Gracias por visitar mi blog! Aquí encontraréis todos los relatos que últimamente he escrito. Espero que os gusten. Los hay autobiográficos, anecdóticos, ficticios y humorísticos... Todos y cada uno de ellos ya forman parte de mi mundo, real o no. Bienvenidos.

16 nov 2011

UNA DE ZOMBIES


 

El programa de intercambio cultural entre algunos institutos de Sevilla y Santiago de Compostela, y una lumbalgia de la profesora de Lengua, no sólo me chafaban mis vacaciones a Praga con Enrique, si no que me obligaban a ir a Sevilla como tutora adjunta de dos clases de primaria con otras tres profesoras más que podrían ser mis abuelas y para colmo, en Semana Santa. Yo, que nunca he sido muy religiosa, odio el calor y no soporto el acento del sur. Pero claro, esto no lo podía argumentar para no ir. Demasiado que me habían contratado a sabiendas que no era católica practicante.
De solecito sevillano, nada, se pronosticaban lluvias, y eso era algo que arruinaría gran parte de la fiesta y las procesiones. En mi interior, rogué por que lloviera todo el día y eché a la maleta un par de libros por si mis ruegos eran escuchados.
La verdad es que colegio religioso o no, los niños eran niños, y estos eran mi pasión. Fue muy divertido el viaje en avión. Cuando llegamos al hotel de Sevilla, allí nos estaban esperando el director del colegio Diocesano San Juan Bautista que nos condujo después de dejar las maletas al primer evento del programa.
El sol lucía fuerte (malditos meteorólogos) y la primera en la frente, nos dirigíamos al colegio pues allí se iba a desarrollar la procesión de la hermandad del colegio, pero ésta era muy peculiar, pues era el primer año que formaban parte, los más pequeños, los de infantil, es decir, los niños de 3 a 6 años.
Era como las procesiones que veía en la tele pero mucho peor. Con sorprendente seriedad, En el patio del colegio, en medio de las canchas, salían los niños vestidos de nazarenos con capirote incluido. Todos llevaban el mismo paso, despacio y con cierto vaivén acompasado. Eran como unos treinta niños. En el medio, algunos de ellos llevaban a hombros la imagen de un Cristo cargando la cruz y también la de una Virgen. A la cabeza del grupo, estaban tres niños vestidos con traje de terciopelo negro con bordados, corbata y una gran medalla en el pecho. El de la izquierda llevaba una enorme vela, el de la derecha desparramaba un incienso dejando el ambiente cargado de un aroma rancio y el niño del medio, iba dirigiendo al grupo con una vara de plata, marcando el paso. La imagen era aterradora. Automáticamente cogí a los dos alumnos que tenía a ambos lado de la mano. Les quería tranquilizar con tan sólo mirarles. Sin embargo casi me asusté al verles tan atentos y maravillados por lo que estaba sucediendo delante de nuestros propios ojos. Reinaba un profundo silencio y mis niños estaban absortos en esa procesión.
Cuando acabaron, el público estalló en un aplauso que nosotros imitamos. Lo que más me sorprendió fue precisamente eso mismo, la efusividad, los vítores, la emoción, el aplauso sincero… de mis alumnos.
Después de la procesión, hubo una presentación de nuestro colegio, y mezcla entre alumnos. En diez minutos mis alumnos estaban compartiendo caperuzas, medallas, repartían incienso, se turnaban para alzar el trono de Cristo. Yo trataba inútilmente de no perder de vista a mis alumnos pero me era imposible. El calor azuzaba y necesitaba ir al baño a refrescarme.
Me miré en el espejo mientras que con una mano me rociaba con agua la nuca y las sienes. A través del espejo veía una puerta de baño cerrada y varios pares de piernas en el interior. No me resultó extraño y hasta me tranquilizó pensar que al menos algunos de esos niños estaban saltándose la procesión, e incluso echando algún pitillo. Sólo pensar en ello me dieron ganas de fumarme uno allí mismo, así que ni corta ni perezosa decidí en apenas un minuto que haría de profe mala, confiscaría el tabaco, les echaría una regañina y ese mismo pitillo me lo fumaría yo para apaciguarme un rato, que lo necesitaba.
Decidida abrí la puerta y me dispuse a echar el grito en el cielo sin embargo lo que vi me dejó sin voz; era una escena aterradora. Había dos niños vestidos de nazareno pero salpicados de sangre. No había cigarro, ni nada que se le pareciera. En la tapa del váter había lo que me pareció un gato, abierto en canal. Uno de los niños, estaba agachado, mordiendo sus tripas… los otros dos me miraban sonriendo, la boca abierta, los dientes podridos, babeando sangre y trozos de lo que suponía carne de gato.
—Cuando acabemos con el gato… te vamos a comer a ti— me dijo uno de ellos. Sin dejar de sonreír. El otro alcanzó mi pierna con un fuerte zarpazo. Sus uñas largas y negras atravesaron mis vaqueros, sentí un profundo dolor por el arañazo y en ese momento el tercer niño que estaba comiéndose al gato, me miró y me dijo gruñendo:
—Espera aquí tu turno, no nos hagas correr, por favor.

Me di inmediatamente la vuelta y salí corriendo hacia el patio. No encontraba una explicación lógica, los putos carniceros no medían más de un metro, y sabía que sus palabras no habían sido tan sólo una amenaza. No sé lo que era, pero estaba muerta de miedo. Sólo quería agrupar a mis niños y escapar.
Cuando salí al patio, el sol me cegó en un primer momento, pero según mi vista se iba acostumbrado a ese sol cegador, reconocí a los padres, que estaban sentados en las gradas viendo lo que se desarrollaba en la pista. Alguno de ellos sacaban fotos. Sangre, vísceras, partes de cuerpo humano mutilados y huesos estaban desperdigados por todo el suelo, . Los pequeños nazarenos, en el centro del escenario, ensangrentados, arremetían los pocos mis niños y las profesoras que quedaban. Se estaban dando un auténtico festín. Lo extraño es que los míos apenas oponían resistencia, se dejaban golpear, morder, destripar, sin apenas un gemido. Una mezcla de olor a carne y sangre fresca con el del incienso me hizo vomitar allí mismo, mientras retrocedía. Topé a mi espalda con algo, que casi me hace caer. Me di la vuelta y allí estaban los tres niños del baño. Uno de ellos chilló al resto “queda esta puta” a lo que un grupo de niños que rodeaban un yaciente cuerpo casi irreconocible, me miró. Seis o siete corrían hacia mí, yo empujé y me liberé de los que intentaron retenerme y conseguí escapar. Me seguían otros niños o lo que coño que fuesen.
Chillando, y riendo a carcajadas, mientras se ponían sus capirotes ensangrentados.  Corrían muy rápido, pero no más que yo. El pánico me dio una energía para correr que jamás hubiera imaginado. Corría entre la multitud, chillando y pidiendo auxilio: “¡Mis niños! ¡mis pobres niños!”. Llegué a una muchedumbre, que atendía una de las procesiones.
-¡Ayudarme! ¡socorro! Han matado a mis alumnos- chillé. La gente me miraba, primero extrañado, luego con desdén: -Un respeto señorita, que está pasando la procesión y eso… ¡eso es lo más grande!
Dos policías me cogieron de los brazos y me apartaron de la calle.
-Síganme, vengan conmigo, pero avisen a más compañeros-les dije intentando tranquilizarme- Es en el San Juan Bautista. Los niños de ese colegio, después de la procesión… Dios mío, pensarán que estoy loca, sé que es muy raro lo que les voy a decir.. pero es verdad, se lo juro, esos niños, los de la procesión, han matado a mis alumnos. Quizás si nos damos prisa, estemos a tiempo de salvar a alguno…

La policía me miró sonriendo. Me tomaron del brazo y me subieron a un furgón. No se preocupe –me dijeron- con nosotros está a salvo. Iremos a echar un vistazo a ese colegio endemoniado. Si es que ya se sabe lo crueles que pueden ser los niños, jajajaja….-Bromeaban y se reían los dos policías, dándose codazos el uno al otro…

Esposada y resistiéndome todo lo que podía, entramos al colegio y nos dirigimos al patio que estaba tal y como lo había dejado unos minutos antes. Uno de los policías se colocó en frente del atril donde hacía unas horas el director nos había dado la bienvenida, y gritó:  
A ver, mocosos. Os hemos dicho decenas de veces que conseguiros un intercambio es una labor muy difícil, por lo cual, cuando se consigue uno, por favor, NO-DEJÉIS-CABOS-SUELTOS. Todos y he dicho TODOS –remarcaba mientras me señalaba- tienen que desaparecer, no podéis dejar a nadie vivo y menos a una profesora. ¡Sois unos inútiles!: Hay poco incienso en el ambiente, apenas se siente cuando entras al patio. Os lo tenemos dicho. ¡Quemar MÁS incienso, el que haga falta! Todos y cada uno de los visitantes tienen que respirarlo, si no, no tendrá efecto…. ¡Venga! que sea la última vez que os traemos el trabajo hecho. Comeros a esa profesora de una vez, está delgada pero es joven. Estará buena.
En ese momento, de un golpe caí al suelo y lo último que recuerdo es una avalancha de capirotes, que ni se quitaron cuando comenzaron a darme los primeros mordiscos. El dolor era insoportable e indescriptible…

Volvimos a Compostela. Y en este momento estamos dando los últimos retoques a la capilla del colegio esperando la llegada de un colegio Granadino para hacer la presentación oficial. Suena mi móvil y lo atiendo.

—Chicos, escuchadme. Los compañeros del Colegio San Mateo de Granada, están llegando. Les falta muy poco, apenas  minutos. ¡Manuel! empieza a quemar y esparcir el incienso, y que te ayuden tus compañeros, quiero que el ambiente esté bien cargado, no me seáis chapuceros que luego pasa lo que pasa. Venga, los demás a sus puestos, vamos a hacerlo bien, sin errores y sobretodo, disfrutar de este intercambio.  

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