Escucho sin esfuerzo, tumbado desde la cama de mi cuarto, a mis padres hablar de mí, aunque intenten hacerlo en voz baja.
-Eso es por tu familia. Le dice mi padre a mi madre recriminatoriamente.
-¿Por mi familia? Pero ¡Qué tendrá que ver!-Dice mi madre asombrada.
-Tiene. Y mucho ¿no lo ves? Nuestro hijo es ‘jei’, ‘gai’ o como se diga,…. ¡Que le gustan los hombres, vamos!! Y eso es por algún gen de tu familia.
-¿Pero qué tonterías dices? En mi familia no hay ningún gen de esos.
-Sí que los hay, el de tu hermano Julio.
-¿Mi hermano Julio?? ¿Pero qué dices? Mi hermano estuvo a punto de casarse. Si no lo hizo, no fue por él, la culpa la tuvo ella.
-Ya, claro. Eso díselo a Antonio ¡su viudo!
-Cállate hombre, que te van a escuchar los chicos…
Bueno, al menos ya lo he contado: formalmente, he salido del armario como se dice ahora. Me dijeron que me sentiría mejor, pero francamente me he quedado igual, solo que les he confirmado lo que ellos ya sabían y temían desde hace tiempo. El ‘bueno’, por decir algo, del tío Julio… Hacía mucho tiempo que no pensaba en él. Al final el viejo tendrá razón y resulta que va a ser el gen de la familia de mamá. Tiene su gracia. Porque mi tío era homosexual, pero de los resentidos y solitarios, claro que le tocó serlo en la España de hace cincuenta años. Habría que ponerse en su pellejo. El tío Julio… tengo que contar su historia a éstos…
Cuando tenía veinte años estuvo a punto de casarse, pero por lo visto, pocos días antes de la boda, mi tío descubrió que Milagros, que así se llamaba la novia, le había mentido con la edad y ya tenía casi los treinta, por aquel entonces, una vieja prácticamente. Mamá nos contó que era tal la desconfianza que sentía por Mila que la plantó casi en el altar y se fue del pueblo con Antonio, el hijo del cartero, a trabajar a los altos hornos en Bilbao.
Allí, Antonio vivía en casa de una hermana soltera que tenía cerca de Baracaldo y mi tío Julio en una casa de huéspedes. La patrona, que era una viuda que regentaba la casa le preparaba el desayuno y la cena y le hacía la colada: lavaba y planchaba su ropa, además de limpiarle su cuarto. En esta casa vivió más de treinta años. Nunca se compró un piso o vivienda parecida. Ni coche ni lujos. Todos fantaseábamos con la generosa herencia que nos tocaría a cada uno cuando el tío Julio abandonase este mundo.
—Hijo, ¿quieres que te prepare algo de cena? Me dice mi madre desde la puerta. Quiere acercarse, pero no sabe cómo.
—Mamá, no, no te preocupes. Estoy bien. Sólo estaba pensando un rato.
—Pues te preparo una infusión, ya verás que bien te sienta.
Me hace gracia ver cómo mi madre lo arregla todo llenando el estómago. Me trata como si estuviera enfermo, o simplemente es su forma de decirme que me acepta tal y como soy… En fin, sigo pensando en el tío Julio, quizás si alguien le hubiera preparado una infusión a tiempo…
Ya en Bilbao, mi tío y Antonio se hicieron inseparables. Nosotros nos acostumbramos a verlos siempre juntos en cualquier acontecimiento familiar como bodas, cumpleaños y bautizos y especialmente durante los veranos en el pueblo.
Al morir los dos abuelos, las hijas, con mi madre a la cabeza, decidieron reforma la gran casona para vivir todos juntos los meses de verano. Y cuando digo todos, digo mis tíos, mis tías, mis primos, mis hermanas y yo, el tío Julio y Antonio. Más de quince personas viviendo bajo el mismo techo. No me explico cómo lo hacíamos, aunque debería decir, cómo lo hacían, porque cada uno teníamos un papel claro a desempeñar y el de las mujeres era con mucho, el peor o como les gusta decir a ellas, el más sacrificado. Se encargaban de organizar y preparar absolutamente todo: cocinar, comprar, lavar, tender, planchar, cuidarnos,… y todo ello en medio de un revuelo de chiquillos, cacerolas, trapos, guisos y parloteos que no cesaban hasta bien entrada la noche. Al día siguiente, casi de madrugada, ya estaban las hermanas en pie organizando el nuevo día.
Para los hombres, sí que eran vacaciones: se limitaban a dormir la siesta, hacer la ruta de los bares y cuando había visitado todos (no había muchos en el pueblo, se recorrían pronto), pues seguían con los bares de otros pueblos de alrededor. Gracias a Dios, o no… antes no existían los controles de alcoholemia. También pasaban las tardes ‘echando la partida’: el tute era el juego por excelencia y el mus, para los más osados. Otra actividad indispensable era la visita a las bodegas caseras con sus correspondientes catas de vinos y los fines de semana, ¡a la ciudad! a ver los toros, con sus habanos sobresaliendo del bolsillo de la chaqueta del domingo. Ese día, como decían los hombres, “sacaban” a sus señoras. Lo mejor de esos días era cuando venían de los toros cargado de almendras garrapiñadas que repartían entre toda la chiquillada.
Los pequeños y en ese saco estábamos todos mis primos, mayores o pequeños, mis hermanas y yo, pasábamos todo el día en la calle en busca de aventuras en las que siempre se incluían rescatar animales que no querían ser rescatados, pelearnos con los niños que vivían en el pueblo durante todo el año (de esas siempre salimos escaldados con una buena tunda de palos), bañarnos en el río, pescar y buscar y comer moras que crecían abundantes a los lados de cualquier caminos, hasta atiborrarnos.
—Aquí te traigo la infusión, hijo. Tómatela y acuéstate… pero bien, quítate los vaqueros y métete dentro de la colcha.
—Mamá… estoy bien. Tú no te preocupes por mí. Estaba acordándome de veranos que pasábamos en el pueblo, cuando era pequeño…
—Buff, no me lo recuerdes… Hoy ya no podría, menudas palizas nos dábamos tus tías y yo… Cada vez que pienso que no teníamos ni lavadora, ni micro-ondas…
—Y cortaban el agua a las siete.
—Pero antes llenábamos barreños y cubos de agua… que aunque no había mucha agua, ¡bien limpios que ibais todos…! Espera, ahora vengo que me llama tu padre.
Y como uno más de la familia, el tío Antonio, como le solíamos llamar. Le recuerdo como una buena persona que le encantaba leer. Él era diferente a mi tío Julio y al resto de los hombres de la casa. Era el único que hablaba en voz baja y con gran amabilidad, siempre pedía las cosas por favor, daba las gracias… y ayudaba a las mujeres con las tareas de la casa, aunque tanto insistieron ellas que no era trabajo de hombres que dejó de intentarlo, así que cuando no iba con los hombres al bar y eso ocurría la mitad de las veces (aunque no tantas como él hubiera querido, de eso estoy seguro), se quedaba en casa leyendo, o leyéndonos a nosotros, cuando conseguía hacernos estar un rato quietos.
Y lo lograba, nos acostumbramos a que nos leyera historias de batallas o cuentos populares de entre los muchos libros que traía en la maleta. Nos gustaba escucharle leer: a veces con voz grave, otras solemne, otras graciosa… todo dependía del narrador o de los de los diferentes personajes de la historia, a veces nos provocaba el llanto, si la historia era muy triste, otras, y éstas eran la mayoría, nos hacía reír hasta dolernos la barriga.
Y así un verano se sucedió a otro, y a otro… hasta diez o doce más.
En una de las cenas en familia, cuando ya los pequeños, no éramos tan pequeños pasó algo que incluso hoy puedo recordar con nitidez. Era finales de agosto y ya empezaba a refrescar por la noche más de lo normal. Estábamos todos cenando en el comedor, el bullicio se entremezclaba con el olor a sardinas asadas y tomates frescos en ensalada. En medio de varias conversaciones, mi prima de cuatro años preguntó a mi tío Julio que cuándo se iba a casar con Antonio (por supuesto las bodas entre gays no existían, eran impensables pero no en la inocente mente de una niña).
Todos nos quedamos callados, tensos, un silencio pesado se desparramó por todo el salón, hasta que mi tía disculpó a la niña atropelladamente y poco a poco todos seguimos comiendo y retomando las conversaciones. Todos, excepto mi tío Julio que dejó intacto su plato y no volvió a hablar en toda la noche. Los siguientes días, los pasó callado, meditabundo e incluso adelantaron su vuelta a Bilbao. Ese fue el último verano que vimos a Antonio.
Un año después, mi tío Julio fue solo al pueblo. No nos dio una explicación de porqué no había ido Antonio y nadie se atrevió a pedírsela, pero todos intuimos que algo tuvo que ver la pregunta de mi primita. El tío Julio pasó todo el verano en un continuo estado de mal humor y enfado. Estaba irascible, gritaba a mis tías y a mi madre, no le gustaba la comida y a veces bebía más de la cuenta.
Con quién más lo pagó fue con nosotros, sus sobrinos. A las chicas las trataba como si fueran criadas; era machista y maleducado con ellas. Criticaba como se vestían y vigilaba a qué hora llegaban y si venían acompañadas por algún muchacho para luego chivarse a nuestros padres. Con nosotros, los chicos, no era mucho mejor, aunque el hecho de ser chicos, nos beneficiaba. A todos menos a mí, que no hacía más que provocarme llamándome ‘nenaza’, ‘llorona’ y descalificativos de ese tipo.
Recuerdo aún con escozor los pescozones que nos daba si decíamos una palabrota en la mesa. Nos regañaba cuando llegábamos por la noche, nos olía la ropa por si habíamos fumado y por las mañanas, da igual a la hora que hubiéramos llegado de farra… abría la puerta de la habitación de par en par y mientras golpeaba una vara de almendro contra la pared gritaba: ¡¡NOCHES ALEGRES, MAÑANA TRISTES, LEVANTAROS, GANDULES, ESTO MÁS QUE UN CUARTO, PARECE UNA POCILGA!! En ese momento, queríamos que se muriese.
Y efectivamente, murió, pero no ese verano (y no porque no lo deseáramos) fue años más tarde. Con el tiempo, mis primos y yo dejamos de ir al pueblo. Empezamos a ir a la playa con amigos y a salir al extranjero. Además, saber que cada verano podríamos coincidir con mi tío Julio ayudó bastante a la hora de optar por los planes alternativos que no fueran el pueblo. Por mi madre sé, que el carácter de mi tío, se fue agriando año tras año si cabe, hasta que se fue de este mundo.
—Ya estoy aquí. Tu padre, que quería saber qué tal estabas, que si estabas bien, que podríamos comprar el partido en el plus y verlo todos juntos. Yo creo que es una buena idea, ¿no? ¿te has bebido la infusión? ¿estaba rica?
—Me parece muy buena idea. Por cierto, mamá, la homosexualidad no es hereditaria. Simplemente lo soy, pero yo sigo siendo el mismo.
—Ya lo sé… Es que yo solo quiero que seas feliz y no te conviertas en un amargado y desperdicies tu vida.
—Eso no va a pasar mami, oye, me apetecería mucho que prepararas una cena especial como las que hacías en el pueblo: Huevos fritos con patatas, pimientos y tomate. Me apetece un montón ¿lo harías por mi?
—Claro que sí, tesoro. Le voy a decir a tu padre que compre el partido y que luego me eche una mano en la cocina, que vaya pelando las patatas, que los tiempos han cambiado, ¿no?
En cuanto a Antonio, le volvimos a ver en el entierro de mi tío. Ese mismo día nos enteramos también que mi tío había dejado todo su dinero ahorrado año tras año a un único heredero: Antonio, a pesar de que en los últimos años no se habían vuelto a ver.
Cuando llegamos al tanatorio, él ya estaba allí. De pie, vestido con traje oscuro. Estaba más delgado y encorvado. Se le veía triste pero su mirada cambió en cuanto nos acercábamos a saludarle. Emocionado, nos acariciaba la cabeza, se sorprendía de lo mucho que habíamos crecido. Estrechó las manos de mi padre y de mis tíos, abrazó a mis tías, y cuando llegó el turno de mi madre, la abrazó largamente y antes de soltarla, la susurró al oído:
—Me dijo que no volviera a verle, pero no me dijo nada de después de muerto. ¿Crees que estará enfadado allá donde esté?
—No, no lo creo…— le dijo mi madre a Antonio también en susurros entrecortados—ahora ya descansa en paz.
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