Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

31 mar 2013

SACRIFICIO



Yo era una chica normal, con una vida normal. Tuve una infancia feliz. La putada fue cuando me casé con el desgraciado de Fede. Así es como le llamábamos todos, pero su nombre y apellido eran Federico de Portugal. Yo no paraba de escribirlo en cada papel que me encontraba por ahí, eran tan históricos, tan distinguidos, sonaban ¡tan bien! Reconozco que fue una de las causas por las que me casé con él, tonterías de adolescente, supongo. Además era todo un caballero. Mis padres le adoraban y mis amigas se morían de envidia. El era un mayor que yo, y mientras las chicas de mi edad tonteaban con los chicos del barrio, a mí me venía a buscar a casa en coche y me llevaba a sitios distintos a los que estaba acostumbrada, mucho más elegantes y sofisticados. 

Al poco tiempo de casarnos, resultó que Don Federico, como le llamaban en el banco, me pegaba unas palizas de puta madre. Un día harta de tantas, me fui a casa de mis padres y como llegué me fui, solo que andando más despacio. Mi madre me dijo que era el hombre que había elegido, que estaba bien posicionado y que debía apencar, que intentara moderarme y fuera una señora en todo momento. Y lo intenté, juro por Dios que lo intenté: mantenía la casa impoluta, como le gustaba a Fede, cocinaba sus platos preferidos,  dejé de trabajar, de frecuentar a las pocas amistades que me quedaban… sólo vivía por y para Fede. Pensé que un niño nos vendría bien, y yo lo realmente lo deseaba. Me quedé embarazada dos veces, pero según me quedaba, lo perdía de alguna patada. Él seguía pegándome y yo acostumbrándome. La verdad es que ya ni me dolía. 
Desconectaba y le dejaba hacer, cuanto antes acabara, antes me pondría a recoger todo lo que había tirado y derramado.

Tomé por costumbre salir por las mañanas, apenas él se iba a trabajar. Al principio sólo daba un paseo corto. Luego los paseos se fueron alargando. Más tarde, después del paseo, entraba en un bar y me pedía un café. Del café a tomarme un sol y sombra y dos y tres, fue cuestión de semanas. Empecé a conocer a hombres en los  bares. Algunos eran muy atentos y me invitaban a subir a sus pisos. Por no volver a casa les acompañaba. Todos eran separados, viudos o parados, y se encontraban tan solos como yo. Hacer el amor medio borracha con desconocidos era lo único que me liberaba. Normalmente después de follar les pedía dinero y a veces, me lo daban.

Y así fue como cada vez mis salidas eran más largas y diarias, hasta que una mañana, saqué todo el dinero que teníamos en una de las cuentas del banco y me fui. Cuando cerré la puerta de casa, dejé las llaves puestas. No tenía intención de volver nunca más. Me pasaba todo el día deambulando por las calles, entraba en los bares, follaba en pensiones y así pasé unos cuantos meses. Luego el dinero se agotó y las ganas de follar también, así que pasé de dormir en sucias pensiones a dormir en las sucias estaciones de metro, cajeros o bajo los soportales de las iglesias.
Me habitué a ir a la Iglesia de San Miguel, era pequeñita, caliente y sus feligreses daban bastante limosna. Parte del día lo pasaba dentro de la iglesia escuchando al Padre Rodrigo, el cura de la parroquia, el resto, en la entrada, abriendo y cerrando la puerta mientras extendía mi mano que rogaba caridad.

Después de tanto tiempo sin sentir nada, poco a poco me enamoré de Rodrigo. Adoraba sus discursos: imponentes y llenos de fuerza. Veneraba la pasión que ponía en todos y cada uno de los sermones. Yo imaginaba que se dirigía sólo a mí y a veces yo creo que era así, pues no dejaba de mirarme. Me volví a sentir especial.

En uno de aquellos sermones, fue tal la emoción que sentí al escucharle que cuando acabó, no salí la primera como hacía siempre para abrir la puerta a los congregantes, sino que me quedé la última y cuando todos se hubieron ido, me dirigí a él y le pregunté si podía estrecharme la mano para darme la paz, como lo hacía cada día con los feligreses de la primera fila. Él me tomó la mano y me dijo que ya me conocía, que me veía sentada cada día en las filas de atrás escuchando atentamente. Eso le gustaba y me dijo que el próximo sermón me lo dedicaría y que rezaría por mi salvación.

A partir de ese día, no podía vivir sin estar cerca de Rodrigo de una forma u otra. Yo procuraba que mi aspecto fuese aseado y pulcro. Rodrigo era muy bueno. El me dejó que me encargara de la limpieza de la iglesia y que nadie más que yo pidiera en su parroquia. Por la noche, le cocinaba la cena. Se puede decir que hacíamos vida de matrimonio. Mientras él cenaba, yo recogía la cocina y después le planchaba las sotanas y ropas de homilía. Luego él me hablaba de la iglesia, de la doctrina católica en decadencia y de la poca caridad que había en el mundo y yo no me cansaba de escucharle, hora tras hora, mientras bebíamos dos y tres botellas de vino de Rioja. La mayoría de las noches nos quedábamos dormidos, pero si el sopor no nos podía, hacíamos el amor como animales hambrientos. Y Rodrigo tan sólo me pedía dos cosas: que le fuera fiel como él a su Dios y que nunca  pidiera en otra iglesia que no fuera la suya. A cambio,  yo solo le tenía que dar la mitad de lo que sacaba en la puerta.

Doy gracias a Dios todos los días por haber acabado al final al lado de un hombre como Rodrigo. Rodrigo, mi amor, mi salvador. Rodrigo, el hombre que hizo que mi vida cobrase sentido de nuevo. Rodrigo…, Rodrigo, no me canso de decir su nombre. A veces, como una colegiala, lo escribo: Rodrigo de Sotogrande, me dijo una noche que se apellidaba.

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