?
-Sí, sólo es que me pillas de sorpresa… ¿Toronto? ¡Está lejísimos! ¿has aceptado ya? No me has consultado… es una decisión muy importante…
-¿Qué hay que consultar? La granja no funciona, no paramos de trabajar, sobre todo tú. Ahora tenemos la oportunidad de dejar ese pueblo perdido de la mano de dios. Toronto es más parecido al Madrid que tanto añoras. Podremos ir a cines y teatros, sin tener que recorrer 20 kilómetros de curvas. Vida urbana, por fin, otra vez.
-Pero ¿por qué no volvemos a Madrid? Desde que nos fuimos no hemos parado de mudarnos de un sitio a otro. Primero Málaga, luego Llanes y ahora Toronto. Y ¿qué pinto yo allí?
- ¿Disfrutar de la vida? Podrías retomar tu carrera. Plantéate dar clases de cocina o quizás podrías abrir un restaurante de comida española. No creas que no he pensado en ello. Me he estado fijando y no hay restaurante españoles, al menos de calidad y a éstos les encanta todo lo español y salir a cenar fuera y créeme, pagarán por ello y cuando prueben tus platos, más.
Han pasado tres días desde tu llamada. Cojo el café y me voy al salón donde está la chimenea encendida. Me siento en frente del escritorio donde se acumulan facturas pendientes de contabilizar en los libros, papeles del banco, presupuestos de maquinaria nueva... Veo las anotaciones para hoy en la agenda: “Comprar 6 sacos de pienso vitamínico y llamar al veterinario”. Igual que mi agenda cuando vivía en Madrid… Bueno, puede esperar… Lo haré mañana.
Aparto todos los papeles y enciendo el ordenador. Desde el lunes no he vuelto a pensar en Toronto. Creo que ya es hora. Cruzo los dedos para que funcione Internet; Sí, parece que esta vez, va. Entro en la página de Google y tecleo “Toronto, Canadá, restaurantes españoles”. Es la misma escena vivida, cuando desde mi piso en Argüelles hace cuatro años, tecleaba “Málaga, Bar de Copas”, y más tarde, desde el bar en Málaga, “Llanes, explotación lechera”.
Tienes razón, Ricardo. No hay muchos restaurantes y los pocos que hay, son bastante cutres. Sigo navegando, miro el índice de riqueza del país… es realmente alto y Toronto es una de las ciudades de Norteamérica mejores para vivir, baja tasa de criminalidad, avanzadas infraestructuras… Se habla francés e inglés… eso está bien, así puedo practicar los dos idiomas que dejé aparcados después de la Universidad… los paisajes son extraordinarios, muy bellos…. El tiempo… uf, es horrible, hace muchísimo frío, no sé si podré aguantar ese clima y tanta nieve… aunque lo prefiero a la humedad y la lluvia de Asturias. Vaya, el ordenador se ha quedado colgado, qué fastidio, tengo que reiniciarlo, con lo que tarda...
Mientras espero, miro a través de la ventana. Estoy harta de los días grises, llenos de nubarrones. De las botas de agua llenas de barro. De las vacas… partirme la espalda a trabajar… Cuando hecho la vista atrás, no entiendo como pude hacerme cargo de la granja. Pero claro, Ricardo tu me convencías de todo, me decías que era realmente fácil. Tu padre y tus hermanos se encargarían de la parte más dura, la mano de obra, y tú y yo nos encargaríamos de organizar las cuentas y estudiar el modo de triplicar los beneficios de la granja a través de subvenciones y exportando la leche. En cuanto llegamos, empezaste a viajar para intentar vender la leche en otros países. Acababas de volver de un viaje, cuando ya estabas preparando otro. Bélgica, Holanda, Francia, Italia… Europa se te quedó corta y empezaste a viajar a Estados Unidos y Canadá. Allí encontraste al socio perfecto que solucionaría todos nuestros problemas, una empresa canadiense que quería comprar toda nuestra leche. El momento era decisivo pues las facturas se acumulaban, los veterinarios cada vez eran más caros, los controles de calidad más duros y teníamos que invertir en nueva maquinaria pero siempre que esa inversión fuera en breve amortizada. Necesitábamos una inyección de dinero para seguir adelante y la necesitábamos ya.
Si viera mi familia o mis amigos de Madrid en lo que me he convertido: ¡En una granjera! No puedo reprimir una sonrisa… Una granjera… me miro las manos y están viejas, sucias y ásperas. A mí, que me encantaba volver a casa del trabajo paseando, subida en mis stilettos, provocando las miradas de los hombres que pasaban por mi lado. Y entraba en La Mallorquina a tomarme un café, a veces acompañado de un pastel y luego me iba al Centro de Estética a que me retocaran las uñas acrílicas o me daba un masaje relajante. Acababa en el mercadito del barrio para comprar la cena de esa noche. Llegar al apartamento, tomarme una copa de vino y coger el teléfono para quedar con los amigos; planear una copa en el Mercado de San Miguel, ir a un cine en versión original, visitar a mis padres a las afueras o visitar a mis sobrinos alguna tarde entre semana. Así era mi vida hasta que apareciste tú, Ricardo.
Me enamoré profundamente de ti, como lo estoy ahora y te hubiera seguido hasta el mismísimo infierno si me lo hubieras pedido. Tal vez lo hiciste y ahora estoy aquí, sola.
El tiempo que vivimos en Málaga no estuvo nada mal, además fueron los primeros meses de convivencia, cuando el amor es arrebatador. Teníamos un bar de copas en el centro de Málaga y durante un tiempo fue el favorito por la Jet malagueña; esto hizo que ganáramos mucho dinero, pero igual que entraba, salía. Lo gastábamos todo en fiestas, en ropa, en alquileres altísimos y escandalosos lujos como un barco, que perdimos en un incendio. Luego pasó lo del chico aquel, lo del navajazo a la puerta del bar y a partir de entonces, no entraba ni un alma. Se vació igual que nuestra cuenta bancaria. Las deudas iban aumentando, así que tuvimos que cerrar. Mientras me dedicaba a liquidar cuentas y sacar dinero vendiendo todo los que aún teníamos, apareciste un día por el bar, exultante, guapísimo, para contarme que habías hablado con tu padre.
Él y tus hermanos aún vivían en la casa familiar, una casona antigua en un pueblecito asturiano, cerca de Llanes. Tenían más de cincuenta vacas, les iba bien pero no daban abasto, las posibilidades de explotar la lechería eran inmensas pero no tenían los conocimientos necesarios para sacarla realmente partido. Ellos tenían el coche y nosotros, como me dijiste, el motor.
-Mudarnos ¿otra vez? ¿Y si volvemos a Madrid?
-¿Madrid? ¡Estás loca! No volvería al bullicio ese ni loco, ¿no te apetece realmente ir a un sitio mucho más tranquilo? Sin tanto calor como aquí, playas estupendas, montes verdes…. No sé, tengo ganas de dejar todo esto, la noche, los bares, empezar de nuevo en otro sitio, en plena naturaleza… Al principio podríamos vivir en la Casona de mi familia, te encantará… es enorme, un poco decadente, pero seguro que tú le darás el toque justo para que luzca como una casa rural pero moderna…. Nena, todavía es pronto, pero… si tenemos hijos, ¿en qué mejor sitio que ese para criarlos?
Ricardo, Siempre has sabido cómo ganarme la partida, en cuanto dijiste la palabra “hijos” te imaginé a ti, a mí, corriendo por un monte, con una niña, un niño y un perro, dando de comer a los caballos y cociendo nuestro propio pan. No me lo pensé dos veces… Echamos el cierre, mal vendimos todo lo que teníamos y nos fuimos a Llanes.
La conexión se ha restablecido, sigo navegando por las páginas de Toronto. Es una ciudad espléndida, no se puede decir lo contrario. Y dedicarme de nuevo a la cocina, como lo hacía en Madrid. Podría ser el destino final. Quizás tuve que hacer todo este recorrido para dar con esta oportunidad. Además, Ricardo va a ganar mucho dinero. Veamos… la Sanidad… pública y una de las mejores del mundo…sigo… tasa de desempleados… casi inexistente… Educación… sistema educativo inmejorable…
Llamo a Ricardo:
-¿Resultará esta vez? Dime la verdad.
-Sí, estoy seguro. ¿No lo he estado otras veces y ha salido bien? Confía en mí. Además será un lindo país para educar a nuestros hijos…
Colgué el teléfono. Comenzaba a llover. No lo veía pero me empezaba a doler la rodilla. Eso significaba que esta noche tendríamos una buena tormenta, así que era mejor darse prisa, antes de que me quedase sin conexión a Internet.
Entré en Google.
Tecleé: www.rumbo.es
Origen: Asturias
Destino: Madrid
Adultos: 1
Niños: No, él se queda en Toronto.
Fui a por mi Nespresso.
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