Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

31 jul 2013

COMO TUS PADRES…



—Daniela, no entiendo por qué lloras y te quejas de esta manera… Recuerda en qué condiciones entraste en nuestra casa. 

No tenías nada y buscabas un trabajo desesperadamente. Todo lo habías dejado en tu país: padres, marido e hijo… No pesabas más de cincuenta kilos, pobrecita mía. Con esa palidez amarilla, que es de la de no comer. Te ofrecí un café que rehusaste en seguida. No por gusto, sino por educación. Y cuando saqué las pastas, ¡infeliz! no dejabas de mirarlas, pero no te permitiste coger ni una, hasta que te las ofrecí una tercera vez y ya no te pudiste contener. Te comiste una, la más pequeña, pero cuando la acabaste recogiste con la yema del dedo las migajas que se habían caído en tu falda, llevándotelas a la boca mientras mirabas el suelo y asentías con la cabeza a todo lo que te decía.

Ojo que no eras la persona que buscábamos. Queríamos otro tipo de mujer, una mujer fuerte y decidida, con la fuerza necesaria para ayudarnos tanto a Eugenio como a mí. Aún gracias a Dios podemos valernos por nosotros mismos, pero pensando en el día de mañana…

Amparito, la vecina del sexto, bueno, qué te voy a contar, ya la conoces, me dijo que ese tipo de mujeronas, son típicas de la Europa de Este. Que también las hay rubitas, y muy monas, pero que esas acaban trabajando en bares, de reputación dudosa, o en casa de viudos para que les tengan la comida caliente y de vez en cuando la cama, tú ya me entiendes a qué me refiero... Y la que sale lista, acaba casándose con el viejo y que la familia del viudo, se olvide de la casa familiar y los ahorrillos, pues en cuanto se casan, se traen a toda la familia de sus países y ya no les sacan de allí ¡ni con lejía! ¡No son listas, esas del Este! Pero como digo yo, aún a riesgo de equivocarme, prefiero a una del Este que a una panchita, con todos mis respetos, ¿eh?, que sí, que son muy cariñosas, pero Amparito tiene razón también en eso… Esas son unas vagas y no muy limpias que digamos...

Total, que decidimos contratarte, Daniela, más por pena que otra cosa. Se te veía tan desvalida y ojerosa. Algo me dijo aquí, en el corazón, que tú nos necesitabas más a nosotros que nosotros a ti. Desde el principio nos gustaste. Apenas se te oía trajinar. Eugenio y yo, acostumbrados a estar solos,  ni nos dábamos cuenta de tu presencia los primeros días. Te las apañabas realmente bien y dejabas las tareas más que listas antes de tu hora de salida, así que aprovechábamos para sentarnos en la mesa y saber de ti, de tu vida en tu país, de lo que hacías en España e incluso te enseñamos a jugar a las cartas. Mira que nunca ganabas, aunque creo, que a veces lo hacías aposta. Amparito dice que no, que por lo visto, vosotros no jugáis ni a las cartas, ni a nada, que sois tan pobres que ni eso os podéis permitir. Angelica mía…

Y llegaron las Navidades, y con la paga extra que te dimos, más lo que habías ahorrado, pudiste traer a tu hijo Alexei. La mayoría de los días estaba en nuestra casa. Era un niño tranquilo que se entretenía con cualquier cosa. Tan modosito él ¿verdad?
Eugenio se acostumbró enseguida al chiquillo. No se quedó bien del todo cuando le operaron de cataratas, así que animaba al chaval para que le leyera el periódico todos los días que venía. Lo pasaban en grande viendo los partidos de futbol. Eugenio le enseñó el nombre de todos los jugadores. Incluso hicieron la colección de cromos de la selección. Y el chico tan feliz con nosotros, ni una mala cara a nada. El día de su cumpleaños le regalamos toda la equipación del Madrid ¡hasta las botas  del Benzemá ese! Sólo por verle la cara de alegría en cuanto abrió la caja, mereció la pena… ¡Ay! Si es que se me saltan las lágrimas cuando lo recuerdo… ¡Mírame! Llorando como una tonta.

Alexei no sólo venía entre diario cuando trabajabas sino también muchos fines de semana. Sobre todo los últimos que empezaste a salir tanto por las noches. Y chica,  nosotros encantados; nos hacía los recados y así no salíamos nosotros, que a nuestra edad, un día de frío, se convierte en un mes de cama…

Luego Daniela, tú venías los domingos a recoger al niño y ya comías con nosotros, ¿o es que no te acuerdas? Todo nos iba bien, hasta que el sinvergüenza de tu marido apareció. Parece que lo estoy viendo… En cuanto abriste la puerta, te enchufó un puñetazo, te cogió del brazo y te sacó arrastras de casa. ¡Qué podíamos hacer nosotros! era un hombre con mucha fuerza, daba miedo. ¡Qué podían hacer dos ancianos indefensos como nosotros!

No viniste en dos días. Al tercero llegaste a trabajar a tu hora con la cara hinchada y llena de moratones. Entre lágrimas nos contaste que vivíais separados desde hacía tiempo pero que de vez en cuando bebía, te buscaba, te pegaba y te obligaba a darle todo el dinero que pudieras.

Eugenio y yo te convencimos para que le denunciaras. Mientras salió la sentencia, Alexei y tú vinisteis a vivir con nosotros. Qué días más estupendos pasamos. Parecíamos una verdadera familia. ¿Lo recuerdas? Erais lo más parecido a una hija y a un nieto.

Después de la sentencia favorable, empezamos a notar en ti ciertos cambios. Ya sabes… estabas más risueña, más guapa, más alegre en general… ¿Qué podía ser, sino el amor? Nos decíamos Eugenio y yo mientras te oíamos canturrear en la cocina.

Pero tuviste que estropearlo todo. Fuiste una egoísta, y una desagradecida. ¡Mírame! Otra vez llorando, pero esta vez por el disgusto que nos diste. Nos disponíamos a comer y yo estaba a punto de servir, en una mano la cazuela, en la otra la cuchara grande. Nos dijiste a Eugenio y a mí, con cierto pudor pero con una gran sonrisa, lo que ya ambos adivinábamos: volvías a estar enamorada. —Ya no bebe, es otra persona, no me ha vuelto a pegar, y quiere recuperar a Alexei, quiere llevarle este fin de semana a ver un partido al Bernabeu… y si todo va bien, en verano, volveremos a casa, los tres—.

Cuando te escuché decir eso… no sé lo que me vino por dentro, supongo que es el sentimiento que tienen las madres en su interior, como las que son capaces de levantar un camión si ven q su hijo está debajo… y así te vi, Daniela, te lo juro por lo más sagrao. Y lo peor es que arrastrabas a nuestro nieto contigo… así que, con todo el coraje que me salió, solté la cuchara, así la cacerola con las dos manos y te la estampé en toda la cabeza. Daniela, apenas salió un grito de tu boca y según perdías el conocimiento te escurriste de la silla y caíste al suelo. En ese tiempo que estuviste afectada por el golpe, Eugenio y yo te atamos y te metimos en la cama. No sin antes ducharte y quitarte todo el guiso que se te había desparramado por el pelo y por dentro y fuera de la bata.

Mientras te duchábamos, te despertaste un par de veces y Eugenio tuvo que volver a darte, esta vez con la alcachofa de la ducha. —Esto me duele más a mí que a ti.  Pero a Alexei no te le llevas, ¡no te le llevas! óyeme bien— te lo dijo llorando, el pobre. Lo pasó fatal ese día, Daniela. ¡Y yo! Jesús, Jesús… qué disgusto nos diste. —A esta niña hay que atarla en corto. No aprende, y así le ha ido —Me decía Eugenio una y otra vez.

Alexei no quiere ver con su padre ni en pintura y de volver a vuestro país, ni hablar. Así que, nos ayuda a cuidarte. Es muy responsable y muy listo para su edad. El mismo es quién machaca el Diazepán y lo mezcla en tu comida. Es un amor de niño. Lo hemos acogido legalmente.

Tu ex vino al principio un par de veces, hasta que llamamos a la policía. Vinieron en seguida, pues estaba infringiendo la orden de alejamiento impuesta en la sentencia. También les contamos que nos habías robado parte de nuestros ahorros para dárselo al caradura de tu ex marido y que luego te largaste sin dejar rastro. Tu ex-marido ahora está en prisión cautelar, por estafa y extorsión. De ti nos han dicho que posiblemente hayas vuelto a tu país y que no obstante, si volvieras, serías arrestada inmediatamente, pues no tienes papeles legales y además pesa sobre ti una denuncia por robo y abandono de un menor…

¡Ay, Daniela! cuando te pones tan pesada e imploras sollozando, que te quieres ir… yo es que de verdad, hija mía, no te entiendo… ¿dónde vas a estar mejor que aquí, en tu casa, si no con tus padres? Con lo que hay por ahí fuera… ¡quita, quita!