Se me está haciendo interminable. Acabo de entrar en el avión, me topo con las azafatas y las saludo. Me dispongo a seguir el pasillo en busca de mi asiento, pero hay mucha gente que entorpece el paso, colocando el equipaje de mano. Tardo algunos minutos en llegar a mi asiento y mientras lo hago voy pensando en las azafatas, o como ahora prefieren que se les llame, auxiliares de vuelo. No me gusta ese aire de superioridad que les da el uniforme. Me repatea lo arrogantes que se muestran, además no acabo de entender porqué hay tanto personal de vuelo en trayectos tan cortos como éste. Bilbao-Madrid, cincuenta minutos, sin aperitivo, ¿qué hacen entonces?. Les concederé el beneficio de la duda en caso de que surgiera alguna urgencia, pero por favor, que no sea hoy... Cada vez hay más auxiliares de vuelo hombres. La mitad con pose de pilotos, distantes, atractivos, como los vendedores del Corte Inglés, que van de altos Ejecutivos y la otra mitad, con pinta de gays. Bueno, no debería ser tan mezquina, además creo que hoy todos nos sentimos iguales, hoy es 24 de Diciembre y todos estamos deseando llegar a casa cuanto antes.
A lo lejos veo mi asiento, al lado de la ventana, joder, si pedí pasillo... Me resulta más cómodo a la hora de ir al baño y no molestar a los vecinos de los asientos contiguos. La ventana se la dejo a los turistas que no suelen viajar en avión y pegan la nariz al cristal frío y entre respeto y curiosidad, intentan divisar toda la ciudad a vista de pájaro o reconocer los accidentes geográficos que estudiamos en el colegio, “Mira Antonio, el cabo de Gata, se ve perfectamente”. Ahora, cuando tenga que ir al baño, tendré que pedir permiso, encogerme hacia adelante todo lo posible y pasearle mi culo al compañero de al lado. Por otra parte, el asiento de la ventana, tiene su encanto, es como más bohemio, miras la tierra, las nubes de algodón, sacas la Moleskine y anotas algún pensamiento profundo, de esos que cuando los lees al momento te enorgulleces y que cuando las repasas a los dos meses, se te antojan extremadamente ñoños y carentes de sentido. Qué ganas de llegar a Madrid.
Llego a mi asiento, “Perdón, mi sitio es ese, la ventanilla, permiso, disculpe...” Avanzo torpe, me doblo, me clavo la esquina de la revista que hay en la funda del asiento de alante, se me engancha el bolso en la butaca del medio, me llevo por delante el MP3 del chico ya sentado, me lanzo casi al asiento, ya me he sentado. Acto seguido ordeno el bolso, reviso todo, miro el billete y maldición, llego a la Terminal 4, échale media hora más hasta salir del aeropuerto. Odio la Terminal 4, es como una gran nave, interminable, fría y un poco estridente llena de colorines y puertas de embarque por todos los sitios como si fueran lanzaderas humanas a cualquier parte del mundo. Echo de menos la Terminal 1, tu terminal amiga, de estar por casa, tan pequeñita ella, con sus cafeterías, su oficina de correos, su farmacia, su mármol antiguo y gastado, como un pueblecito de paso.
Espero que el avión no salga con retraso, hoy es Nochebuena. Y todas las Nochebuenas, las paso en Madrid con mi familia: mis padres, mi hermanos, sus novias, mis sobrinos, mis tías y tíos, primos y vecinos, que después de la cena, se pasan a tomar una copa de champagne, siempre la penúltima.
Acaban de avisar que el avión va a salir con retraso debido al clima. Me enfado, pienso que me están haciendo la faena y a los dos segundos, me siento una egoísta, cuando escucho en un gran murmullo general las quejas del resto de pasajeros del avión, miro a mi alrededor, todos tienen, tenemos una cara similar, caras impacientes, que quieren aterrizar cuanto antes, rencontrarse con sus familiares, amigos y parejas. Cualquier día se perdona el despegar tarde, pero hoy debería estar prohibido.
Mi vecino se queja también:
- Mi madre me está esperando en el aeropuerto, llevo dos años sin pasar las navidades en casa y este año me esperan entusiasmados. No puedo aguarles la fiesta.
-Yo trabajo en Bilbao, pero soy de Madrid. También a mí me esperan esta noche. Mi padre y mi hermano mayor me recogen en el aeropuerto.
-Me llamo Pablo.
-Yo, Esther.
Nos damos la mano y mientras las estrechamos anuncian que somos los siguientes en tomar pista para despegar. “Bien” se oye al unísono. Despegamos y mientras no elevamos, todo el mundo suelta un suspiro llamado: “allá vamos”.
En cuanto el avión recobra su posición horizontal, las azafatas se levantan y como si llevaran oro, van pasando con una bandeja por los filas ofreciendo caramelos, con la publicidad de la aerolínea. Todo el mundo se anima a coger uno, incluso algún atrevido pide polvorones y mazapanes y la gente empieza a reírse. Digan lo que digan, la época de Navidad es única, es mi favorita. De memoria, recuento los regalos que llevo para cada uno de la familia e imagino la cara que pondrán cuando los abran. Como somos tantos, hacemos el “Amigo invisible”, pero yo no hago caso. Todos los años me lo recuerda mi madre, “no compres tantos regalos, ahorra ese dinero” pero ella y todos saben q no lo haré. Y repetiré todos los años, sacaré el gran saco, con todos los regalos y los iré dando uno a uno, como si fuera Santa Claus. Es la forma que encuentro de compensarles el haberme ido a Bilbao, hace ya ocho años. A medida que pasa el tiempo, se las despedidas cada vez son más duras, sobre todo para mis padres.
Por fin anuncian la llegada a Barajas, todo el mundo se precipita a guardar sus enseres, ajustar la butaca, apagar ordenadores y demás dispositivos. Descendemos entre la niebla, parece que está lloviendo con fuerza pero no impide que aterricemos. Cuando se oye el ruido de las ruedas al tocar con la pista, todos incluida yo, empezamos a aplaudir.
La salida se hace rápidamente. Vamos acelerados a las cintas para recoger las maletas, no sé para qué, porque éstas tardan diez minutos en salir. Cogemos el trenecito que nos acerca cada vez más a las puertas de salida, nos miramos unos a otros con media sonrisa de soslayo reconociéndonos del avión común, al salir, nos despedimos deseándonos una Feliz Navidad.
Me aproximo a las puertas correderas que separan los aviones, las pistas, las pasillos mecánicos, los dutyFree’s, los mostradores de facturación, los individuos anónimos con la realidad, mi realidad. Se abren las puertas automáticas y me siento una estrella a quien le espera su séquito de fans. Los que esperan al otro lado de las puertas, me miran y rápidamente siguen buscando, yo rebusco también entre la multitud que esperan impacientes y en seguida reconozco la figura de mi padre, cada vez más viejito y más bajo, se acerca cojeando ligeramente, ha debido de caerse otra vez, mi hermano que le va frenando, pidiéndole calma, le adelanta, me coge en brazos, me baja, me despeina y acaba abrazándome, se le une mi padre. Sé con certeza que es unos de los momentos más felices que recordaré siempre. Mientras disfruto el abrazo, se me saltan las lágrimas, y de reojo veo a Pablo, abrazado a su madre, lloran los dos.
Mi padre se separa y mira para otro lado mientras se enjuaga los ojos, pide a mi hermano el ticket del parking, coge mi maleta, mi bolsa y mi bolso, da igual lo que le diga. Agarra todo. Cada uno me coge de un brazo y nos dirigimos a la salida, mientras yo pregunto:
-¿Y mamá? ¿y Jose? ¿Qué tal la tía Eli? ¿Van a venir los primos? ¿Sí? ¿Todos? ¡Qué bien! ¿Qué ha cocinado mamá? Esperad que me fume un cigarro antes de coger el coche. ¿qué? Papá, fumo desde los 20, claro que lo sabías, no me lo puedes prohibir, oye no me empieces a reñir que es Nochebuena...
Y nuestra conversación se funde con las conversaciones de otros pasajeros y sus acompañantes, que van hacia las diferentes salidas, de camino a sus hogares, cargados de equipaje, de historias, de vidas únicas que volverán a entrar y salir del aeropuerto.
Esta narración me gusta especialmente
ResponderEliminarLydia