Al fin se cerró la puerta
y la casa quedó sumida en un profundo silencio. Sólo se oía la lluvia cayendo
con fuerza.
El se había llevado sus
cosas y se había ido. Tardó mucho en hacerlo. No sabía qué llevarse. Subía y
bajaba atropelladamente las escaleras, de una planta a otra, de una habitación
a otra. Llevaba su ropa sin doblar, apretujada entre los brazos. Intentó
meterla en una bolsa demasiado pequeña que acabó rompiéndose. Recogió la ropa
del suelo. Se golpeó con el armario. Quiso llevarse las fotos que colgaban de
la pared pero ella no se lo permitió.
El teléfono comenzó a
sonar. Nadie respondió. Incluso desde abajo, se podía oír la lluvia que chocaba
violentamente contra los cristales de las ventanas abuhardilladas de la planta
de arriba.
Ella esperaba en la
cocina. Puso la cafetera italiana mientras le oía trastear en el piso de
arriba. Escuchaba golpes, puertas que se abrían y cerraban. Los crujidos de la
escalera de madera. El café subió y su aroma lo inundó todo. Cerró los ojos y
aspiró profundamente. Siempre le había gustado ese olor. El ruido de unos
libros cayéndose por los peldaños de la escalera la sobresaltó y abrió los ojos
de repente.
El teléfono enmudeció. La
lluvia repicaba una y otra vez.
Él irrumpió en la cocina.
No sabía que ella estaba allí y se frenó en seco bajo dintel de la puerta. La
miró de espaldas. Estaba tan sólo a un metro de sus hombros, podía haberla
abrazado. Entró. Cogió una bolsa de plástico del cajón y salió deprisa de la
cocina.
Tan fuerte era la tormenta
que se podía oír al viento silbar fuera. Ese mismo viento, entraba por la
puerta de la terraza de la cocina creando una fina y desagradable corriente. El
teléfono volvió a sonar y otra vez ninguno de los dos respondió.
Volvió a cerrar los ojos
cuando él salió de la cocina. Recordó los meses pasados como una cuenta atrás:
Las vacaciones en la playa, su cumpleaños y la fiesta sorpresa, las fotos de
Navidad y sus ausencias, el viaje de esquí y su indiferencia. Y al final, las
súplicas, los gritos, las lágrimas calladas,… pero sobretodo, las noches en
vela.
Sonó el teléfono otra vez.
Siguió y siguió y parecía que cada vez sonara más enfurecido que la vez
anterior.
Los juguetes dispersos por
el suelo del salón contrastaban con los marcos en orden con fotos de caras sonrientes en las estanterías.
Y ella sentada en el sofá del salón asiendo la taza de café. Se levantó despacio
y se agachó para recoger las muñecas del suelo. Las llevó a la cesta de los
juguetes. Por el camino recogió unas cuantas pistas del scalextric, un caballo, un dinosaurio y el Bob Esponja del Burger King.
Los lanzó con desatino a la cesta. La mitad entraron… la otra se cayó sobre el
parquet desgastado y sin brillo. Estiró una esquina de la alfombra con la punta
del pie hasta que quedó un perfecto rectángulo y volvió al sofá. Se sentó. Era
tarde pero sabía que, como las anteriores noches, no podría dormir. Miró la televisión
y la sola idea de ponerla la empujó a subir a la planta superior.
Arriba la lluvia caía con
insistencia. Quizás ya no era lluvia, sino granizo, porque sonaba muy fuerte.
Se asomó al baño y desde
la puerta pudo ver su cepillo de dientes junto al suyo tocándose. La ducha
todavía olía a su gel.
El estudio estaba
totalmente desmantelado. No estaba la impresora, ni el ordenador. Las dos primeras
baldas de la estantería estaban vacías y una capa de polvo campaba ahora a sus
anchas de forma desigual. El bote de los bolígrafos estaba desparramado sobre
el escritorio. Había algunos libros en el suelo y también folios arrugados.
El teléfono sonaba sin
tregua. Por la ventana, estallaban relámpagos intermitentes.
Él consiguió cerrar el
maletero con gran esfuerzo después de meter la última bolsa con algunos libros.
Dudaba si todos los libros que se llevaba eran suyos o quizás también se llevara
algunos de ella en esa maldita bolsa. A pesar de que la lluvia le había calado hasta
el último de sus huesos, no era capaz de entrar en el coche. Se apoyó en el
lateral y cerró los ojos.
Recordó los meses pasados
como una cuenta atrás: Las vacaciones en la playa, su cumpleaños y la fiesta
sorpresa que le organizó su mujer. En esa fiesta la conoció. Las llamadas de
madrugada escondido en el baño, los besos nuevos, las caricias inventadas, el
cuerpo joven de ella… pero sobretodo, las noches en vela… pensando en ella.
Su móvil volvió a sonar,
le asustó y abrió los ojos de repente. Nervioso, lo buscó en los vaqueros,
luego en la chaqueta. Justo cuando dio con él, dejó de sonar. Lo lanzó lo más
lejos que pudo.
Sonó un trueno, seguido de un relámpago que iluminó la calle mojada
y desierta. Justo en ese momento, alcanzó
a ver el charco donde fue a parar su móvil.
En el dormitorio, la parte
de arriba de su pijama asomaba por debajo de la almohada. La puerta
entreabierta del armario, dejaba ver las perchas medio vacías y los cordones de
algún zapato que decidió no llevarse.
Se desnudó y el sonido de
la lluvia le hizo estremecer. Se puso el pijama y encima el chándal más viejo
que tenía y se metió en la cama. Antes de apagar la luz, abrió el cajón de la
mesilla y cogió el bote de las pastillas, lo agitó sin oir apenas algún sonido.
Sonrió con amargura. Olvidó que la última se la había tomado la noche anterior.
Lo lanzó contra la pared. Apagó la luz y se arropó con el edredón hasta el
cuello.
Hacía unos minutos que el teléfono
había dejado de sonar. Incluso el viento ya no soplaba con tanta intensidad. La
lluvia cesaba lentamente. Ahora ella dormía a pierna suelta en la mitad de la
cama. Ahora él conducía despacio y sereno por la autopista.
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