—Daniela, no entiendo por qué
lloras y te quejas de esta manera… Recuerda en qué condiciones entraste en
nuestra casa.
No tenías nada y buscabas
un trabajo desesperadamente. Todo lo habías dejado en tu país: padres, marido e
hijo… No pesabas más de cincuenta kilos, pobrecita mía. Con esa palidez
amarilla, que es de la de no comer. Te ofrecí un café que rehusaste en seguida.
No por gusto, sino por educación. Y cuando saqué las pastas, ¡infeliz! no
dejabas de mirarlas, pero no te permitiste coger ni una, hasta que te las
ofrecí una tercera vez y ya no te pudiste contener. Te comiste una, la más
pequeña, pero cuando la acabaste recogiste con la yema del dedo las migajas que
se habían caído en tu falda, llevándotelas a la boca mientras mirabas el suelo
y asentías con la cabeza a todo lo que te decía.
Ojo que no eras la persona
que buscábamos. Queríamos otro tipo de mujer, una mujer fuerte y decidida, con
la fuerza necesaria para ayudarnos tanto a Eugenio como a mí. Aún gracias a
Dios podemos valernos por nosotros mismos, pero pensando en el día de mañana…
Amparito, la vecina del
sexto, bueno, qué te voy a contar, ya la conoces, me dijo que ese tipo de
mujeronas, son típicas de la Europa de Este. Que también las hay rubitas, y muy
monas, pero que esas acaban trabajando en bares, de reputación dudosa, o en
casa de viudos para que les tengan la comida caliente y de vez en cuando la
cama, tú ya me entiendes a qué me refiero... Y la que sale lista, acaba
casándose con el viejo y que la familia del viudo, se olvide de la casa
familiar y los ahorrillos, pues en cuanto se casan, se traen a toda la familia
de sus países y ya no les sacan de allí ¡ni con lejía! ¡No son listas, esas del
Este! Pero como digo yo, aún a riesgo de equivocarme, prefiero a una del Este
que a una panchita, con todos mis respetos, ¿eh?, que sí, que son muy cariñosas,
pero Amparito tiene razón también en eso… Esas son unas vagas y no muy limpias
que digamos...
Total, que decidimos
contratarte, Daniela, más por pena que otra cosa. Se te veía tan desvalida y ojerosa.
Algo me dijo aquí, en el corazón, que tú nos necesitabas más a nosotros que
nosotros a ti. Desde el principio nos gustaste. Apenas se te oía trajinar.
Eugenio y yo, acostumbrados a estar solos,
ni nos dábamos cuenta de tu presencia los primeros días. Te las apañabas
realmente bien y dejabas las tareas más que listas antes de tu hora de salida,
así que aprovechábamos para sentarnos en la mesa y saber de ti, de tu vida en
tu país, de lo que hacías en España e incluso te enseñamos a jugar a las
cartas. Mira que nunca ganabas, aunque creo, que a veces lo hacías aposta.
Amparito dice que no, que por lo visto, vosotros no jugáis ni a las cartas, ni a
nada, que sois tan pobres que ni eso os podéis permitir. Angelica mía…
Y llegaron las Navidades,
y con la paga extra que te dimos, más lo que habías ahorrado, pudiste traer a
tu hijo Alexei. La mayoría de los días estaba en nuestra casa. Era un niño tranquilo
que se entretenía con cualquier cosa. Tan modosito él ¿verdad?
Eugenio se acostumbró
enseguida al chiquillo. No se quedó bien del todo cuando le operaron de cataratas,
así que animaba al chaval para que le leyera el periódico todos los días que
venía. Lo pasaban en grande viendo los partidos de futbol. Eugenio le enseñó el
nombre de todos los jugadores. Incluso hicieron la colección de cromos de la
selección. Y el chico tan feliz con nosotros, ni una mala cara a nada. El día
de su cumpleaños le regalamos toda la equipación del Madrid ¡hasta las
botas del Benzemá ese! Sólo por verle la
cara de alegría en cuanto abrió la caja, mereció la pena… ¡Ay! Si es que se me
saltan las lágrimas cuando lo recuerdo… ¡Mírame! Llorando como una tonta.
Alexei no sólo venía entre
diario cuando trabajabas sino también muchos fines de semana. Sobre todo los
últimos que empezaste a salir tanto por las noches. Y chica, nosotros encantados; nos hacía los recados y
así no salíamos nosotros, que a nuestra edad, un día de frío, se convierte en
un mes de cama…
Luego Daniela, tú venías
los domingos a recoger al niño y ya comías con nosotros, ¿o es que no te
acuerdas? Todo nos iba bien, hasta que el sinvergüenza de tu marido apareció. Parece
que lo estoy viendo… En cuanto abriste la puerta, te enchufó un puñetazo, te
cogió del brazo y te sacó arrastras de casa. ¡Qué podíamos hacer nosotros! era
un hombre con mucha fuerza, daba miedo. ¡Qué podían hacer dos ancianos
indefensos como nosotros!
No viniste en dos días. Al
tercero llegaste a trabajar a tu hora con la cara hinchada y llena de
moratones. Entre lágrimas nos contaste que vivíais separados desde hacía tiempo
pero que de vez en cuando bebía, te buscaba, te pegaba y te obligaba a darle
todo el dinero que pudieras.
Eugenio y yo te
convencimos para que le denunciaras. Mientras salió la sentencia, Alexei y tú vinisteis
a vivir con nosotros. Qué días más estupendos pasamos. Parecíamos una verdadera
familia. ¿Lo recuerdas? Erais lo más parecido a una hija y a un nieto.
Después de la sentencia
favorable, empezamos a notar en ti ciertos cambios. Ya sabes… estabas más
risueña, más guapa, más alegre en general… ¿Qué podía ser, sino el amor? Nos
decíamos Eugenio y yo mientras te oíamos canturrear en la cocina.
Pero tuviste que
estropearlo todo. Fuiste una egoísta, y una desagradecida. ¡Mírame! Otra vez
llorando, pero esta vez por el disgusto que nos diste. Nos disponíamos a comer
y yo estaba a punto de servir, en una mano la cazuela, en la otra la cuchara
grande. Nos dijiste a Eugenio y a mí, con cierto pudor pero con una gran
sonrisa, lo que ya ambos adivinábamos: volvías a estar enamorada. —Ya no bebe,
es otra persona, no me ha vuelto a pegar, y quiere recuperar a Alexei, quiere
llevarle este fin de semana a ver un partido al Bernabeu… y si todo va bien, en
verano, volveremos a casa, los tres—.
Cuando te escuché decir
eso… no sé lo que me vino por dentro, supongo que es el sentimiento que tienen
las madres en su interior, como las que son capaces de levantar un camión si
ven q su hijo está debajo… y así te vi, Daniela, te lo juro por lo más sagrao. Y lo peor es que arrastrabas a
nuestro nieto contigo… así que, con todo el coraje que me salió, solté la
cuchara, así la cacerola con las dos manos y te la estampé en toda la cabeza. Daniela,
apenas salió un grito de tu boca y según perdías el conocimiento te escurriste
de la silla y caíste al suelo. En ese tiempo que estuviste afectada por el
golpe, Eugenio y yo te atamos y te metimos en la cama. No sin antes ducharte y
quitarte todo el guiso que se te había desparramado por el pelo y por dentro y
fuera de la bata.
Mientras te duchábamos, te
despertaste un par de veces y Eugenio tuvo que volver a darte, esta vez con la
alcachofa de la ducha. —Esto me duele más a mí que a ti. Pero a Alexei no te le llevas, ¡no te le
llevas! óyeme bien— te lo dijo llorando, el pobre. Lo pasó fatal ese día,
Daniela. ¡Y yo! Jesús, Jesús… qué disgusto nos diste. —A esta niña hay que
atarla en corto. No aprende, y así le ha ido —Me decía Eugenio una y otra vez.
Alexei no quiere ver con
su padre ni en pintura y de volver a vuestro país, ni hablar. Así que, nos
ayuda a cuidarte. Es muy responsable y muy listo para su edad. El mismo es
quién machaca el Diazepán y lo mezcla
en tu comida. Es un amor de niño. Lo hemos acogido legalmente.
Tu ex vino al principio un par de veces, hasta que llamamos a la
policía. Vinieron en seguida, pues estaba infringiendo la orden de alejamiento
impuesta en la sentencia. También les contamos que nos habías robado parte de
nuestros ahorros para dárselo al caradura de tu ex marido y que luego te
largaste sin dejar rastro. Tu ex-marido ahora está en prisión cautelar, por
estafa y extorsión. De ti nos han dicho que posiblemente hayas vuelto a tu país
y que no obstante, si volvieras, serías arrestada inmediatamente, pues no
tienes papeles legales y además pesa sobre ti una denuncia por robo y abandono
de un menor…
¡Ay, Daniela! cuando te pones
tan pesada e imploras sollozando, que te quieres ir… yo es que de verdad, hija
mía, no te entiendo… ¿dónde vas a estar mejor que aquí, en tu casa, si no con
tus padres? Con lo que hay por ahí fuera… ¡quita, quita!