Mire,
voy a empezar desde el principio.
Todas
las mañana desayunamos juntos en la cocina. Luego el mayor se va a abrir la
tienda mientras mi marido y mis dos hijos pequeños se reparten las visitas del
día. Son técnicos de reparación. No hacen más que hablar del trabajo: que si
las calderas de propano, que si las de gas… ya sabe, todas las mañana igual.
Luego me dan un beso rápido y se van. Hasta la tarde que vuelve mi marido. Mire
usted, mi hijos son buenos chicos: El mayor ya tiene dos hijos, gemelos. El
mediano uno y el pequeño vive con su novia, todavía no tiene familia.
Luego,
hago lo de siempre, retiro las tazas vacías del desayuno, las cucharas y las echo
a la pila, cierro las tapas de la mantequilla, la mermelada y guardo los botes
en la nevera. Recojo las migas del pan en la mano. Las tira al cubo de la
basura, paso la bayeta por la mesa y con el trapo que siempre llevo al hombro,
lo paso por el hule ya descolorido hasta dejarlo seco. Lo podría cambiar por
otro nuevo, más vistoso… en fin, luego arrimo las sillas a la mesa. Luego voy
al salón y abro las ventanas para que se airee un poco. Cuando me asomo veo lo
de todos los días: el viejo barrio de toda la vida, mujeres de mi edad con el
carro de la compra, el camión que reparte el pan, el camión de la bebida para
los bares, ancianos sentados en el parque, gente haciendo cola para entrar al
banco…
Quizás
crea que estos detalles son insignificantes pero es que yo quiero contárselos.
Luego cojo el mando que está entre los cojines y enciendo la televisión que es
la única que me acompaña todo el día. En mi dormitorio, la cama sin hacer, la
ropa por el suelo, el baño aún con vaho, la alfombrilla todavía mojada. Las
habitaciones intactas de los chicos, y nada que recuerde que aquí vive una
mujer. ¡Con lo que me hubiera gustado tener una mujercita en casa!. Lo eché de menos
cuando los chicos eran pequeños, pero la echo mucha más de menos ahora, que me
siento tan sola. Los chicos son diferentes. Ellos son mayores, no hablan
conmigo. Se entienden bien con el padre. Hablan de futbol, del trabajo. Ya le
he dicho que trabajan juntos. No les va mal. Nunca les falta trabajo. Sí, se
preocupan por mí, por mi espalda que a veces me duele, por mis dolores de
cabeza, pero… poco más. Son buenos chicos. Como su padre. Como dicen las
vecinas, con todo lo que hay… No me puedo quejar.
¿Hoy
es miércoles o jueves? ¿Y qué más da? Todos los días son iguales. ¿Sabe?, Me
suelo sentar en la cocina largo tiempo, viendo una foto que pegué hace mucho
tiempo en el frigorífico. Es la foto de un salón que da a un porche. No tiene
ventanas, solo cuelgan unas cortinas beige de gasa, moviéndose por el viento.
El salón tiene vistas a una playa azul. Esa foto ya está descolorida y
manchada. Puede que sea la última de las muchas que solía poner en la nevera,
en los marcos de los espejos, en los cristales de mi habitación… Antes también las
ponía mi marido…
Déjeme
que le explique que nos casamos y tuvimos hijos muy pronto. Los dos
trabajábamos mucho para poder conseguir antes que los demás una casa y criar a nuestros
hijos jóvenes. Pensábamos que así, cuando los hijos fueran mayores, aún seríamos
lo suficientemente jóvenes para seguir disfrutando de la vida, una segunda
vivienda en el mar, viajes al extranjero, incluso poder estudiar sin prisas,
sólo como diversión. ¡Qué asco de vida!
Al final los chicos nunca terminan de crecer, acaban consumiendo todo tu tiempo
y tus fuerzas. Luego mi marido cada vez trabajaba más y cuando no lo hacía, le
gustaba quedarse en casa. Envejeció deprisa. ¿No ha oído eso de que el tercer
hijo se cría solo? pues de eso nada. Al final tuve que dejar de trabajar. No es
que me queje. Son buenos chicos. Y mi marido también. Solo que se pasó el
tiempo demasiado deprisa. Y ya dejamos de pegar fotos, no compramos esa segunda
vivienda, mi marido decía que una segunda casa cuesta mantenerla. Y los chicos
no querían salir, en eso han salido al padre. Ellos tenían sus amigos, su vida,
como quien dice, en el barrio.
Entonces
un día, eran ya las ocho de las tarde y mi marido no había llegado. Era raro,
porque si llega tarde, me suele avisar. Y empecé a imaginar que la policía me
llamaba por teléfono para decirme que mi marido había tenido un accidente de
tráfico y había fallecido. Yo llamaba a los chicos llorando y me acompañaban al
hospital, a reconocer el cadáver. Me sorprendí a mí misma pensando que en unos
meses, podría rehacer mi vida. Que lo pasaría mal al principio, pero luego,
podría salir, comprar ropa más juvenil, adelgazar un poco, todavía era joven. Usted
dirá que lo puedo hacer de todas formas, pero llevando la vida que llevo, ¿para
qué? Los chicos, mis nueras, mi marido… todos me animan para que lo haga, pero
no les hago caso. Son buenos chicos. Y
mi marido también.
Al
final mi marido llegó a casa y me olvidé de todo aquello. Pero al poco tiempo,
estando en la cocina, volví a pensarlo. Imaginaba que me volvían a llamar para
decirme que había explotado una caldera y mi marido había muerto. Entonces yo,
animada por los chicos, y para no quedarme en casa sola, empezaría a viajar,
conocer todos esos lugares con los que soñaba cuando era más joven.
Al
día siguiente, lo mismo, imaginaba que al ir a despertar a mi marido, como cada
día, éste no respondería y a acercarme, descubriría su cara pálida y sin vida.
Llamaría a una ambulancia y un médico me diría que mi marido había muerto de un
ataque al corazón. Sin sufrir, plácidamente mientras dormía. Y yo me quedaba
viuda. Entonces para no deprimirme empiezo a cambiar la casa, los muebles,
compro cortinas nuevas, pinto la casa de colores llamativos, cambio el edredón
de mi habitación por otro más moderno y voy al Corte Inglés a hacer la compra
en vez de hacerla en el barrio.
Usted
no me entiende.. ¡es tan raro…! porque… no me siento mal cuando estoy pensando en
esas cosas. Yo creo que son por las
pastillas que me tomo. Me las recetó mi médico de cabecera –para animarme –me
dijo. Cree que tengo depresión y lo que tengo es aburrimiento. Aburrimiento de
que cada día sea igual. Uno tras otro. Sí, son esas pastillas, porque luego me
arrepiento de todo lo que he pensado. Y pienso en mi marido, en lo bueno que es
y le preparo una buena cena. Y le digo
que no trabaje tanto, que podíamos coger unas vacaciones, irnos a un crucero,
ir a la playa… Él me da un beso en la frente, y se ríe. Me dice que no he
cambiado nada.
Que todavía tengo muchos pájaros en la cabeza. Y me dice que
mañana tiene muchas visitas y que se va a la cama ya. Que está cansado. Y que
los chicos son buenos chicos, pero menos mal que está él para arreglar las
calderas antiguas. Que es lo que tiene la experiencia… que son muchos años, y que no sabe qué harían
los chicos sin su viejo…
Yo
me quedo un rato aún en el salón. Con la televisión puesta. Y luego me voy a
dormir. Y al día siguiente es igual. Vienen los chicos, despierto a su padre,
preparo el desayuno, hablan del trabajo, me cuentan algo de mis nietos, luego
me dan un beso y se van. Y yo me quedo en la cocina. Con mi café ya frío,
mirando la foto de la nevera.
Pero
ayer fue diferente, ¿sabe? No me
apetecía hacer la casa así que me senté frente al televisor. Viendo a todas esas
actrices ya mayores, mayores que yo, que se han puesto botox y están guapísimas. Y van a fiestas, y a Marbella, y están
super morenas aún siendo febrero. Todas rubias. Y ríen, y van a discotecas con
más gente, gente joven, gente mayor…
Luego cambio de canal para que se me vayan los pensamientos, porque no
hacen más que venir a mi cabeza y veo a gente que vive en otros países. Tienen
las mismas casas que la de la foto que tengo en la nevera. Y son gente como yo,
normales, que un día decidieron hacer un cambio en su vida. Se les ve tan
felices.
Apagué
la televisión y recorrí toda la casa. ¡Tan gris! El armario con la misma ropa.
Las fotos de cuando los niños eran pequeños, la foto de mi boda…
Volví
a la cocina otra vez. Y me tomé dos pastillas. Sé que estuve mucho tiempo
mirando la foto de la nevera, y como me volvieron los pensamientos, los
accidentes, los ataques al corazón… me
puse a ordenar el cajón de los cubiertos, luego el de los paños y manteles y
luego el de los medicamentos. Y mientras ordenaba ese cajón, decidí hacerle una
buena cena a mi marido.
Estuve casi todo el día cocinando. Y me empecé a animar.
Luego
fui a la peluquería y les pedí que me hicieran algo diferente: unas mechas
rubias. Salí muy contenta, me veía guapa. Luego me compré un vestido. Quizás un
poco fresco para esta época del año, pero me gustó como me sentaba. Y… como ya
le dije, volví a casa, puse a fuego lento la cena y esperé impaciente a que
volviera mi marido.
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