Una vez escrita la fecha y la hora en la que se iba a suicidar, Julián cerró su cuaderno y experimentó una serenidad que hacía mucho tiempo no sentía. El 22 de Marzo a las 12 horas de la mañana. Quedaban dos días.
Pensó en escribir varias cartas y
dejarlas sobre su escritorio. Las escribiría a mano, con una caligrafía
perfecta y precisa. Las cartas que encontrarían junto a su cuerpo colgado,
quizás aún balanceándose. Una a su familia,
otra a Gustavo y otra a Lola.
Cuando se despertó al día siguiente,
se sorprendió al darse cuenta de que por una noche, por una jodida noche, había
dormido del tirón. Pensó en las cartas. Tenía un día para escribirlas. Sabía
muy bien cómo reaccionaría su familia, cómo reaccionaría su madre, la gran
señora. Lo achacaría al alcohol, o a los porros, o al rector de la universidad,
por haberle expulsado. Pero sobretodo les echaría la culpa a Gustavo y a
Angela. Esas amistades que no soportaba —son
raros —le decía, pero lo que no aceptaba era que no conocía a sus familias,
o mejor dicho, que sí las conocía pero que no eran dignas de ella, no estaban a
su altura. No lo contarían a nadie, algo se inventaría la gran dama, quizás un
desafortunado ataque al corazón. ¡Con lo joven que era!, pero esas cosas pasan,
como a los deportistas que caen fulminados en un campo de juego. La gran señora encarnaría a la perfección el
papel de madre destrozada por la muerte de su hijo. Dicen que la muerte de un
hijo es lo peor que le puede suceder a una madre. Pero no a la suya. Hasta en la
forma de morir la iba a decepcionar.
Gustavo creería que fue por lo del
beso, por lo del puñetazo, y porque al final se puso a llorar y Lola... Lola se
quedaría sola, más sola aún. Se volvería a hacer pequeños cortes en los
antebrazos y en sus finos muslos, quizás más largos que los de costumbre y
seguiría con su vida. Seguiría viviendo la misma vida miserable que solían
vivir solo que esta vez, él, sí había hecho algo para cambiarla.
A medida que pensaba en las cartas y
cómo las escribiría, se empezaron a entremezclar las unas con las otras y desechó
la idea de escribirlas. No, no iba a
escribir ninguna, no iba a dar explicaciones. Así que, si no iba a dejar cartas…
disponía ahora de todo el tiempo del mundo para no hacer nada. Lo único bueno
de la situación, era saber que a ese mundo, que tanto le asqueaba, ya solo le
quedaba un día. Como también solo un día, sufrir ese desconcierto, ya tan
familiar, que le había acompañado y desgarrado durante tantos meses. El no
encontrar una explicación de su existencia que consideraba vacía y sin sentido
le había vuelto loco, y convencido de su maldad, defraudando tanto a los que le
rodeaban como así mismo. Sacó de debajo del colchón una botella de Ginebra.
Bebió un trago que inmediatamente vomitó, sin darle tiempo a levantarse de la
cama. En un segundo y último intento, apuró toda la ginebra que quedaba, un
poco menos de la mitad. Se volvió a tumbar y se cubrió hasta la cabeza con el
edredón. Y empezó a pensar en Gustavo, en cómo le había besado. No sabía cuánto
tiempo había durado aquel beso, cinco segundos, cinco minutos…, lo suficiente
para no poder echarle la culpa a nada.
Pensó en el puñetazo que le dio, en cómo le quiso ayudar para que se levantara
y como Gustavo se retiró y se fue corriendo. Quiso correr tras él, pero se
quedó. Se sentó al lado de Lola y lloró como un niño.
Lola en el sofá, lo había
visto todo, no dijo nada, estaba sonriendo, fumada, y cerró los ojos… Y luego cuando
volvió a su casa. Su madre, sentada a oscuras en el salón, esperándole. Guapa
aún sin maquillar. Siempre guapa. Bebiendo de un vaso largo con hielos. La
bofetada y las amenazas. Su amiga psicóloga, discreta. No tenía porqué
enterarse nadie. —En esta familia cuando hay problemas se resuelven o se
entierran —. Se entierran. Se entierran…
Se despertó con dolor de cabeza. Era
ya de noche. Se lió un porro en la cama. Pequeñas chispas cayeron sobre el
edredón. Observó que no era el de la mañana. Alguien lo habría cambiado.
Recordó haber vomitado sobre el otro. Sintió hambre y decidió levantarse a
comer algo. Cuando entró en el salón vio a todos sentados a la mesa. Estaban
cenando.
—Hijo,
qué bien que te has levantado. Ya pensábamos que te quedarías hasta mañana en
tu cuarto. Anda, siéntate que no has comido nada en todo el día —Era su abuela.
¡Qué feliz se la veía! Quizás la única persona feliz en esa casa, o en el
mundo. ¡Quién sabe!. Y de repente supo porqué lo era, ella cómo él, sabía que
moriría pronto. Ese peta que se había fumado era bueno, muy bueno. Podía pensar
con suma claridad.
Decidió que sería divertido
compartir una última cena con su familia así que se sentó en la única silla
vacía que estaba al lado de su padre. Comió con voracidad todo lo que le
servían. Su madre no dejaba de mirarle. Parecía que fuera a explotar de un momento
a otro. No soportaba la falta de educación en la mesa y comer como él lo estaba
haciendo en ese momento, lo era. Tampoco ayudaba la conversación exigua, ni su
padre leyendo el periódico mientras comía sin ver lo que se llevaba a la boca,
ni la hija sin probar bocado más atenta a los sonidos que salían desordenados de
su teléfono móvil. Su abuela sin embargo se deleitaba viéndole comer. Él no
dejaba de mirarle y sonreírle, sintiéndose cómplice de un secreto que tan sólo
compartían los dos, en esa mesa de desconocidos.
Observó a su padre absorto en la
lectura de las páginas salmón del periódico. Guiñó un ojo a la abuela y le
arrebató del plato un trozo de carne. Empezó a comérselo. La madre, al ver la
escena, soltó bruscamente los cubiertos que tenía asidos a ambos lados del
plato. Era su forma de decir que su comportamiento le había quitado el apetito.
La madre miró a la hija que con una mano se enredaba distraídamente un mechón
de cabello, y con la otra sostenía el móvil que no cesaba de mirar. Era guapa,
muy guapa, como la madre lo fue a su edad. — Deja de tocarte el pelo y suelta
el móvil. Estamos a la mesa. La hija obedeció con una sonrisa y empezó a
juguetear con la comida intacta que había en el plato, mirando de soslayo el
móvil que acababa de dejar en la mesa.
Julián miró a su hermana y le sonrió.
Ella le devolvió la sonrisa haciéndole una mueca:
— ¿Qué te hace tanta gracia?...
Estás fumado —le dijo. Y empezó a comer la guarnición de verdura apartando la
carne a un lado del plato.
—Basta vosotros dos. Julián, he
llamado a la consulta de mi amiga. Ya sabes, lo que hablamos la otra noche.
Tenía la agenda completa, pero por ser yo, nos recibirá mañana por la tarde. Procura
estar decente para entonces —dijo la madre.
—Si no te comes esa carne, dámela —le
dijo Julián a la hermana mientras se la pasaba de un plato a otro.
—Yo iré contigo y también vendrá tu
padre —En ese momento el padre levantó la vista del periódico resignado: —Sí,
claro, si es necesario, iré.
—No voy a ir.
—No le quites la carne a tu hermana,
que ella tiene que comer también, está en los huesos.
Podemos pedir que te
traigan más de la cocina. Hay de sobra —dijo la abuela sonriendo.
Julián ya no tenía más hambre, así
que se levantó de la mesa, la rodeó despacio mientras deslizaba su mano por la
espalda de su padre, su hermana y su madre, sin llegarse a parar. Su madre
intentó acariciar su mano pero Julián no se dejó tocar y siguió hasta la
siguiente silla, la de su abuela. Allí se paró, rodeó con sus brazos el cuello
de ésta y le dio un beso y las buenas noches. Acto seguido, se fue a su
dormitorio. Su madre bajó la cabeza y vació
la copa de vino de un trago.
Julián puso la música a gran volumen
y se tumbó en la cama tapándose por completo. Quedaban horas. Con una mano se
restregaba la frente, luego bajó hasta la boca, se acarició los labios. Sin
noticias de Gustavo. Sin noticias de Lola… si le llamaran… En ese momento entró
la madre.
Apagó el equipo de música y lentamente se acercó hasta la cama. Julián
empezó a sentir como si con cada uno de sus pasos, la madre le clavara en la
sien una y otra vez aquellos tacones altos y afilados. Sin hablar se sentó en
un lado de la cama. Puso la mano encima de su espalda. De inmediato la apartó y
se levantó plisándose la falda. Julián notaba su presencia cerca, podía oler su
perfume. Ella suspiró y volvió a sentarse. Volvió a apoyar la mano en la
espalda de Julián y comenzó a acariciarla suavemente.
—Tienes que ir a la consulta. Yo… no
sé qué ha podido pasar. ¡Cómo has cambiado tanto! ¿Es por ese chico, Gustavo,
con el que te juntas tanto, o por tu novia o amiga? La verdad es que no sé qué
sois… ¿Es porque te han expulsado de la Universidad? A veces, cuando me miras… las
pocas veces que lo haces, lo haces de una forma, que me hace sentir que toda la
culpa es mía. Y quizás tengas razón. Te crees muy mayor pero para mí eres un
niño, eres mi niño. Podríamos intentar partir de cero. En esta familia… los
problemas se resuelven.
La madre siguió unos segundos más con
la mano quieta sobre su espalda, callada. Luego se levantó y se fue. Julián se
destapó y se arrodilló junto a la cama. Buscó la botella de ginebra, pero no
estaba debajo del colchón. Cayó en la cuenta, que de haberla encontrado,
estaría vacía. Estaba nervioso. Miró hacia la puerta. Quiso ir tras su madre,
quiso chillarla y hasta abofetearla. Quiso abrazarla. Pero al final permaneció
de rodillas sobre el suelo, sin hacer nada.
A medio día del día siguiente,
las persianas estaban bajadas, pero el salón estaba bien iluminado por las
cuatro lámparas de mesa distribuidas en los diferentes muebles de Becara. Todo
estaba en perfecto orden. La hermana estaba sentada abrazada a la abuela que
no paraba de llorar. De vez en cuando esta también se unía a los lloros de la
abuela y se consolaban mutuamente. El padre, de pie, con cara adusta, hablaba por teléfono.
Julián los veía a todos desde el quicio de la puerta. Estaba desorientado, no se atrevió a preguntar. Cuando su padre le vio, colgó el teléfono.
Julián los veía a todos desde el quicio de la puerta. Estaba desorientado, no se atrevió a preguntar. Cuando su padre le vio, colgó el teléfono.
—Julián, tu madre... ha fallecido, se ha suicidado. Aunque esto último no tiene porqué saberlo nadie. Estoy llamando a la familia y a los amigos. Les estoy diciendo que ha sido un derrame cerebral.