Permítanme que me presente. Mi nombre es Saladino Rakesh Bahl y soy, aparte de su fiel servidor, guía turístico en Siria desde hace 13 años. Amo mi país, adoro mi trabajo y me encanta relacionarme con los turistas y sobre todo con LAS turistas.
Solo me basta echarlas una mirada de arriba abajo para saber cómo son y lo que buscan. Son muchos años de profesión, con los hombres es más fácil, pero con las mujeres… Al principio, soy yo quién empiezo hablando de la historia de Siria y su existencia desde los primeros anales, les enseño las grandes mezquitas dedicadas al culto musulmán, los zocos de Damasco, el desierto de Palmira, el Gran mausoleo en Alepo, el Éufrates… Este ambiente con olor a jazmín es tan diferente al que están acostumbradas, que las marea, las embriaga y en ese estado, son ellas las que comienzan a hablar y ya no paran: me cuentan su vida, se quejan del marido ausente, del hijo desagradecido, del jefe baboso, la juventud efímera y los sueños incumplidos… entonces deciden perder la cabeza por una vez, no pensar en el mañana y al final, todas, ricas o pobres, tontas o listas, feas o guapas, desean una cosa como broche final a su viaje exótico: acostarse con el guía.
Lo que hago en los grupos normalmente es descartar a las feas, las lesbianas y las recién casadas y las elegidas se reducen a una o dos, a veces incluso a tres y sin levantar sospecha. En general, a todas les atraigo físicamente, mi nariz larga y recta, los pómulos marcados, mi piel color café, los ojos negros y rasgados y les resultan interesantes mis orígenes, de padre sirio y madre cubana, de ahí que les haga gracia mi acento cuando hablo español.
Y esa es mi vida, hasta hace quince días que cambió radicalmente en apenas veinticuatro horas. Me dirigía al aeropuerto a buscar al último grupo de la temporada antes de las vacaciones. Eran tantas las ganas de volver a casa, que no me apetecía para nada. Seme haría eterno y ni siquiera me seducía la idea de seducir, valga la redundancia, a alguna o algunas damitas europeas.
En el momento en que llegué al aeropuerto para recoger a los turistas y las vi allí, plantadas a ocho mujeres, supe que no sería un grupo más.
Desde el primer momento mi relación con ellas fue buena, sin embargo entre ellas, era horrible. Se llevaban fatal, no se soportan las unas a las otras, así que, decidí no ceder ante ninguna, por no meter más leña al fuego como dicen por allá, por mucho que me costase, acabaría el tour en paz.
Traté de ser un buen guía y recé a Alá para que los días pasasen rápidos y me llevaran pronto de vuelta a casa para comer el mejor keshek1 [1]de toda Siria, el que hacía mi viejita.
Y así, con la firme promesa de mantenerme casto, partimos de Damasco a Palmira, de Palmira a Hama, Alepo, Aphamea y Serjelleh. Allí el grupo se dividió. Gran parte de las mujeres pasaron a Jordania, el resto, después de casi una semana, volvimos a Damasco. Cuando el grupo se redujo y estábamos a punto de separarnos para siempre, pues al día siguiente las chicas regresaban a España y yo a mi pueblo, pensé en que quizás, la última noche podía romper mi promesa que tanto me estaba costando mantener… pero ¿con cuál de las tres?
Vanessa con dos eses (así fue como se presentó) me lo dejó claro en cuanto se sentó a mi lado en el mini-bus que nos llevaría al hotel. Su pierna, su hombro tan pegado al mío. Su manera de hablar descarado y sensual, como ella misma. Berta, el ratón de biblioteca, licenciada en Historia Clásica. Con un sentido del humor muy especial, aunque físicamente no era gran cosa, era una persona muy agradable, sería muy dulce estar con ella. Y Valeria, una pija de cuarenta años que no se callaba ni debajo del agua. Lo único que le salvaba a su boca era su cuerpo divino plagado de curvas generosas. El gusto por esos cuerpos hermosos supongo me viene de mi herencia cubana. Como dice mi madre, “¡mi chico, más vale dónde agarrar!”
De regreso a Damasco decidí poner en marcha el plan de ataque, y hacer que esa última noche fuera memorable para todos. Llamé por teléfono a unos buenos amigos a los que no veía desde hacía tiempo y que vivían allí como yo, sólo durante las temporadas altas de turismo. Les conté que estaba con tres turistas españolas, que mañana volvían a España, y les propuse salir todos juntos a cenar, a bailar y a lo que surgiera, y les insinué que las españolas prometían diversión y mucho más. Así, en grupo, podríamos desatarnos, relajarnos y confiar en que la noche y el arak[2], nos diera la tregua necesaria para disfrutar libremente de la compañía que se antojara a lo largo de la noche. Mis amigos se encontraban en una manifestación en pleno corazón de Damasco, en la plaza de Abasín, y por supuesto les encantó el plan. Nos recogerían por la noche en el Hotel Sheraton, en el que nos alojábamos la última noche. Se lo dije a las chicas, las cuales aceptaron entusiasmadas. Iba a ser una bonita despedida para todos…
Cuando llegamos a la capital horas más tarde, encontramos una ciudad sumida en el caos, gente que corría por las calles en medio del humo de hogueras improvisadas y pequeños incendios. Coches mal aparcados, contenedores tirados y la basura desparramada por toda la calle. En el hotel nos recibió el Director que después de presentarse y presentarnos a dos hombres de la Embajada Española en Damasco, demasiado trajeados para la hora y el lugar, nos dijo:
—Gracias a Alá que llegaron sanos y salvos—dijo el Director del hotel con preocupación- ¿Se encuentran bien? ¿Llegaron sin problemas? Nos fue imposible localizarles.
—Sí, estamos bien, pero ¿qué pasa? ¿Qué ocurre?
—Desde ayer no ha parado de venir gente a unirse a las diferentes olas de protestas que están surgiendo por todo Damasco, el movimiento opositor más grande hasta la fecha contra el gobierno del presidente Assad. Se calcula que hay más de 100.000 personas manifestándose. Dijo el Director con cierto orgullo.
—Las autoridades sirias—continuó uno de los hombres de la embajada —están desplegando y continuamente reforzando las medidas de seguridad; al principio eran pacíficas luego violentas y hace una hora se han empezado a escuchar disparos. La ciudad está en toque de queda. Por su seguridad no pueden salir del hotel hasta nuevo aviso.
— ¿Cómo que no podemos salir del hotel? Yo puedo hacer lo que quiera, como ciudadana Española, y Europea; puedo ejercer mi derecho a irme... Dijo Valeria sin mucha convicción.
—Sí y además esta noche hemos quedado. Vamos a salir con unos amigos. Nos tenemos que arreglar y cuanto antes. Dijo Vanessa retocándose la melena despeinada de tantas horas de viaje en minibús.
—Creo que no entienden el cariz que ha tomado lo que iba a ser una manifestación pacífica— dijo el segundo hombre de la embajada— No sabemos qué es lo que está pasando fuera, pero creemos que podría haber muertos. Me temo señoritas, que no tienen opción. Son ciudadanas Europeas, pero están en Siria, y hoy, se ha declarado el estado de Emergencia. El transporte aéreo está prohibido y los accesos a Damasco cerrados.
—Ha sido un día duro y supongo que querrán asearse y descansar, por eso les hemos conseguido una suite en la última planta. Dijo apaciguador el Director del hotel.
—Bueno, al menos tenemos una suite para cada uno…
—No exactamente. Igual que ustedes no pueden salir del hotel, la gente que tenía prevista su salida para hoy, tampoco pueden hacerlo, por lo cual, las habitaciones que tenían asignadas, no están disponibles en estos momentos, muy a nuestro pesar me temo, que tendrán que compartir la suite los cuatro.
Abatidos nos dirigimos a la suite. No paraba de pensar en lo que estaba ocurriendo en este momento a pocos metros del hotel. Sin casi información sabía que no era una simple manifestación, que lo que estaba pasando iba a formar parte de la historia de mi país. Se avecinaban nuevos tiempos pero no sabía si mejores o peores. Cuando dejamos Damasco seis días atrás, la ciudad era tranquila, pacífica y alegre. Pensé en mis amigos y ahora el plan que tracé para esta noche me hizo sentir ridículo. Mientras las chicas entraban en la habitación yo me quedé en el pasillo intentando localizarles a través del móvil sin éxito. La última vez que hablé con ellos, estaban en el epicentro de la manifestación. Mientras, podía escuchar a las chicas dentro de la habitación, volver a discutir:
—Bueno, no está nada mal la suite. El cuarto pequeño tiene dos camas y el dormitorio de matrimonio es grande y confortable. Clara, Valeria, vosotras podéis dormir en el dormitorio pequeño y Saladino y yo en el otro. Me pido ducharme la primera.
— ¿Por qué tengo que dormir yo en el dormitorio más pequeño? prefiero la cama de matrimonio. No estoy acostumbrada a una cama tan estrecha; yo me muevo mucho por las noches y podría caerme. Dijo Valeria mientras colocaba su maleta en la cama de matrimonio.
— ¿Por qué tiene que dormir Saladino en la cama de matrimonio? Podría dormir en el cuarto pequeño y yo en la otra cama. Con todo lo que está pasando, no voy a ser capaz de dormir, me da miedo. Y seguro que Saladino, tampoco. Seguro que nos pasamos toda la noche hablando. A los dos nos gusta filosofar sobre el mundo árabe y su despertar a la democracia, que es por eso la manifestación que está ocurriendo en este momento. Comenzó en Túnez, le siguió Egipto…
—Corta el rollo, Clarita. No me vayas de mosquita muerta intelectual, que lo que quieres es lo que queremos el resto, tirártelo.
—Vanesa, eres una ordinaria.
—Te he dicho mil veces que es “Vanesssssa”, con dos eses. Mirad, a las tres nos gusta Saladino, lo mejor es que lo intente yo primera, si no sucede nada, sabremos que Saladino es gay. He leído en una revista que muchos árabes son homosexuales…
—Me gustaría ver en qué revista lo has leído, seguro que era científica- dice Valeria.
—Umm, no, creo que era la Cosmopolitan.
—Estaba siendo sarcástica, Vanessa. Dice Valeria acentuando aposta el ese.
—Pues dímelo directamente. Con ese tono y esas palabras que usas no te entiendo. Ni yo, ni nadie. Claro que en cuanto te pones a hablar, a partir de los 5 minutos desconecto. ¿No te has dado cuenta, que al final siempre te quedas sola hablando?
— ¿Y tú no te has dado cuenta tú que contigo ni intentan hablar porque no sabes seguir una conversación?
— ¿Os podéis callar? Si vamos a compartir habitación, podríamos intentar ser un poco más cordiales…Fuera del hotel quizás estén matando a gente.
Hasta el último día voy a tener que aguantar las riñas de estas tres, pensé… Bajaré al bar, me tomaré una copa y seguiré intentándolo. Quizás allí haya más cobertura.
Nada más entrar en el bar, vi que todo el mundo estaba alrededor de la televisión. No había canal local pero en las cadenas internacionales estaban lanzando noticias de última hora continuamente. La cadena francesa aseguraba que los ataques de la policía habían provocado más de doscientos muertos en la Plaza de Abasín.
No escuchaba nada más, ¿qué le estaba pasando a mi país? ¿Estábamos locos o qué? me preguntaba si mis amigos estarían entre esos doscientos muertos.
Subí a la suite, se lo dije a las chicas mientras rompí a llorar, de miedo, de cansancio, de incredulidad…
Valeria sin hablar me dió un vaso de agua, me quitó la chaqueta y se ocupó de mi mochila, luego me dijo que en cuanto se levantase el toque de queda, iríamos a buscarlos, que las tres me ayudarían a encontrarlos. Vanessa me cedió su turno en el cuarto de baño y me dijo que me diera una ducha, que me reconfortaría. Cuando salí del baño, habían juntado las tres camas en el dormitorio principal. Nos acostamos los cuatro, la televisión estaba encendida pero sin voz, Berta me dijo que intentara descansar y se ofreció a leer en voz alta algunos fragmentos de su libro sobre Mitología Siria. Todos estuvimos de acuerdo y la escuchamos en silencio.
[2] Arak: Bebida alcohólica muy popular anisada, parecida al ouzo, a la que se añade agua y mucho hielo
Hola, Su. Me ha gustado bastante tu cuento y voy a seguir curioseando de adelante hacia atrás por la bitácora. Felicidades. Y yo que pensaba que V. era un pueblo-dormitorio...
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