Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

2 mar 2011

LA CITA PERFECTA


Tener una cita con Marcello me había costado casi dos meses. Le conocí en un bar brasileño, en Italia. Yo estaba ese año de Erasmus en Pisa.  Una noche, recién llegada, estábamos unas amigas y yo buscando un sitio donde tomar algo, hacía mucho frío y todavía faltaban dos horas hasta que abriesen la discoteca. Callejeando encontramos el bar donde trabajaba Marcello y entramos. Pedimos una copa cada una, las pagamos y no volvimos a pagar ni una más. Cuando vaciábamos el vaso, Cristina, que llevaba una botella de vino en el bolso, lo rellenaba. El vino era del súper de al lado de casa, muy sofisticado, a dos euros el litro y nada de descorchar el tapón, a rosca, silencioso como la ocasión lo requería. Todo glamour.  Marcello era nuestro camarero, llevaba puesta una camiseta de fútbol que ponía RIVALDO y esa fue su perdición, toda la noche lo llamamos así, y él iba y venía entre las mesas resignado pero con humor, supongo que un poco harto de las Erasmus de turno. El era Sardo. Llevaba en Pisa 6 años y estaba acabando la carrera de de Restauración de Bienes Culturales.
Después de esa noche, volvimos a coincidir muchas veces, fuimos a fiestas juntos, a conciertos y siempre nos encontrábamos  en los bares cuando salíamos. Pisa es una ciudad pequeña cuando la conoces. Sus amigos y mis amigas se hicieron amigos, y estaba claro que entre Marcello “Rivaldo” y yo, había química.  
Una mañana me llamó por teléfono y después de repasar nuestras respectivas semanas, me dijo:
-          -Te llamaba para quedar esta noche y tomar unas copas, hablar tranquilamente… si te apetece.
-          - Perfecto, ¿dónde? Se lo diré a las chicas.
-          - No…, yo me refería a quedar los dos, solos.

A partir de esa frase, no recuerdo cómo llegamos a quedar ni que le dije al despedirme, solo sé que se activó en mi cabeza el dispositivo de “Tengo una cita esta noche ¡horror!  y sólo quedan 8 horas”. Como apenas quedaba tiempo, eché mano de las chicas. Llegaron en 13 minutos exactos a mi casa, entre todas elegimos lo que me iba a poner y como peinarme y todas depositamos una fe absoluta en los pantalones negros de Mada, que una vez enfundados, quedaban como un guante, un poco estrechos, pero el secreto era no comer demasiado. Ojalá me hubieran dicho que tampoco bebiera demasiado…

Salí de casa antes de la hora, no quería llegar tarde y en casa me estaban empezando a morder las uñas, llegué al bar en el que habíamos quedado, la Tazza d’ Oro,  y allí estaba ya Marcello, esperándome.  Llevaba el pelo suelto, pantalones, camisa y zapatos impecables, muy italiano. Como su bronceado inexplicable de Noviembre, el de él y el de todos los italianos en general.

Nos sentamos en una de las mesas, Marcello me preguntó si quería comer algo, él había comido muy tarde y no tenía hambre, yo, pensando más en los pantalones de Mada q en el ruido que hacía mi estómago, pasé de cena y directamente pedimos una botella de vino, “esta vez del bar” bromeó él.  Estuvimos charlando animadamente durante horas,  pedimos otra botella de vino, hablamos de lo que queríamos hacer después de la universidad, de la vida, de nuestras expectativas, pedimos otra botella de vino, nos reímos mucho y acabó enseñándome algunas expresiones típicas sardas y corrigiendo mi italiano, que para mi gusto, mejoraba por momentos.  
 Paramos de hablar, los ojos de  Marcello eran vivos y muy expresivos, en un primer momento pensé que inyectados por el amor, luego que por las tres botellas que nos pimplamos. Me preguntó si quería dar un paseo por el Arno, el río que atraviesa Pisa. Le dije que sí, deseando haber tenido en ese momento un cepillo de dientes en el bolso, había bebido mucho y no quería que mi primer beso con Marcello supiera a vino. Según salíamos sentí la necesidad imperiosa de ir al baño. Casi explotaba, me hacía mucho pis, no recordaba haberme levantado ni una sola vez durante todo el tiempo que estuvimos en el bar. Ya con la cazadora y la bufanda puesta, me dirigí al baño, caminando lo más erguida y dignamente posible.
Entre en el baño de mujeres, pequeño como él solo y bastante sucio, haciendo uso de mi flexibilidad, me dispuse a orinar de modo que mi cuerpo no tocase el inodoro de ninguna de las manera. Tarea nada fácil, pues me sobraba todo. Por ahorrar tiempo, no me había quitado la cazadora ni la bufanda, lo cual me dificultaba más la postura. El bolso lo llevaba colgado al cuello, así que, pudiendo desempeñar varias cosas a la vez, empecé a rebuscar en el bolso para encontrar los kleenex, no los encontraba, pero encontré un pintalabios. Me retoqué los labios. Seguidamente encontré los kleenex. Bien. Por fin terminé, me incorporé, me subí las bragas, los pantalones  y al hacerlo noté una leve sensación de calor e inmediatamente frío… ¿Qué sucedía? Mamma mía, ¡no! Me había meado toda la parte trasera de los pantalones… ¿Qué podía hacer? Estaba lejos de casa, Marcello me esperaba fuera, quería pasear conmigo por el Arno… Rápidamente decidí actuar como si no hubiera pasado nada, daría mi paseo con Marcello, nos besaríamos y luego me despediría hasta el día siguiente, una despedida recatada e inocente; no era el final de noche que esperaba, pero siempre quedaba la segunda cita.  
Salí del Bar con paso triunfante y me adentré en la noche de Pisa, a la bruma del Río y allí estaba Marcello, esperándome. Apoyado en la barandilla que separaba el paseo del mismo río. Era tarde y apenas había gente, dos o tres perdidos, y alguna que otra bicicleta. Hacía bastante frío.  
Seguimos caminando esta vez callados, me cogió de la mano. Paseamos un poco más, pasos pequeños, que no iban a ninguna parte. Llegamos al final del paseo, Marcello se paró, me miró lánguidamente, me soltó la mano y con sus manos me cogió la cara. Se fue acercando despacio, hasta que sus labios tocaron los míos y comenzamos a besarnos. Marcello besaba bastante bien, apasionado, con buen ritmo, no demasiado húmedo…. No estaba mal, me alegraba comprobar que no sabía el beso a vino, no lo hubiera soportado, tener el recuerdo del primer beso con sabor a bodega….Mientras seguíamos besándonos, decidí dejar de pensar en la tontería del sabor del beso y  disfrutar el momento, un momento que para mí era perfecto, idílico que recordaría toda mi vida…. Y sí que lo recordé, sí.
Marcello, se sentía feliz en ese momento que la estaba besando. Después de dos meses jugando al gato y al ratón había conseguido quedar a solas con ella y ahora la tenía entre sus brazos. Mientras la besaba, se preguntó si no sería demasiado pronto para dar un paso más…. El vino le hizo sentirse valiente, probó, sus brazos que hasta ahora habían acariciado su pelo, su espalda, comenzaron a bajar, lentamente, por los costados, llegaron a la cintura, allí se paró un poco y con ímpetu y decisión bajó hasta el objetivo.
Ella estaba ensimismada, entregada al deleite de beso y sin embargo su instinto de mujer en apuros y las cinco veces que había visto Matrix, la hicieron actuar rápido, en una milésima de segundo que no parecía acabarse nunca, arqueó su espalda 90º grados, sus brazos agarraron con fuerza los brazos de Marcello que bajaban y….. Lo paró en seco.
-¿Quién te has creído que soy? ¿En la primera noche? Más vale que me llames mañana para disculparte. Ahora… me voy a casa. Se dio la vuelta y se alejó rápidamente.
Marcello  volvió a casa andando. Pensaba en la cita, y lo bien que había ido hasta el precisamente el final. Desde luego había captado mal las señales que ella le había estado mandado toda la noche. La llamaría mañana sin duda, conseguiría volver a quedar e iría más despacio.

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