Mi relación con el parque que hay en los alrededores de mi casa ha sido de amor-odio. Cuando me mudé a este piso recién casada, no lo valoré más porque estuviera cerca de un parque, a pesar de ser uno de los mejores de la ciudad. Simplemente me era indiferente. Luego tuve a mis hijos y allí con ellos iba cada tarde; me conozco de memoria cada banco, cada columpio, cada rincón donde los niños se desollaron una y otra vez las rodillas, las fuentes que aún siguen rotas y los arbustos tapados bajo el polvo que levantaban los preescolares a carrera. Por no decir de las miles de veces que barrí, ya en casa, toda la arena robada de ese micro-mundo que era el parque. Sin embargo, a medida que fueron creciendo los niños, el parque dejó de interesarles, se quedó relegado, como una revista de decoración vieja, los columpios estaban anticuados y ya no se adaptaban a esos cuerpos que irremediablemente se hacían más grandes. Así que, dejamos de ir al parque. No he vuelto a pisarlo en veinte años, y es ahora, cuando sola, he hecho las paces y lo visito cada día.
Después del trabajo y antes de subir a casa, entro en el parque. Me gusta pasear y sentarme en algún banco. Y siempre sola, siempre distante, observo a la gente, escucho sus conversaciones. Mientras, poco a poco el estrés acumulado del trabajo se va disipando, los problemas cotidianos pierden importancia y disfruto del placer de no hacer nada, salvo estirar las piernas o aspirar profundamente el aroma de las adelfas y los pinos que abundan por todo el parque. Cuando me siento totalmente relajada sé que es la hora de volver a casa, a disfrutar de lo que queda del día. Digamos que ir al parque me sirve como a otros el yoga, el psicólogo o un buen baño caliente con sales.
El otro día me senté junto a los columpios, observaba a las madres como se afanaban con sus pequeños, la escena me resultaba bastante familiar. Cuanta energía reclaman, ¡madre mía! Me fijé en una mamá joven que hablaba con su hijo de unos cinco años:
—Rodrigo— el nombre de moda— debes compartir. No puedes traer tus juguetes, estar con más amigos y no dejarles tocar ni uno solo.
—Es que son míos. Si quieren juguetes, que se traigan los suyos.
—Si no compartes, los reyes magos no volverán a traerte nada. Y mamá se va a enfadar. Al menos déjales los rotos. Si con esos apenas juegas…Si se los dejas, te doy una chuche.
— Vale, pero solo los rotos.
Toda una negociación, pensé. Yo llegué a ser una experta con mis hijos.
Ayer me senté un barco del paseo de la arboleda. Es la parte del parque más tranquila, lejos de la mayoría de los viandantes, niños y bicis. Aquí es donde se suelen apostar las parejas. Como no era muy tarde, la mayoría eran adolescentes.
— ¿Entonces te irás este verano a Dublín con tu familia? Le preguntaba el chico a la novia. Ambos no tendrían más de dieciséis o diecisiete años. Él la tenía agarrada de tal forma que no se podía mover aunque ésta quisiera.
—Sí, como todos los años. Vamos a casa de mi tía todo el mes.
—Pero un mes es mucho tiempo. ¿Y si conoces allí a alguien?
— ¡Ni loca! No me gustan los irlandeses, además tú y yo… estamos juntos… y quiero seguir contigo— La chica le intenta dar un beso en los labios. El se aparta molesto — ¿y tú, qué? Te vas dos semanas a Torrevieja, también puedes conocer a alguna chica, la mitad del instituto va allí de vacaciones y hay un montón de ambiente, no como en Dublín, que está todo muerto.
—Yo paso de las pibas del insti. Contigo me siento diferente, sólo quiero que estemos juntos, no quiero compartirte ni con tu familia. Ya eres mayorcita para ir con tus viejos, si se quieren ir a Dublín, que se vayan ellos solitos. Te podrías quedar, y así pasaríamos más tiempo juntos. Un mes es demasiado, pueden pasar muchas cosas…
—Mis padres no me van a dejar quedarme aquí y menos un mes entero… Haría cualquier cosa por quedarme contigo, pero no puedo hacer nada…
—Yo te quiero, pero no sé si podré esperarte un mes entero. Quiero compartir este verano contigo solo contigo y nadie más. ¡Podrías suspender! Así te castigarán sin vacaciones y te tendrás que quedar...
—Nunca he suspendido… Se enfadarían muchísimo… Estaría castigada todo el verano en casa, eso seguro.
—Es lo que se me ocurre para no tener que separarnos ¿no? Claro que se enfadarán, pero eso será al principio, luego se les pasará. No te pueden dejar todo el tiempo encerrada en casa ¡no creo que sean tan retorcidos!
Mientras les oía, me recordaba a cuando mi marido y yo cuando empezamos a salir. Lo acaparadores que éramos el uno con el otro.
Hoy después del paseo, he elegido el lago para sentarme. Han puesto unas mesas a la orilla con dameros. Allí se suelen reunir todos los viejecitos. Es uno de mis lugares favoritos. Me encanta mirar a los ancianos, no hablan mucho, así que, más que escuchar, les miro con detenimiento. Observo cada detalle de sus caras curtidas, llenas de arrugas y orejas grandes. Intento imaginarles jóvenes. Con una mujer guapa a su lado, con hijos pequeños colgados de sus piernas o a hombros, ágiles, vitales. Algún día lo fueron. Hoy les he pillado habladores.
—…Pues no pienso hacer testamento. Es lo que todos mis hijos quieren. Pero no lo pienso hacer y punto— Dice el de la gorra de New York, seguro que regalo de vacaciones de algún nieto. Mientras, mueve la primera fila de damas en posición de defensa.
—Pero, ¿por qué no, so cabestro? Si lo tienen que arreglar ellos... ¡les va a salir por un ojo de la cara! Así les ahorrarás quebraderos de cabeza cuando llegue el momento. Por el tema de las particiones y luego los impuestos…— Quién habla ahora es el compañero de juego. Le come una dama que amontona a la derecha junto a las otras dos comidas.
—Mira el señor letrado que ducho en el tema— Le dice con sorna uno de los que está de pié atento a la partida.
—Lo sé porque me lo dijo el abogado que hizo mi testamento. Y no me costó mucho, ¿eh? creo que fueron quince mil pesetas— ¡Otra que te como! ¡Y ya van tres!
—Pues que paguen lo que tengan que pagar, por todo lo que les pagué a ellos mientras estaban a mi cargo: Les pagué el carnet de conducir a todos, hasta a los nietos mayores, los estudios, el primer coche y les pagué la boda. Para un simple capataz de obra, no se podrán quejar.
— ¿O fueron cincuenta mil pesetas? Tengo que tener todavía el recibo del notario. Hijo de Baldomero, que en paz descanse. A ver si lo busco y te lo enseño.
—A todos les he dado buenos dineros cuando lo han necesitado y sin embargo, desde que se murió su madre… Apenas vienen a visitarme. Nunca tienen tiempo, Así que, las cuatro perras que tengo, no las pienso compartir. Que se las quede el banco.
— ¿El banco dices? –habla el que está de pié —Esos son los peores, Si no quieres dárselas a tus hijos... ¡que no se las quede el banco, hombre! ¡Nos las das a nosotros y ya las gastaremos a tu salud!— Se ríen todos. También los del banco contiguo al mío, que también están atentos a la conversación.
—Eso, eso… No oyes lo que siempre dicen las nueras a nuestros nietos: ¡HAY QUE COMPARTIR, HAY QUE COMPARTIR!... Leches, pues tú igual…jajaja.
—Toma ya, te comí dos de golpe, ¡cabestro! ¡Que hay que estar a lo que hay que estar!
—La madre que te…
Con esa alegría contagiada me levanto del banco y me empiezo alejar de los abuelos. Se está levantando aire, la gente ya está recogiendo y va saliendo del parque ordenadamente. Mientras salgo por la puerta principal, saco el móvil del bolso para llamar a mis hijos. Les invitaré a comer el domingo. Hace mucho que no nos juntamos.
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