“La Pasta es la comida de la Clase Alta; es la sal de vida, es la esencia de la forma de ser de nosotros, los italianos y nuestra querida Italia, la que nos esperará con los brazos abiertos cuando decidamos volver con el suficiente dinero para abrir un restaurante familiar, limpio, modesto y con el sudor del trabajo digno y honrado, lo llamaremos LA TRATTORIA DI VITTORIO, Vittorio por el nombre de todos los hombres de la familia, generación tras generación…” Y tras estas palabras solía dormirse cada noche mi nono o como dicen ustedes mi abuelo, en el mugriento camastro del barco que nos llevaba a la tierra prometida, a la tierra de las oportunidades, a la tierra que nos adoptó por un tiempo e hicimos nuestra y en la que también murió mi querido abuelo: la ciudad de Chicago.
Mis abuelos, mis padres, mi hermana y yo, vivíamos en Nápoles. Mi padre y mi abuelo cargaban y descargaban barcos en el puerto. Cuando ya no hubo más trabajo, mi padre vendió todo lo que teníamos, cogió a la familió y decidió reunirse con su hermano en América. Mi tío Vittorio, trabajaba en la construcción, en pleno auge tras el Gran Incendio que asoló la mayor parte de la zona central de la ciudad y no le iba nada mal, a juzgar por sus cartas.
Después de 2 meses de travesía, atracamos en el puerto de Nueva Amsterdam, yo entonces era un chaval de 10 años, estaba deseoso de pisar tierra pero aún cuando la divisábamos, tardamos 2 días en amarrar, pues antes que nuestro barco debían hacerlo decenas de otros muchos que venían de Europa y África. Y no sólo tardamos en el amarre sino también en la inspección sanitaria, legalización de visados y permisos de trabajo y eso que éramos ciudadanos preferentes. De allí, cogimos el ferrocarril que atravesaría parte del continente americano para llegar a Chicago o como desdeñosamente se la llamaba, Ciudad del Viento, por lo incómodo de éste. Cuando por fin llegamos a nuestro nuevo hogar, ya estábamos cansados de esa ciudad, tan grande y bulliciosa.
Compartíamos casa con mi tío, su mujer, los padres de ésta y mis 3 primas. Mi padre y mi abuelo empezaron a trabajar con mi tío, y la vida siguió…. La verdad es que ni mejor ni peor que cuando vivíamos en Nápoles y había trabajo. Mis primas, mi hermana y yo íbamos a una escuela del distrito para Italianos, Polacos y Judíos y por las tardes las pasábamos enteras jugando en la calle y rateando todo lo que se podía. Tengo un buen recuerdo de mi infancia.
Cuando cumplí 12 años, empecé a trabajar para el señor Capone, un anticuario del barrio bastante importante en su círculo, aunque las malas lenguas decían que era guardaespaldas de un famoso mafioso. Mi trabajo consistía en entregar paquetes de objetos antiguos y recoger otros y la clave para reconocer a los amigos de los enemigos (pues estos eran competencia que quería robar esos paquetes para venderlos a los museos) era LA PASTA ES LA COMIDA DE LA CLASE ALTA. Decidí utilizar la célebre frase de mi nono querido, muerto hacía 2 años de neumonía, para honrar su memoria. Al Señor Capone le divertía la frase, supongo que porque él adoraba la Pasta.
Ya en la primera década del Siglo XX la llegada de Italianos a Chicago era incesante, la comunidad Italiana alcanzó las 300.000 personas, surgieron los primeros periódicos italianos y teníamos gran presencia en el sector político, público e industrial.
En 1925, a mi jefe, el Señor Capone, se le asociaba con nada más ni nada menos que la Mafia y el Hampa, se le atribuía ser el Creador del Sindicato del Crimen e incluso se decía que traficaba con alcohol. A mí esas habladurías se me antojaban falsas, ¡Precisamente cuando se había impuesto la ley Seca! Eso era imposible, si hasta les dijo a mis padres que algún día le sucedería en el negocio de las antigüedades…
Mientras, los disturbios y asesinatos se elevaron en el barrio, y mi familia con sus ahorros y sobre todo con los míos, decidieron volver a Nápoles. Nunca llegaron a adaptarse a su nueva ciudad porque añoraban demasiado Italia y su Pasta y no es que no hubiese pasta en Chicago, pero no era igual, no sabía igual, qué se yo… quizás el agua, la sal, el aceite, no eran los nuestros. El “al dente” americano, no era nuestro “ al dente” italiano y eso era insoportable. Además creo que nunca les gustó mi jefe. Sé que al Señor Capone le entristeció mi partida, tenía grandes planes para mí, me dijo al despedirse. Unos años después, ya en Nápoles, me enteré que mi antiguo jefe fue arrestado ( todavía no sé por qué) y a los pocos años más tarde murió. ¡El bueno del Señor Capone! Dios le tenga en su gloria, todavía puedo recordar su cara y la cicatriz que le atravesaba ésta…
Pero volviendo al tema, en 1944, pisamos tierra Italiana e hicimos realidad el sueño de mi nono, abrir un modesto y céntrico restaurante en Nápoles, sólo que no lo llamamos como hubiera querido mi abuelo y puesto que la mayor parte del dinero invertido venía de mi trabajo (digno y honrado, como decía el nono), mis padres me dejaron elegir el nombre que fue: “ LA PASTA ES LA COMIDA DE LA CLASE ALTA”, un poco largo pero funcionó, quizás por el reclamo… cada noche se llenaba de la gente más variopinta de Nápoles, incluyendo una gran familia bastante inusual pero muy afables, creo recordar que se llamaban los Camorra.
Mi hijo pequeño Vittorio, se llevaba muy bien con el patriarca y cuando creció, decidió dejar el restaurante, y trabajar para la familia Camorra. Nunca lo entendí, cuando le pregunté el porqué prefería trabajar con esa familia y no la suya propia, me replicaba una y otra vez, MA CHE! PER LA PASTA!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario